En presencia de la crisis moral de su tiempo, Emerson busca su causa y cree poder señalarla en la decadencia progresiva de las fuerzas éticas tradicionales. Y al revés de los que buscan el remedio en la posible restauración de esas fuerzas, afirma la necesidad de engendrar fuerzas morales nuevas, primero en los individuos mismos y luego en la sociedad entera.
Ve en el tradicionalismo la parálisis, la muerte. Si los hombres han dejado de acatar ciertos dogmas del pasado, ello se debe a que tales dogmas tenían fundamentos falsos; y "nadie, dice Emerson, puede sentirse obligado a ser virtuoso por obsecuencia a la mentira". Lo que es falso, muerto está; hay que darle sepultura. Saber que es falso y predicar la vuelta a él, sería una desvergüenza si no fuese un crimen; perdida la creencia en el carácter sobrenatural de la obligación moral, el único remedio está en buscar sus fuentes naturales; de otro modo caeríamos de nuevo en el absurdo de perseguir un ideal moral poniéndonos en el camino de la inmoralidad suprema, que es la mentira.
Una moral sin dogmas, en formación continua, cada vez mejor adaptada a la naturaleza, persiguiendo una mayor armonía entre el hombre y todo lo que le rodea, incesantemente perfectible en cuanto la perfectibilidad es una mejor adaptación de la humanidad al medio en que vive: tal es, desde la publicación de Natura (1836), la orientación general de la ética emersoniana. En vano había buscado Emerson en las morales europeas de su tiempo un modelo que le pareciera trasplantable a su país; el viejo mundo, minado por iglesias poderosas que habían sobrepuesto sus intereses políticos a la primitiva moral predicada por Cristo, no podía servir de ejemplo a los pueblos nuevos. América debía buscar en las entrañas de su propia sociabilidad las fuerzas morales más convenientes a su progreso colectivo y a la dignificación de la vida humana. Su famoso discurso a los estudiosos e intelectuales, el Scholar (1837), es un llamado elocuente al estudio y a la reflexión, al embellecimiento de la vida por la cultura del espíritu, al desdén de todos los beneficios con que la política y los negocios tientan a los intelectuales. Como el músico que ejecuta para gozar él mismo, tanto como para deleitar a otros, Emerson habla "para inspirar a los demás el coraje y el amor, fortificando su fe en el amor y la sabiduría que están en el fondo de las cosas; para afirmar sentimientos nobles; para escucharlos en otros, dondequiera aparezcan; y no para turbar a nadie, sino para atraer a todos los hombres a la verdad, tornándolos cultos y bondadosos". Muestra la esterilidad del talento extraviado por la frivolidad o por la moda, mirando como la mayor insensatez la de opinar sobre lo que no se ha estudiado. Si el talento se desarrolla a expensas del carácter, mayores son sus peligros y sus extravíos cuanto más crece; "por eso hoy todo es falso, se confunde el talento con el genio, se confunde los dogmas y los sistemas con la verdad, la ambición con la grandeza, la frivolidad con la poesía, la sensualidad con el arte; y los jóvenes, llegando con esperanzas inocentes y mirando en torno suyo la educación, las profesiones, los empleos, los maestros, la enseñanza literaria y religiosa, encuentran que nada satisface sus nobles aspiraciones espirituales y se aturden, vuélvense escépticos, están perdidos. Y la juventud quedaría desesperanzada si, por gracia divina, no tuviese bastante energía para decir: todo esto es falso y de invención humana, la verdad existe, nueva, hermosa, eternamente bienhechora". El orden es la primera ley del progreso espiritual; las mejores aptitudes se pierden si libramos nuestra cultura a la improvisación y divagamos sobre lo que no entendemos. "Para qué sirven la fuerza, la habilidad, la belleza, una voz grata, la educación o el dinero a un loco furioso?". Todo el que es incapaz de continuidad y de sacrificio en el estudio, pretendiendo adivinar mal en un minuto lo que podría estudiar bien en muchos años, es tan iluso y tan inútil como ese loco furioso. "Leyendo los diarios, viendo la audacia con que la fuerza y el dinero trabajan para sus fines, pisando la honradez y la voluntad de los buenos, parece que el patriotismo y la religión gritan como fantasmas vanos. No hablamos para ellos, porque el hacerlo parece cosa inútil; habitualmente preferimos mantener nuestra opinión y morir en silencio. Pero un espíritu elocuente nos hará sentir que los estados y las reyecías, los senadores, los leguleyos y los ricos, no son sino montones de gusanos cuando se los mira a la luz de esta Verdad, débil y despreciada. Entonces sentimos cuán cobardes hemos sido, venerándolos, porque sólo la Verdad es grande". Como fruto de esa actitud independiente espera que vendrá un Renacimiento nuevo y que todos los hombres podrán sentirse capacitados para hacer su propio examen: "¿Qué eres? ¿Qué has hecho? ¿Puedes obtener lo que deseas? ¿Hay un método en tu conciencia? ¿Hay una dirección en tu propia vida? ¿Puedes ayudar a otro?". Para ello la humanidad desea y necesita de hombres intensos, creedores, afirmativos. "El genio no se divierte en rayar la arena, ni se ocupa de frivolidades; se entrega a cosas esenciales; es una fuerza que se defiende de sí misma, que existe originariamente, que resiste a todos los obstáculos. Posee la verdad y se aferra a ella; nunca habla ni actúa en esas callejuelas de través donde se entra por curiosidad, sino en las rutas maestras de la naturaleza, preexistentes a la Vía Appia, donde todos los espíritus están forzados a transitar. El genio sólo gusta de las afirmaciones verdaderas que atacan y hieren a todo el que se les opone; afirmaciones que son como personas vivientes que diariamente declaran guerra a toda falsedad y a toda rutina; afirmaciones de que la sociedad no puede librarse y no puede olvidar, pues persisten, no se someten a ninguna autoridad, se levantan severas y formidables porque quieren y deben ser fielmente ejecutadas y realizadas". En ese tono de apóstol se desarrollan todos los primeros discursos de Emerson; y no es extraño que a pesar de su vaguedad, o por ella misma, lograran entusiasmar a todos los temperamentos románticos, prometiéndoles que serían una generación de genios, como los jóvenes alemanes del Sturm und Drang.
4.—No Conformismo y Obediencia
Desconociendo el valor de los preceptos y dogmas tradicionales, como fundamento de la ética, Emerson da una amplitud antes desconocida al No-Conformismo, afirmado por las iglesias disidentes de la Anglicana. Conocéis, sin duda, ese episodio de la historia religiosa. Así como el Cristianismo fué una herejía dentro del Judaísmo, y el Protestantismo dentro del Catolicismo, numerosas sectas protestantes han nacido como herejías dentro de la iglesia Anglicana. Bajo el reinado de Elisabeth, en 1563, el parlamento inglés votó una Acta de Uniformidad, fijando las doctrinas y el rito del culto anglicano, que fué luego renovada, en 1662, bajo Carlos II. Desde entonces llamáronse conformistas los que acataron esa Acta, y no-conformistas todos los que le negaron su adhesión, generalizándose después el término a todos los cristianos disidentes que no aceptaban la autoridad dogmática de la iglesia Anglicana.
Dentro de esa actitud común, el no-conformismo, nacido como simple episodio de política religiosa, ha evolucionado muy diversamente en las distintas iglesias disidentes. Partiendo del derecho del libre examen, afirmado por la Reforma, algunas se han limitado a simples apartamientos del dogma y del rito, mientras otras han extendido progresivamente su libertad de crítica a todos los problemas teológicos, éticos y sociales; conservándose cristianas, han abierto ampliamente sus puertas a todas las doctrinas modernas, encauzándose sin reticencia, desde principios del siglo XIX, en las corrientes de liberalismo nacidas al calor de la renovación enciclopedista.
Tal era la posición de la iglesia Unitaria en que Emerson fué educado; en ella, el no-conformismo desbordaba ya de la disidencia inicial y contenía los gérmenes que se manifestaron ampliamente en el Trascendentalismo. "Lutero, escribe Emerson, se habría cortado la mano derecha antes de clavar sus tesis en la puerta de Witenburgo, si hubiese podido suponer que ellas conducirían a las escuetas negaciones del Unitarismo de Boston". Y el mismo Emerson, cuando habla de No-Conformismo, se refiere a un desacato sistemático de todas las ideas y cosas tradicionales; conformarse a la tradición es renunciar a la vida misma, cuya continuidad se desenvuelve en un incesante porvenir. El conformismo importa cerrar nuestra inteligencia a toda verdad nueva, apartar de nuestra felicidad todo elemento no previsto en el pasado, negar la posibilidad misma del progreso y de la perfección. Acatar los intereses creados en el orden moral, lo mismo que en el material, significa negar el advenimiento de una humanidad moralmente mejor. ¿Porqué, se pregunta Emerson, seguiremos bebiendo aguas estancadas en pantanos seculares, mientras la Naturaleza sigue ofreciéndonos en la veta de sus rocas el chorro de fuentes cristalinas, que pueden apagar nuestra sed infinita de saber y de amor? Para él las aguas estancadas son los dogmas consagrados por la tradición y las fuentes de roca son las fuerzas morales que siguen manando de nuestra naturaleza humana, incesantes, eternas. Esas fuerzas morales, que llama "divinas", no han dejado de brotar nunca, jamás se han cegado sus fuentes; viven, crean todavía, cada vez mejores; renunciar a ellas, como quiere el tradicionalismo, es decir ¡alto! a la divinidad misma, es decir ¡no! a todos los ideales éticos de la humanidad presente.
El No-Conformismo, en esta significación amplia, se nos presenta como la antítesis del dogma de obediencia; leed algunas páginas que dedica a este asunto William James y reconoceréis, como él, que "es imposible comprender, y hasta imaginar, que hombres dotados de una vida interior suya y propia, hayan podido llegar a considerar recomendable la sujeción de su voluntad a la de otros seres finitos como ellos". Le parece inverosímil ese renunciamiento de la personalidad, exigido por algunas órdenes religiosas como un voto necesario para la profesión. La obediencia no es a Dios, sino a otro hombre, al superior; y es curiosa la explicación poco mística y muy utilitaria que da de ella el ilustre jesuíta Alonso Rodríguez: "Uno de los mayores descansos y consuelos que tenemos los que estamos en Religión, es éste: que estamos seguros de que, haciendo la obediencia, vamos acertados. El superior podrá errar en mandar esto o aquello; mas vos cierto estáis de que en hacer eso que os mandan no erráis, porque a vos solamente os pedirá Dios cuenta si hicisteis lo que os mandaron, y con eso daréis vuestro descargo muy suficientemente delante de Dios. No tenéis que dar cuenta, si fué bien aquello, o si fuera mejor otra cosa; porque eso no pertenece a vos, ni se pondrá a vuestra cuenta sino a la cuenta del superior. En haciendo la cosa por obediencia, quita Dios eso de vuestro libro y lo pone en el libro del superior." Así entendido, el dogma de obediencia lleva implícito un renunciamiento a la responsabilidad moral: el hombre se convierte en una cosa, en un instrumento irresponsable al servicio de quien lo manda. Y para que todo no sea solemne, James transcribe de Sainte-Beuve (Hist. de Port Royal, I, 346), una anécdota que muestra la extravagante interpretación que pueden dar al dogma de obediencia los temperamentos sugestionables: "Sor María Clara, estaba muy penetrada de la santidad y excelencia de M. de Langres. Este prelado, luego de llegar a Port-Royal, le dijo un día, viéndola tiernamente unida a la Madre Angélica, que sería mejor que no volviera a hablar con ella. María Clara, sedienta de obediencia, tomó como un oráculo divino aquellas palabras dichas inadvertidamente, y desde aquel día estuvo muchos años sin dirigir la palabra a su hermana en religión".
Mostrado el conformismo bajo esta fase rigurosa en que lo traduce el sentimiento de obediencia, podéis comprender mejor, por contraste, cuál es el horizonte máximo en que Emerson pudo dilatar su no-conformismo.