La ingenuidad de las masas ignorantes tiene parte decisiva en la confusión. Acogen con facilidad la insidia de los mediocres y proclaman loco al hombre mejor de su tiempo. Algunos se libran de esta etiqueta: son aquéllos cuya genialidad es discutible, concediéndoseles apenas algún talento especial en grado excelso. No así los indiscutibles, que viven en brega perpetua, como Sarmiento. Cuando empezó á envejecer, sus propios adversarios aprendieron á tolerarlo, aunque sin el gesto magnánimo de una admiración agradecida. Le siguieron llamando «el loco Sarmiento».

¡El loco Sarmiento! Esas palabras enseñan más que cien libros sobre la fragilidad del juicio social. Cabe desconfiar de los diagnósticos formulados por los contemporáneos sobre los hombres que no se avienen á marcar el paso en las filas; las medianías, sorprendidas por resplandores inusitados, sólo atinan á justificarse con epítetos despectivos. Conviene confesar esa gran culpa: ningún argentino ilustre sufrió más burlas de sus conciudadanos. No hay vocablo injurioso que no haya sido empleado contra él: era tan grande que no bastó un diccionario entero para difamarle ante la posteridad. Las retortas de la envidia destilaron las más exquisitas quintaesencias; conoció todas las oblicuidades de los astutos y todos los soslayos de los impotentes. La caricatura le mordió hasta sangrar, como á ningún otro: el lápiz tuvo, vuelta á vuelta, firmezas de estilete y matices de ponzoña. Como las serpientes que estrangulan á Laocoonte en la obra maestra del Belvedere, mil tentáculos subalternos y anónimos acosaron su titánica personalidad, robustecida por la brega.

El rebaño ceñía á Sarmiento por todas partes, con la fuerza del número, irresponsable ante el porvenir. Y él marchaba sin contar los enemigos, desbordante y hostil, ebrio de batallar en una atmósfera grávida de tempestades, sembrando á todos los vientos, en todas las horas, en todos los surcos. Le ahogaba el motejo de los que no le comprendían; la videncia del juicio póstumo era el único lenitivo á las heridas que sus contemporáneos le prodigaban. Su vida fué un perpetuo florecimiento de esperanzas en un matorral de espinas.

Para conservar intactos sus atributos, el genio necesita períodos de recogimiento; el contacto prolongado con la mediocridad despunta las ideas originales y corroe los caracteres más adamantinos. Por eso, con frecuencia, toda superioridad es un destierro. Los grandes pensadores son solitarios; parecen proscriptos en su propio medio. Se mezclan á él para combatir ó predicar, un tanto excéntricos cuando no hostiles, sin entregarse nunca totalmente á gobernantes, sectas ó multitudes. Muchos ingenios eminentes, arrollados por la marea colectiva, pierden ó atenúan su originalidad, empañados por la sugestión del medio. Los prejuicios más hondamente arraigados en el individuo subsisten y prosperan; las ideas nuevas, por ser adquisiciones personales de reciente formación, se marchitan. Para defender sus frondas más tiernas el genio busca aislamientos parciales en sus invernáculos propios. Si no quiere nivelarse demasiado, necesita de tiempo en tiempo mirarse por dentro, sin que esta defensa de su originalidad equivalga á una misantropía. Lleva consigo las palpitaciones de una época ó de una generación, que son su finalidad y su fuerza: cuando se retira se encumbra. Desde su cima formula con firme claridad aquel sentimiento, doctrina ó esperanza que en todos se incuba sordamente. En él adquieren claridad meridiana los confusos rumores que serpentean en la inconsciencia de sus contemporáneos. Tal, más que en ningún otro genio de la historia, se plasmó en Sarmiento el concepto de la civilización de su raza, en la hora que preludiaba el surgir de la nacionalidad entre el caos de la barbarie. Para pensar mejor Sarmiento vivió solo entre muchos, ora expatriado, ora proscripto dentro de su país, europeo entre argentinos y argentino en el extranjero, provinciano entre porteños y porteño entre provincianos. Dijo Leonardo que es destino de los hombres de genio estar ausentes en todas partes.

Viven más altos y fuera del torbellino común, desconcertando á sus contemporáneos. Son inquietos: la gloria y el reposo nunca fueron compatibles. Son apasionados: disipan los obstáculos como los primeros rayos del sol licuan la nieve caída en una noche primaveral. En la adversidad no flaquean: redoblan su pujanza, se aleccionan. Y siguen tras su Ideal, hiriendo á unos, despreciando á otros, adelantándose á todos, sin rendirse, tenaces, como si fuera lema suyo el viejo adagio: sólo está vencido el que confiesa estarlo. En eso finca su genialidad. Ésa es la locura divina que Erasmo elogió en páginas imperecederas y que la mediocridad de su tiempo enrostró al gran varón que honra á la raza de todo un continente. Sarmiento parecía agigantarse bajo el filo de las hachas...

III.—El genio revelador: Ameghino.

Sabio y filósofo, Ameghino fué pupila que supo ver en la noche, antes de que amaneciera para todos. Creó: fué su misión. Lo mismo que Sarmiento, llegó en su clima y á su hora. Por singular coincidencia ambos fueron maestros de escuela, autodidactas, sin título universitario, formados fuera de la urbe metropolitana, en contacto inmediato con la naturaleza, ajenos á todos los alambicamientos exteriores de la mentira mundana, con las manos libres, la cabeza libre, el corazón libre, las alas libres. Diríase que el genio florece mejor en las montañas solitarias, acariciado por las tormentas, que son su atmósfera natural; se agosta en los invernáculos del Estado, en sus universidades domesticadas, en sus laboratorios bien rentados, en sus academias fósiles y en su funcionarismo jerárquico. Fáltale allí el aire libre y la plena luz que sólo da la naturaleza: el encebadamiento precoz enmohece los resortes de la imaginación creadora y despunta las mejores originalidades. El genio nunca ha sido una institución oficial.

Su vasta obra, en nuestro continente y en nuestra época, tiene caracteres de fenómeno natural. ¿Por qué un hombre, en Luján, da en juntar huesos de fósiles y los baraja entre sus dedos, como un naipe compuesto con millares de siglos, y acaba por arrancar á esos mudos testigos la historia de la tierra, de la vida, del hombre, como si obrara por predestinación ó por fatalidad?