Aparte esas excepciones, que existen en todas partes, la masa de «elegidos del pueblo» es subalterna y profesional, pelma de vanidosos, deshonestos y serviles.

Los primeros derrochan su fortuna por acceder al Parlamento. Ricos terratenientes ó poderosos industriales pagan á peso de oro los votos coleccionados por agentes impúdicos; señorzuelos advenedizos abren sus alcancías para comprarse el único diploma accesible á su mentalidad amorfa; asnos enriquecidos aspiran á ser tutores de pueblos, sin más capital que su constancia y sus millones. Necesitan ser alguien; creen conseguirlo incorporándose á las piaras.

Los deshonestos son legión; asaltan el Parlamento para entregarse á especulaciones lucrativas. Venden su voto á empresas que muerden las arcas del Estado; prestigian proyectos de grandes negocios con el erario, cobrando sus discursos á tanto por minuto; pagan con destinos y dádivas oficiales á sus electores; comercian su influencia al menudeo para obtener concesiones en favor de su clientela. Su gestión política suele ser tranquila: un hombre de negocios está siempre con la mayoría. Apoya á todos los gobiernos.

Los serviles merodean por los Congresos en virtud de la flexibilidad de sus espinazos. Lacayos de un grande hombre, ó instrumentos ciegos de su piara, no osan discutir la jefatura del uno ó las consignas de la otra. No se les pide talento, elocuencia ó probidad: basta con la certeza de su panurgismo. Viven de luz ajena, satélites sin calor y sin pensamiento, uncidos al carro de su cacique, dispuestos siempre á batir palmas cuando él habla y á ponerse de pie llegada la hora de una votación.

En las democracias más novicias, llamadas repúblicas por burla, los congresos puéblanse de mansos protegidos de las oligarquías dominantes. Medran piaras sumisas, serviles, incondicionales, afeminadas: las mayorías miran al porquero esperando una guiñada ó una seña. Si alguno se aparta está perdido; los que se rebelan son proscritos sin apelación.

Hay casos aislados de ingenio y de carácter, soñadores de algún apostolado ó representantes de fanatismos colectivos; si el tiempo no los domestica, ellos sirven á los demás, justificándolos con su presencia, aquilatándolos.

Es de ilusos creer que el mérito abre las puertas de los parlamentos envilecidos. Los partidos—ó el gobierno en su nombre—operan una selección entre sus miembros, á expensas del mérito y en favor de la intriga. Un soberano cuantitativo y sin ideales prefiere candidatos que tengan su misma complexión moral: por simpatía y por conveniencia.

Las más abstrusas fórmulas de la química orgánica parecen balbuceos infantiles frente á las vueltacaras del parlamentario mediocre. El desprecio de los hombres probos no le amedrenta jamás. Confía en el rebaño amorfo: el bajo nivel del representante halaga la insensatez del representado. Por eso los inservibles se adaptan maravillosamente á los desiderata del sufragio universal; la grey se prosterna ante los fetiches más huecos y los rellena con su complicada tontería.

Los cómplices, grandes ó pequeños, aspiran á convertirse en funcionarios. La burocracia es una masonería de voracidades en acecho. Desde que se inventaron los «Derechos del Hombre» todo imbécil los sabe de memoria; un elector considérase apto para cualquier destino en el vastísimo engranaje burocrático, suponiendo que la igualdad ante la ley implica una equivalencia de aptitudes. Ese afán de vivir á expensas del Estado rebaja la dignidad, enseñando que el mérito es inútil frente á la influencia. Cada demócrata que cruza las calles de prisa, preocupado, á pie, en automóvil, de blusa, enguantado, joven, maduro, á cualquier hora, podéis asegurar que está domesticándose, envileciéndose: busca una recomendación ó la lleva en su faltriquera.

El funcionarismo crece con la democracia. Otrora, cuando fué necesario delegar parte de sus funciones, los monarcas elegían á hombres de mérito, experiencia y fidelidad. Pertenecían casi todos á la casta feudal; los grandes cargos la vinculaban á la causa del señor. Junto á esa, formábanse pequeñas burocracias locales. Creciendo las instituciones de gobierno el funcionarismo creció, llegando á ser una clase, una rama de las oligarquías dominantes. Para impedir que fuese altiva, la reglamentaron, quitándole toda iniciativa y ahogándola en la rutina. Á su afán de mando se opuso una sumisión exagerada. La pequeña burocracia no varía; la grande, que es su llave, cambia con la piara que gobierna. Con el sistema parlamentario se la esclavizó por partida doble: del ejecutivo y del legislativo. Ese juego de influencias bilaterales converge á empequeñecer la dignidad de los funcionarios. El mérito queda excluido en absoluto; basta la influencia. Con ella se asciende por caminos equívocos. La característica del zafio es creerse apto para todo, como si la buena intención salvara la incompetencia. Flaubert ha contado en páginas eternas la historia de dos mediocres que ensayan lo ensayable: Buvard y Pécuchet. Nada hacen bien, pero á nada renuncian. Ellos pueblan las mediocracias; son funcionarios de cualquier función, creyéndose órganos valederos para las más contradictorias fisiologías.