El derecho de crítica y de libre examen se prolonga hasta las fuentes de la moralidad humana; es el derecho de buscarlas, de afirmarlas, de aprovecharlas para el porvenir, impregnando de ellas la educación, ajustando progresivamente a ellas la conducta de los hombres. La sabiduría antigua, hoy condensada en dogmas, sólo puede ser respetable como punto de partida. Así mirada conviene respetarla, y aprovechar de ella todo lo que no sea incompatible con las verdades nuevas que incesantemente se van haciendo; pero acatarla como una inflexible norma de la vida social venidera, confundiéndola con un término de llegada que nuestra experiencia está condenada a no sobrepasar, es una actitud absurda frente a la evolución incesante de toda la Naturaleza accesible a nuestro conocimiento.

Así planteado, el no-conformismo de Emerson, aunque siempre enmarañado por su lenguaje literario y místico, se nos presenta como una concepción moral antidogmática y esencialmente evolucionista, como la antítesis de un sistema teórico cerrado, como afirmación de un pragmatismo ético abierto a toda eventualidad de perfeccionamiento moral, ilimitado. No necesito explicar a los que conocen la doctrina de la perfectibilidad, común en esa época a todos los sansimonianos, que la posición de Emerson concuerda con ella plenamente, no obstante el lenguaje religioso a que la tradujo: porque Emerson, en todo y siempre, conservó la "manera" religiosa aprendida en su juventud e impuesta por su ambiente, aun cuando sus ideas tomaban una dirección contraria.

5.—Panteísmo

Divinidad, Naturaleza, Moralidad, son tres términos que tienden a significar lo mismo en los escritos de Emerson. Todo lo natural es divino, todo lo divino es moral, todo lo natural es moral. Para elevar nuestra Moralidad debemos volver a las fuentes de la Naturaleza y a medida que lo conseguimos nos compenetramos con la Divinidad.

Hemos dicho, con esto, que Emerson es panteísta. No sabríamos explicar, pues no lo comprendemos, en qué medida su teísmo absoluto se distingue de un absoluto ateísmo; lo mismo nos ocurre, por otra parte, con la casi totalidad de los panteístas. Adviértase, en efecto, que el panteísmo oscila entre dos posiciones metafísicas extremas que parecen confundirse; habréis oído decir que se tocan todos los extremos. Una verdadera substanciación de lo infinito en lo finito, de Dios en la Naturaleza, como lo sugieren todos los panteísmos de tipo emanatista, implica una explicación verbal de la divinidad como causa de la naturaleza misma, sin que nada distinga o separe a la una de la otra; equivale, a lo sumo, a decir que la Naturaleza es todo lo que conocemos de Dios. No nos es posible, por otra parte, examinar de buena fe ningún sistema idealista absoluto sin tener la impresión de que su autor es ateo: Hegel lo es tanto como Spinoza; sus concepciones, en este punto, se distinguen por palabras: Hegel llama devenir eterno de la "idea" a lo que Spinoza concibe como transfiguración eterna de la "sustancia". No perdamos de vista que el idealismo y el materialismo absolutos, como doctrinas metafísicas monistas, sólo se diferencian por su vocabulario, aunque, claro está, es más cómodo adoptar el primer nombre y aborrecer el segundo, por el equívoco moral difícilmente evitable al pronunciar esas palabras. Hay en todo esto bastante chicana verbalista y resulta evidente que muchos filósofos—ateos respecto de la religión efectiva en su medio—han procurado disfrazar su pensamiento. ¿Concebir el universo material como la emanación del "Espíritu"—en vez de "Dios"—no equivale a la posición del monismo energético? ¿Sustituyendo las palabras espíritu y energía se modifica en lo esencial esta hipótesis metafísica? Cambia, es cierto, con el nombre, la asociación a la hipótesis metafísica central de otras nociones secundarias, históricamente implicadas en las diversas denominaciones de un mismo sistema cuyos elementos evolucionan.

El panpsiquismo es lo que más se parece en metafísica al materialismo; el panteísmo es lo que hay de más semejante al ateísmo. Infundir el espíritu en toda la materia es lo mismo que negarlo aparte de ella, aunque permita divagar ilimitadamente pretendiendo lo contrario; poner en toda la Naturaleza a Dios, equivale a negar que haya dioses fuera de ella. Todos estos modos de hablar en difícil, podéis reducirlos, sin temor de equivocaros, a un tipo único de doctrinas monistas, o sea concepciones metafísicas del universo convergentes a la unidad.

El problema, hablando en fácil, es otro: monismo o dualismo; hay también quien habla de pluralismo, ya sea como variante del primero, ya como complicación del segundo. Ése es el problema efectivo: Dios y Naturaleza, Espíritu y Realidad, Noumeno y Fenómeno, Alma y Cuerpo, Energía y Materia. Todo eso es dualismo, y en todas sus expresiones equivale siempre a esto: causas imponderables e inaccesibles a la experiencia moviéndose en un plano distinto del que podemos conocer, sólo accesibles a la hipótesis pura, no como abstracción de experiencia sino como invención absoluta, asuntos de fe para muchos, demostrables por la razón según pocos.

Emerson, para entendernos, es monista y no dualista, aunque su lenguaje poco exacto sugiera a veces lo contrario; francamente, creo que solía equivocarse a propósito, para no contrariar a una sociedad religiosa sobre un asunto metafísico al que él mismo no atribuía la menor importancia práctica. Agregaré, en su disculpa, que en la mayor parte de los panteístas suelo descubrir la misma actitud deferente hacia las creencias sociales más difundidas. Es una explicable galantería, ya que la humanidad tiene horror al ateísmo.

Emerson llama Dios a la naturaleza y Espíritu al pensamiento humano, dejando que cada cual lo entienda de acuerdo con sus opiniones. A buen entendedor... Y le entendieron, sin duda, los teístas y animistas legítimos que durante su época de predicación militante le acusaron mil veces de ateísmo, sin mezquinarle el cargo de "hipocresía", de aquella "hipocresía unitaria" enrostrada ya a Channing y los suyos.

Emerson da quinientas explicaciones distintas de la Divinidad: "fuerza imponderable", "ley invisible", "inteligencia misteriosa", "motor supremo", "realidad del todo", "esencia de la naturaleza", "perfectibilidad infinita", etc.; pero siempre, invariablemente, afirma que la Divinidad es inherente a toda la naturaleza y está difundida en todas las partes que constituyen su unidad. Basta entregarse, sin intermediarios a la Suprema Sabiduría, que está en todo lo que existe, para identifificarse con la Divinidad, reconocerse parte de ella, ser ella misma. Así, insensiblemente, a través de la ambigüedad verbal, Emerson sugiere que la Divinidad es la perfección moral que pone al hombre en harmonía con la naturaleza.