ORIENTACIONES MORALES

1. Una ética sin metafísica.—2. La crítica de las costumbres.—3. Necesidad de caracteres firmes.—4. Disconformidad con todo tradicionalismo.—5. Panteísmo.—6. Ética naturalista.—7. El optimismo y la perfectibilidad.—8. La confianza en sí mismo.—9. La bella necesidad.—10. Función social del no-conformismo.

1.—Una Ética sin Metafísica

En la lección anterior, sin copiar a sus numerosos biógrafos, ni pretender substituirlos, bosquejamos la personalidad de Emerson; para dar un interés argentino al examen de su acción y de su pensamiento, aproximamos el esfuerzo renovador de los Trascendentales norteamericanos con el ensayo fugaz de Echeverría, al fundar la Asociación de Mayo, señalando sus semejanzas de inspiraciones y de finalidades. Y recordando la relación de esa corriente renovadora con la pedagogía social de Horacio Mann, evocamos las vinculaciones personales e ideológicas de Sarmiento con el moralista de Concord.

Entremos, hoy, a examinar el contenido intrínseco del emersonismo, procurando quintaesenciar en algunos principios concretos el pensamiento vago y difuso de Emerson, que por la misma nebulosidad de sus contornos suele ser objeto de interpretaciones heterogéneas.

Aunque fué eminente moralista, Emerson no puede ser llamado filósofo, si es que este nombre debe tener un sentido más claro del que le atribuyen los que no han estudiado ningún problema filosófico. Emerson era orador y era poeta; mejor orador que poeta. Orador, tenía el temperamento de los sofistas clásicos; era como éstos un periodista hablado, un agitador de la opinión pública, un propagandista. Poeta, lo era por temperamento, por su inclinación a las razones sentimentales e imaginativas, con un temperamento muy superior a las poesías que escribió, inferiores, sin duda, y sin admitir comparación, a las de Longfellow o de Walt Whitman. Impregnado de la herencia religiosa común a todos los pobladores de la Nueva Inglaterra, acentuábala en él la circunstancia de pertenecer a una familia de pastores disidentes, en que el ministerio evangélico se transmitió de padres a hijos durante muchas generaciones. Emerson era un místico; el misticismo corría en sus arterias y daba colorido a toda su personalidad moral.

La ética de Emerson, por su falta de armonía arquitectónica, es la antítesis de la ética de Spinoza; carece de estructura y de sistema. No hay claridad en sus preceptos ni exactitud en su método. Emerson pertenece al tipo de los grandes predicadores, tiene más de inspirado que de lógico, más de profeta que de sabio. Habla al sentimiento siempre, rara vez a la inteligencia; trata problemas que interesan al gran público, despreocupándose de los que entretienen a los metafísicos; predica para la humanidad entera, viéndola a través de su pueblo; para ello, se pone a su nivel. Quiere encender en todos sus oyentes el culto de la moral, con abstracción de cualquier dogma o doctrina religiosa; pasa así de una razón a la contraria, emplea imágenes, muestra ejemplos, aprovecha los sentimientos religiosos de la mayoría para orientarlos en el cauce de la ética pura, sin preocuparse nunca de ser coherente y ordenado, sin tomar ninguna posición fija ante los problemas insolubles, contradiciéndose en todo lo que no le interesa, si ello converge a su objetivo único: llevar a todos un mensaje básico: la soberanía de la moral. Basta leer su ensayo así titulado para corroborar lo que decimos; en vano se buscaría en él, cediendo a la sugestión del título, una concreción clara de lo que es, sin embargo, la nota fundamental en el conjunto de sus escritos.

Emerson no era, pues, un filósofo; ni malo ni bueno, no lo era. Los que estudiamos filosofía tenemos el derecho de reservar este nombre a la investigación de los problemas generales más distantes de la experiencia actual o posible, que escapan a los métodos de las ciencias y exceden sus límites: lo que en todo tiempo y lugar ha constituído el dominio de la metafísica. Y aunque concebimos que su horizonte, y las premisas para estudiar sus problemas, varían incesantemente en la justa medida en que se enriquece la experiencia, que le sirve de fundamento y punto de partida, no podemos llamar filósofos a los retóricos que agitan los sentimientos sociales, ni a los simples eruditos que viven rumiando la historia de las doctrinas filosóficas pasadas. Cousin, propagandista, y Zeller, historiador, no tienen rango alguno como filósofos, aunque sean de alabar la retórica del uno y la erudición del otro. ¿A quién se le ocurriría llamar poeta a un profesor de declamación o de literatura?

Filósofo es el que da nuevas soluciones a los problemas filosóficos, o los plantea diversamente, o renueva con originalidad las soluciones ya previstas. Si no lo entendiéramos así acabaríamos por creer, como las mundanas y los periodistas, que hay filosofía del buen gusto, de la esperanza, de la sensibilidad, del coraje, de la felicidad o de la adivinación, problemas, todos, que por su misma vaguedad deleitan y entretienen a los que nunca podrían entender una página de Platón, de Tomás, de Spinoza o de Hegel.