Consecuencias inmediatas del funcionarismo son la servilidad y la adulación. Existen desde que hubo poderosos y favoritos.
Bajo cien formas se observa la primera, implícita en la desigualdad humana: donde hubo hombres diferentes, algunos fueron dignos y otros domésticos.
El excesivo comedimiento y la afectación de agradar al amo engendran esas carcomas del carácter. No son delitos ante las leyes, ni vicios para la moral de ciertas épocas: son compatibles con la «honestidad». Pero no con la «virtud». Nunca. Por eso, si bien no llevan á la cárcel, jamás conducen á la gloria.
La sensibilidad á los elogios es legítima en sus orígenes. Ellos son una medida indirecta del mérito; se fundan en la estimación, el reconocimiento, la amistad, la admiración ó el amor. El elogio sincero y desinteresado no rebaja á quien lo otorga ni ofende á quien lo recibe, aun cuando es injusto. Puede ser un error; no es una indignidad. La adulación lo es siempre: es desleal é interesada. El deseo de la privanza induce á complacer á los poderosos; la conducta del adulón mira á eso y todo lo sacrifica su ánimo servil. Su inteligencia sólo se aguza para oliscar el deseo del amo: subordina sus gustos á los de su dueño, pensando y sintiendo como él lo ordena; su personalidad no está abolida, pero poco falta. Pertenece á la raza de los «cobardes felices», como los bautizó Lecomte de Lisle.
La adulación es una injusticia. Engaña. Es despreciable siempre el adulón, aun cuando lo hace por una especie de benevolencia banal ó por el deseo de agradar á cualquier precio. Racine (Fedra, IV, 6) lo creyó un castigo divino:
Détestables flatteurs, présent le plus funeste Que puisse faire aux rois la colère celeste.
No sólo se adula á reyes y poderosos. El que adula al pueblo no es menos vil. En las mediocracias hay miserables afanes de popularidad, más degradantes que el servilismo. Para obtener el favor cuantitativo de los lacayos se les miente bajas alabanzas disfrazadas de ideal: más cobardes porque se dirigen á plebes que no saben controlar el embuste. Halagar á los ignorantes y merecer su aplauso hablándoles sin cesar de sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento á la propia dignidad.
En los climas mediocres, mientras las masas escuchan á los charlatanes, los gobernantes prestan oído á los quitamotas. Los vanidosos viven fascinados por esta sirena que los arrulla sin cesar, acariciando su sombra; pierden todo criterio para juzgar sus propios actos y los ajenos; la intriga los aprisiona; la adulación de los serviles los arrastra á cometer ignominias: como esas mujeres que alardean su hermosura y acaban por prestarla á quienes la adulcen con elogios desmedidos. El verdadero mérito es desconcertado por la adulación: tiene su orgullo y su pudor, como la castidad. Los grandes hombres dicen de sí, naturalmente, elogios que en labios ajenos los harían sonrojar; las grandes sombras gozan oyendo las alabanzas que temen no merecer.
Las mediocracias fomentan ese vicio de siervos. Todo el que piensa con cabeza propia, ó tiene un corazón altivo, se aparta del tremedal donde prosperan los envilecidos. «El hombre excelente—escribió La Bruyère—no puede adular; cree que su presencia importuna en las cortes, como si su virtud ó su talento fuesen un reproche á los que gobiernan.» Y de su apartamiento aprovechan los que palidecen ante sus méritos, como si existiera una perfecta compensación entre la ineptitud y el rango, entre las domesticidades y los avanzamientos.