Pasados los años, creciendo él siempre y ajamelgándose siempre sus enemigos, la envidia y la pasión se entibiaron en torno suyo, y poco a poco, por ese proceso natural que anticipa en vida las sanciones póstumas de la gloria, Emerson el hereje fué convirtiéndose, para todos, en Emerson el santo. Porque la santidad, hay que afirmarlo, es de este mundo; o no es de ninguno. Y sólo entran a ella los hombres que por la inflexibilidad de sus virtudes, por la derechez de su carácter, por su leal obsecuencia a la verdad, merecen ser indicados a sus contemporáneos y a la posteridad como ejemplares arquetípicos de una humanidad más perfecta, que la imaginación concibe como un ideal para el porvenir.
Los niños—si me está permitido complicar la verdad con una imagen superflua—los niños fueron los pájaros predilectos en su jardín otoñal; adoraba en ellos la ingenuidad, no envenenada todavía por el aprendizaje del mal. La educación le parecía la tarea más "divina" que un hombre puede desempeñar sobre la tierra, ya que sólo educando pueden fomentarse los elementos de moralidad y de optimismo que constituyen la partícula del gran todo divino que reside en cada uno de los seres que integran la Naturaleza, que es la divinidad misma...
Es preciso detenernos, dejando para la próxima lección el examen de las doctrinas éticas de Emerson y la determinación de su actitud ante los problemas propiamente metafísicos. Por hoy nos concretaremos a señalar algunos influjos de Emerson sobre Sarmiento, infiriéndolos de las repetidas menciones que este último hizo de aquél en sus escritos.
9.—Emerson y Sarmiento
En sus cartas de Boston, de 1865 (Vol. XXIX, de sus Obras: "Ambas Américas"), Sarmiento refiere con admiración casi mística las impresiones de su permanencia en Concord, entre los amigos de Emerson. "Necesitaría muchas páginas—le escribe a Aurelia Vélez—para narrar todo lo que ha pasado de bello, de grande, de útil, en estos ocho días, por mis sentidos, por mi corazón, por mi espíritu. Son cuadros vistos con vidrios de aumento en que parece asistimos a un mundo de gigantes, que está delante, sin ser el nuestro. Fuí a Concord, verdadera aldea, sin alumbrado y sin embargo bellísima, en medio de la naturaleza de otoño, que me habrá oído es aquí de una belleza sobrenatural, por los colores vivísimos que reviste la vegetación al aproximarse el invierno; y usted sabe que gozo con estos espectáculos. En esta simple aldea viven algunas reputaciones literarias. La señorita Peabody, escritora de libros de educación. Waldo Emerson, poeta y filósofo. La señora Mann me ha recibido como a uno de la familia, con la simplicidad de la Nueva Inglaterra, donde todos son hermanos, con el cariño y la solicitud de una antigua amiga... Fuimos al día siguiente a Lexington a ver el establecimiento de educación del doctor Lewis para mujeres. Vuelve este país a los tiempos de la Grecia, dando a los juegos gimnásticos una grande atención. Los que ví ejecutar a las niñas aseguran la mayor perfección de la raza, por la fuerza, la belleza y la gracia. Al día siguiente comí con Waldo Emerson, a quien había mandado el Facundo. Este libro me sirve de introducción. Si ser Ministro no vale para todos, ser educacionista es ya un gran título a la benevolencia de este pueblo de profesores y de maestros... De casa de la señora Mann me llevaron a Cambridge, la célebre Universidad, donde he pasado dos días de banquete continuo, para ser presentado a todos los eminentes sabios que están allí reunidos: Longfellow, el gran poeta, que habla perfectamente el español; Gould, el astrónomo, amigo de Humboldt; Agassiz, hijo, a quien pronostican mayor celebridad que al padre; Hill, el viejo presidente de la Universidad. ¡Cómo se gozaría su padre en este seminario de ciencias y de estudios clásicos, con una biblioteca por templo y una villa entera de escuelas para todos los ramos del saber humano!", (pág. 65 y sig.). Estas impresiones se repiten, ya que no pueden aumentarse, en otras cartas, especialmente en la publicada con el título: "Una aldea norteamericana.—Las mujeres.—Emerson.—Longfellow.—La nieve" (pág. 80 y sig.). De sus conversaciones con el gran eticista, merece transcribirse este interesante párrafo: "Entre los hombres notables de la educación pública, aquí está el viejo Emerson, que fué uno de los cinco que emprendieron hace treinta años mejorar las escuelas, y elevarlas al rango a que han llegado hoy. Es ahora un monumento público, este hombre, a quien rodea como una aureola la veneración pública. En larguísimas conferencias que hemos tenido sobre materia que tanto nos interesa a ambos, me ha hecho una observación que quiero trasmitir aquí, para que la tengan presente. En cuarenta años de trabajos en la difusión de la enseñanza, me dijo, un hecho se me ha presentado constante en todas partes; y es que es inútil rentar las escuelas, organizarlas, inspeccionarlas, si en cada villa, población o ciudad, no hay un vecino que las cuide o visite por puro amor a la enseñanza. Donde quiera que las escuelas van bien estamos seguros que hay un buen filántropo que no las pierde de vista; donde van mal, es porque falta; y como absorbidos por la conversación, hubiérase casi apagado la chimenea, al atizar el casi extinguido fuego, me dijo, señalándolo: así son las escuelas, si no se atienden se apagan." (Obras, XXIX, 84). No cabe duda que este pensamiento de Emerson, sobre la cooperación vecinal para el éxito de las escuelas del estado, preocupó a Sarmiento; muchos años más tarde, con motivo de inaugurarse una biblioteca popular en San Fernando, repite, en 1878, las opiniones del "anciano Emerson, de Concord, célebre filósofo que, con Horacio Mann, había encabezado la agitación de educación popular que acabó por generalizarse a todos los Estados Unidos." (Obras, XLVII, 67).
Desde que lo conoció, tuvo Sarmiento una gran admiración por el moralista sin dogmas, aunque eran tan distintos sus temperamentos, pragmático el de aquél y místico el de éste. Es creíble que Sarmiento oyera en Boston los últimos ecos de la maledicencia sectaria; no pudiendo decir ya que Emerson era un pensador peligroso para la sociedad, los conservadores habían resuelto desteñir su admiración forzosa, declarándolo... demasiado metafísico. En otras memorias de viaje, relativas a las escuelas, Sarmiento recoge el eco: "poeta y autor de varias obras filosóficas que lo revelan pensador profundo, y los que lo acusan de metafísico le reconocen, sin embargo, genio" (Obras, XXX, 89). Influía, sin duda, en estos sentimientos la noticia de que Emerson y Channing habían sido los mejores puntales de su amigo Horacio Mann, durante su campaña educacional; y del segundo, en sus notas sobre la vida de Mann, transcribe la carta de adhesión que le escribiera en los momentos más difíciles (Obras, XLIII, 346). De allí también su persistente simpatía por el unitarismo, que veinte años atrás le parecía encarnar el porvenir ético de los Estados Unidos y a cuyas ceremonias religiosas volvió a asistir en su segundo viaje: "Estoy invitado a la comisión de los Unitarios, cuyo órgano es el "Liberal Christian". Su objeto es reunir todas las disidencias en una, que las contiene a todas: la caridad cristiana. Yo le había pronosticado hace veinte años a esta secta el porvenir; y lo saben ellos". Frecuentó también a los unitarios radicales; es interesante ver cómo los juzga: "Al día siguiente, uno de los editores de El Radical va a mi hotel, para hacerme tomar parte en los ejercicios del ala izquierda de los liberales. Éstos van mucho más allá de cuanto había esperado. Seis predicadores se suceden ante una numerosa audiencia, la mayor parte de señoras. Nosotros somos cristianos, dice devotamente uno de ellos. Somos sólo hombres, en comunicación con Dios, nuestro padre común, sin intermediarios. Jesús llenó su grande misión, en proporción de su época y al desarrollo de la humana inteligencia. La doctrina no está hoy en armonía con los datos de la ciencia y su obra no ha podido en diez y ocho siglos afectar ni modificar sino a una pequeña parte de la humanidad. Somos más felices que nuestros hermanos de otras sectas. No aborrecemos a nadie por causa de Jesús... Seis sermones a la tarde y otros seis a la noche, completaron los ejercicios. Yo asistí a todos, admirando este profundo sentimiento religioso que mantiene en actividad la mente y el corazón de este pueblo. Nosotros, ni cristianos somos. Convenido como está que hemos nacido católicos, y que fuera del girón de la Iglesia no hay salvación, descansamos en la dulce y consoladora esperanza de que todos los demás se condenarán. ¡Ay! son mil millones de seres humanos los que no entran en la geografía católica: cuestión de geografía, la salvación" (Obras, XLIX, 291).
Fuerza es abreviar los recuerdos y las citas. En su momento de más terrible lucha pedagógica, Sarmiento, viejo ya de años, estaba más joven que nunca por sus ideales, por su valor bravío; 1882, la hora de agitarse la conciencia nacional para afirmar definitivamente el espíritu laico de la enseñanza impartida por el Estado. Era la época en que el canónigo Piñero, para asociarse a la campaña de la iglesia romana contra la escuela argentina, quemaba en Santiago la biblioteca del Colegio Nacional, cometiendo "el último auto de fe ocurrido entre los católicos, en toda la redondez de la tierra, a fines de este siglo, y debe ser conocido el hecho, proclamado y anunciado al mundo y a su Santidad, para la canonización de este héroe de la necedad humana!". Sarmiento recordó, con ese motivo, que en Norte América, habiendo reclamado los católicos contra la lectura de los Evangelios en las escuelas del Estado, sin los comentarios católicos, se reunió un Consejo de personajes de otras religiones para decidir el punto; y los más, Emerson entre ellos, declararon que debía suprimirse la lectura de textos religiosos que no concordaren con la doctrina de los católicas, ya que éstos, como toda otra minoría, religiosa o no, tenían el derecho de que el Estado respetara sus creencias al dar educación a sus hijos (La Escuela Ultrapampeana, XLVIII, 158).
En los mismos días de evocar su ejemplo en favor de la enseñanza sin dogmas, se apagaba en Concord, el 27 de abril de 1882, la existencia del eticista. Sarmiento, en un breve artículo expresivo, escribió un cariñoso adiós al que volvía al seno de su Naturaleza adorada, donde ya le habían precedido casi todos sus compañeros de ideales y de acción. El 26 de junio apareció en "El Nacional" de Buenos Aires aquella página conmovida: Emerson. ¡Los dioses se van!... "Decíase de Emerson que era una cabeza griega sobre cuadradas espaldas yankees. La opinión general es, ahora, que durante cuarenta años, después de veinte opuestos a sus doctrinas, él ha tenido la dirección de los espíritus en Norte América y ha visto formarse una escuela de ideas emersionianas. Vivió siempre en Concord, pretendiendo que, como poeta, debía vivir bajo las influencias directas de la Naturaleza... Vivimos en tiempos felices, en que el talento del escritor, y las ideas que difundió en torno suyo, no quedan por largo tiempo estancadas si fueran auspiciadas por la pasión y el interés de la humanidad y del progreso. Hase dicho que no hay genio sino en los trabajos que afectan a la especie humana para su mejora... Una palabra desde el Río de la Plata, que va con conciencia y amor a reunirse a los amigos de los Estados Unidos, no ha de ser desatendida por los que sobreviven en Concord" (Obras, XLV, 374).
Así el formidable luchador del Sur saludaba al místico panteísta del Norte, sabiendo que, de ser oída, ninguna palabra de este hemisferio hubiérale sido más grata que la suya. Y hablaba, acaso involuntariamente, como un discípulo, al titular Los dioses se van su artículo de adiós a un hombre conspícuo en la evolución de la ética moderna; eso había enseñado Emerson, en su concepción natural de la divinidad, poniendo una partícula divina en cada ser humano, enseñando a creerla perfectible, ascendente en virtudes, en santidad, hasta confundirse el hombre en esa ideal harmonía de la Naturaleza que su mente concebía como la esencia y el espíritu de Dios.