Emerson tuvo el buen sentido de no confundir su ética con una filosofía. Movíase en el dominio de las creencias y no en el de las doctrinas; procuraba dar nueva dirección al ancestral misticismo humano, sin abordar problema alguno gnoseológico o metafísico. Por eso, poniéndose a cubierto de toda crítica, dijo simplemente: "en el orden moral las verdades no se demuestran". Habría sido menos inexacto diciendo: la eficacia de las creencias, para la acción, no depende de su veracidad. Pero Emerson no habló nunca un lenguaje exacto, ni siquiera tuvo, como Spinoza, el deseo de hacerlo.
Renunciando a inventarle a Emerson un sistema filosófico, podemos examinar su posición dentro de la ética, señalando los leit-motif que reaparecen con insistencia en la serie de sus escritos; y aunque no podemos hablar de sus doctrinas, señalaremos su actitud personal frente al mayor de los problemas filosóficos, ya que de ella parten sus más interesantes deducciones éticas.
En otra lección examinaremos las resonancias sociales del emersonismo sobre la evolución de la experiencia moral.
2.—La Crítica de las Costumbres
Uno de sus primeros discursos—que, en cierto modo, resulta una auto-presentación—se titula El Hombre Reformador; en él dominan el interés por los problemas sociales y la simpatía por los hombres que trabajan. Parécenos este ensayo el de mayor contenido sansimoniano, el que preludia más claramente a la agitación Trascendentalista. "Debemos revisar,—dice,—toda nuestra estructura social, el Estado, la escuela, la religión, el matrimonio, el comercio, la ciencia, y examinar sus fundamentos en nuestra propia naturaleza; nosotros no debemos limitarnos a constatar que el mundo ha sido adaptado a los primeros hombres, sino preocuparnos de que se adapte a nosotros, desprendiéndonos de toda práctica que no tenga sus razones en nuestro propio espíritu. ¿Para qué ha nacido el hombre si no es para ser un Reformador, un Rehacedor de lo que antes hizo el hombre, para renunciar a la mentira, para restaurar la verdad y el bien, imitando la gran Naturaleza que a todas nos abraza sin descansar un instante sobre el pasado envejecido, rehaciéndose a toda hora, dándonos cada mañana una nueva jornada y una pulsación de vida nueva? Renuncie a todo lo que ya no tiene por verdadero, remonte sus actos a su idea primera, nada haga donde no comprenda que el Universo mismo le da razón". No puede ser más firme y radical su pensamiento de poner bases nuevas a todo el orden social, negando su adhesión a las rutinas tradicionales.
La conferencia Sobre el tiempo presente es una de sus primeras palabras decisivas. "Los dos partidos omnipotentes de la historia—dice—el partido del Pasado y el partido del Porvenir, dividen hoy la humanidad, como antes. He aquí la innumerable multitud de los que aceptan el Gobierno y la Iglesia de sus predecesores sin apoyarse en otro argumento que el de la posesión... Esa clase, por numerosa que sea, reposando sobre el instinto y no sobre la inteligencia, esa clase se confunde con las fuerzas brutas de la naturaleza; y aunque es respetable bajo ese aspecto, sus miembros carecen de interés para nosotros. El que despierta nuestro interés es el disidente, el teorizador, el hombre de aspiraciones, el que deja esa antigua región para embarcarse sobre un mar de aventuras". Y Emerson se embarca, sin vacilaciones, como vamos a verlo.
Sus biógrafos—admiradores literarios o compatriotas prudentes—parecen haberse convenido para ocultar este aspecto, para mí simpático, de su personalidad viril. El Emerson anciano y venerable, el que conoció Sarmiento, me parece digno del mayor respeto, pero lo encuentro convencional, aburrido; el buen Emerson, de treinta, de cuarenta años, el autor de Nature, el director de The Dial, el animador de los Trascendentales, es el único Emerson legítimo. Comprendo que para convertirle en genio nacional, grato a todos los partidos, era menester despojarle de todo lo que podría desagradar a los que siempre le miraron como un enemigo; pero así ya no es Emerson, no es el Emerson apóstol y creador, sino un Emerson de escaparate patriótico o de museo histórico, con todas las canas y los afeites con que la humanidad rutinaria acostumbra engalanar a sus ídolos.
Léase el ensayo "El Conservador" que, además de su honda psicología, contiene algunas páginas literarias excelentes. Es decisivo desde la primera línea: "Los dos partidos que dividen el Estado, el partido conservador y el partido innovador, son muy antiguos y se han disputado la posesión del mundo desde que éste existe. La querella es el tema de la historia de los pueblos. El partido conservador ha instituído las venerables jerarquías y monarquías del viejo mundo. La lucha de los patricios y de los plebeyos, de las metrópolis y de las colonias, de las antiguas costumbres y de las concesiones a los hechos nuevos, de los ricos y de los pobres, reaparece en todos los países y en todos los tiempos. La guerra no hace estragos solamente en los campos de batalla, en las asambleas políticas y en los sínodos eclesiásticos; ella arde a toda hora y divide el corazón de cada hombre, solicitándolo en opuestas direcciones. Sin embargo, el viejo mundo sigue girando, se alternan los vencedores y el combate continúa renovándose como la vez primera, bajo nombres distintos y con apasionados conductores. Un antagonismo igualmente irreductible debe, naturalmente, estar arraigado en la constitución humana con una profundidad correspondiente a su fuerza. Es la oposición del Pasado y del Porvenir, del Recuerdo y de la Esperanza, del Asentimiento y de la Razón. Es el antagonismo original, la manifestación de dos polos en todos los detalles de la naturaleza". Planteado así el problema, lo analiza magistralmente; me parece, entre los ensayos emersonianos, uno de los más claros por su concepto y de los más atrayentes por su estilo. No sigamos leyéndolo, pues no sabríamos dejarlo hasta el final.
Las premisas que engendran la necesidad de intensificar la educación moral son, para Emerson, puramente prácticas y experimentales. La observación del medio en que vive le lleva a comprobar una visible disparidad entre el progreso material y el progreso moral, induciéndole a analizar sus causas antes de aconsejar los remedios. Ante el espectáculo de la civilización moderna que pone al servicio de una parte creciente de la humanidad una serie de admirables inventos y descubrimientos, afirma su fe en el progreso y saluda con palabras jubilosas la disminución progresiva del sufrimiento material en el mundo. Pero esa comprobación, lejos de satisfacerle plenamente, le induce a preguntarse si el progreso moral de la humanidad ha corrido parejo con sus adelantos técnicos, si el hombre civilizado contemporáneo es más bueno que el de hace dos o cincuenta siglos, si el coeficiente medio de moralidad social se ha elevado sobre el de nuestros antepasados.
Su respuesta es negativa. Veinte siglos de cristianismo no han aumentado la bondad individual de los hombres ni han aproximado las sociedades al ideal de fraternidad predicado por Cristo.