Ninguna empresa le pareció indigna de su esfuerzo; en todas ellas llevó como única antorcha su Ideal. Habría preferido morir de sed antes que abrevarse en el manantial de la rutina. Miguelangelesco escultor de la civilización, tuvo siempre libres las manos para modelar instituciones é ideas, libres de cenáculos y de partidos, libres para golpear tiranías, para aplaudir virtudes, para sembrar verdades á puñados. Entusiasta por la Patria, cuya grandeza supo mirar como la de una propia hija, fué también despiadado con sus vicios, cauterizándolos con la serena crueldad de un cirujano.
La unidad de su obra es profunda y absoluta, no obstante las aparentes contradicciones entre su conducta y su medio. Entre alternativas extremas, Sarmiento conservó la línea de su carácter hasta la muerte. Su madurez siguió la orientación de su juventud; llegó á los ochenta años perfeccionando las originalidades que había adquirido á los treinta. Se equivocó innumerables veces, tantas como sólo puede concebirse en un hombre que vivió pensando siempre. Cambió mil veces de opinión, porque nunca dejó de vivir. Su espíritu salvaje y divino parpadeaba como un faro, con alternativas perturbadoras. Era un mundo que se obscurecía y se alumbraba sin sosiego: incesante sucesión de amaneceres y de crepúsculos fundidos en el todo uniforme del tiempo. En ciertas épocas pareció nacer de nuevo con cada aurora; pero supo oscilar hasta lo infinito sin dejar nunca de ser él mismo.
Miró siempre hacia el porvenir, como si el pasado hubiera muerto á su espalda; el ayer no existía, para él, frente al mañana. Los hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen; los hombres geniales y los pueblos fuertes sólo necesitan saber dónde van. Vivió inventando doctrinas ó forjando instituciones, creando siempre, en continuo derroche de imaginación creadora. Nunca tuvo paciencias resignadas, ni esa imitativa mansedumbre del mediocre que se acomoda para vegetar tranquilamente. La adaptación social depende del equilibrio entre lo que se inventa y lo que se imita; mientras el hombre vulgar es imitativo y se adapta perfectamente, el hombre de genio es creador y con frecuencia inadaptado. La adaptación es mediocrizadora; rebaja al individuo á los modos de pensar y sentir que son comunes á la masa, borrando sus rasgos propiamente personales. Pocos hombres, al finalizar su vida, se libran de ella; muchos suelen ceder cuando los resortes del espíritu sienten la herrumbre de la vejez. Sarmiento fué una excepción. Había nacido «así» y quiso vivir como era, sin desteñirse en el semitono de los demás.
En horas crueles, cuando los mediocres le agredían para desbaratar sus ideales de cultura, en vano intentaría Sarmiento rebelarse á su destino. Una fatalidad incontrastable lo había elegido portavoz de su tiempo, hostigándole á perseverar sin tregua hasta el borde mismo de la tumba. En pleno arreciar de la vejez siguió pensando por sí mismo, siempre alerta para avalancharse contra los que desplumaban el ala de sus grandes ensueños: habría osado desmantelar la tumba más gloriosa si en ello hubiera entrevisto la esperanza de que algo resucitaría de entre las cenizas.
Había gestos de águila prisionera en los desequilibrios de Sarmiento. Fué «inactual» en su medio; el genio importa siempre una anticipación. Su originalidad pareció rayana en desequilibrio. Lo había, ciertamente: mas no era intrínseco en su personalidad, sino extrínseco, entre ella y su medio. Su inquietud no era inconstancia, su labor no era agitación. Su genio era una suprema cordura en todo lo que á sus ideales tocaba. Parecía lo contrario por contraste con la niebla de mediocridad que le circuía.
Tenía los descompaginamientos que la vida moderna hace sufrir á todos los caracteres militantes; pero la revelación más indudable de su genialidad está en la eficacia de su obra, á pesar de los aparentes desequilibrios. Personificó la más grande lucha entre el pasado y el porvenir del continente, asumiendo con exceso la responsabilidad de su destino. Nada le perdonan los enemigos del Ideal que él representa; todo le exigen los partidarios. El equilibrio del mediocre es exiguo comparado con el del genio; aquél soporta un trabajo igual á uno y éste lo emprende igual á mil. Para ello necesita una rara fineza y una absoluta precisión ejecutiva. Donde los otros se apunan, ellos trepan; cobran mayor pujanza cuando arrecian las borrascas: parecen águilas planeantes en su atmósfera natural.
La incomprensión de estos detalles ha hecho que en todo tiempo se atribuyeran taras psicopáticas á los hombres de genio, concretándose al fin la consabida hipótesis de su parentesco con la locura, tan cómoda para afrentar á cuantos se elevan sobre los comunes procesos del raciocinio rutinario y de la actividad doméstica. Pero se olvida que inadaptado no quiere decir alienado: no puede el genio consistir en adaptarse á la mediocridad.
El culto de la bestia sana redundaría en beneficio de los sujetos más insignificantes, si se aceptara la doctrina que los declara predestinados á la degeneración ó el manicomio. Es falso que el talento y el genio pueblen los asilos; si ha habido, por acaso, diez hombres excelentes, encontráronse á su lado un millón de mediocres y pobres diablos. Es evidente que los alienistas estudiarán la biografía de los diez é ignorarán la del millón. Y para enriquecer sus catálogos de genios enfermos incluirán en sus listas á hombres ingeniosos, cuando no á simples desequilibrados intelectuales que son «imbéciles con la librea del genio». Estos personajes, que viven á horcajadas sobre el muro que separa la cárcel del manicomio, son la antítesis misma del talento y del genio; su deficiente moralidad es uno de tantos estigmas de su desequilibrio.
Los hombres como Sarmiento pueden caldearse por la excesiva función que desempeñan; los ignorantes confunden su pasión con la locura. Pero juzgados en la evolución de las razas y de los grupos sociales, ellos se presentan como casos de perfeccionamiento activo, en beneficio de la civilización y de la especie. El devenir humano sólo aprovecha de los originales; se opera entre individuos diferenciados. El desenvolvimiento de una personalidad genial es una simple variación sobre los caracteres adquiridos por el grupo social; gracias á ella aparecen nuevas y distintas energías, que son el comienzo de líneas de divergencia y sirven de materia á la selección natural. La desarmonía de un Sarmiento es un progreso; sus discordancias son rebeliones á las rutinas de los mediocres.
Cualquier sentido se de á la palabra, locura implica siempre disgregación, desequilibrio, solución de continuidad. Con breve razonamiento refutó Bovio á la escuela psiquiátrica. El genio se abstrae; el alienado se distrae. La abstracción ausenta de los demás; la distracción ausenta de sí mismo. Cada proceso ideativo es una serie. En cada serie hay un término medio y un proceso lógico. Entre las diversas series hay saltos y faltan los términos medios. El genio, moviéndose recto y rápido dentro de una misma serie, abrevia los términos medios é intuye la relación lejana; el loco, saltando de una serie á otra, privado de términos medios, disparata en vez de razonar. Ésa es la aparente analogía entre genio y locura; parece que en el movimiento de ambos faltaran los términos medios; pero, en rigor, el genio vuela, el loco salta. El uno sobreentiende muchos términos medios, el otro no ve ninguno. En el genio, el espíritu se ausenta de los demás; en la locura, se ausenta de sí mismo. «La sublime locura del genio es, pues, relativa al vulgo; éste, frente al genio, no es cuerdo ni loco, es simplemente la mediocridad, es decir, la media lógica, la media alma, el medio carácter, la religiosidad convencional, la moralidad acomodaticia, la politiquería menuda, el idioma usual, la nulidad de estilo».