6.—Ética Naturalista
El concepto panteísta de la divinidad, que convierte a Dios en una abstracción pura, en una fórmula, contrasta evidentemente con otros sentimientos ancestrales de la humanidad, que llevan a concebir uno o más Dioses con realidad propia, ajenos a la Naturaleza, Dioses vivos y actuantes, con aptitudes o funciones distintas de las humanas, capaces de justicia y de perfección absolutas. Las religiones de cepa judía postulan en esa forma extranatural la hipótesis de un Dios creador y árbitro del universo, con o sin una corte de pseudodioses menores, imaginados, aquél y éstos, a semejanza del hombre; toda otra interpretación equivale, para ellas, a negar la divinidad misma.
En esa distinción entre lo sobrenatural y lo natural se fundan las relaciones entre lo humano y lo divino, fuente de toda ética religiosa.
La lógica pura se satisface con el panteísmo; la moral práctica, no. Este escollo le es común con los otros sistemas monistas; para salvarlo, el propio Kant, tuvo que evitar el monismo a que la conducía su Crítica de la Razón Pura—que es una "Lógica"—postulando el dualismo que fluye de su Crítica de la Razón Práctica—que es una "Ética".
Emerson presenta la clásica antinomia del "mundo físico" y del "mundo moral" como un simple documento de la experiencia, sin preocuparse de plantearla como un problema metafísico. Se limita a afirmar la correlación o paralelismo entre todo lo físico y todo lo moral; análoga actitud, cómoda aunque extrafilosófica, ha adoptado el moderno paralelismo psicofísico, que así evita plantearse el problema del alma, eliminándolo de la psicología y relegándolo a la metafísica.
Ciertas contradicciones en que Emerson incurre, disculpables en un moralista y corrientes en la literatura de imaginación, serían inconcebibles en un filósofo digno de este nombre. Escuchad: "toda la naturaleza es la imagen del espíritu humano", dice, y agrega: "las leyes del espíritu dependen de la harmonía de la naturaleza". ¿Os parece lo mismo?; reflexionad un minuto y comprenderéis que es exactamente lo contrario; lo primero implica idealismo a lo Hegel, lo segundo sensacionismo a lo Codillac. "Dios está vibrante en todo y lo vemos en todas las cosas de la naturaleza" y "la Naturaleza, y sólo ella, es toda la divinidad", son proposiciones que implican concepciones opuestas de la divinidad, aunque parecen decir lo mismo; la primera proposición es conciliable, por ejemplo, con la filosofía Vedanta, con Parménides, con los alejandrinos; la segunda con la filosofía Sankhya, con Heráclito, con los estoicos. Panteístas todas, ciertamente, pero las unas precursoras del espiritualismo trascendental y las otras del naturalismo trascendental; místicas aquéllas y realistas éstas; emanando las unas lo finito de lo infinito, concretando las otras lo infinito en lo finito.
Emerson no trata esas cuestiones. Para él, moralista y no metafísico, después de establecida la correlación entre el mundo moral y el mundo físico, todo el problema de la ética se resuelve en seguir la Naturaleza, que marca el sendero de la perfección. El hombre puede equivocarse y decaer; la naturaleza no se equivoca ni decae. Es, pues, la maestra del hombre, la que le vuelve al buen camino. Es el reflejo o la objetivación del espíritu divino: "un paisaje—dice—es una cara de Dios". No pudiendo comprender a Dios en sí, aconseja estudiarle en la Naturaleza, cuyas leyes son morales y deben ser escuchadas como la mismísima palabra divina.
En su famoso discurso de 1838 expresó esa idea de un culto puro de leyes morales abstractas, independientemente de cualquier dogma religioso. "Estas leyes se ejecutan por sí mismas. Están fuera del tiempo, fuera del espacio y no sujetas a las circunstancias. Así, en el alma del hombre existe una justicia cuyas atribuciones son inmediatas y completas. Aquél que cumple una buena obra, queda al instante ennoblecido. El que ejecuta un acto bajo y vil, es por el hecho mismo rebajado. Aquél que rechaza la impunidad, se viste por esta sola razón de pureza. Si un hombre es justo de verdadero corazón, es Dios en cuanto es justo; la certeza, la inmortalidad y la majestad de Dios entran, con la justicia, en aquel hombre. Si un hombre cambia, traiciona y engaña, por esto mismo se engaña a sí mismo, y sale de su propia conciencia moral; el carácter llega siempre a ser conocido. El hurto no enriquece; la limosna jamás empobrece a nadie; del asesino hablan hasta las paredes. La más ligera sombra de fraude, destruye espontáneamente todo buen efecto. En cambio, decid siempre la verdad, y todas las cosas hablarán en favor vuestro; hasta las raíces de las hierbas parecerán moverse bajo la tierra, para exaltaros. Porque todas las cosas proceden del mismo espíritu, llamado con nombres distintos: amor, justicia, templanza, según sus diversas aplicaciones, como el océano, que recibe nombres diversos, según las playas que baña. Cuanto más se separa un hombre de estos confines, tanto más se priva de poder y ayuda. Su ser se contrae..., tórnase cada vez más pequeño y mezquino, un grano de polvo, un punto, hasta que llega a la maldad absoluta, que es la muerte absoluta también. La percepción de esta ley despierta en nuestra mente un sentimiento que llamamos sentimiento religioso y que constituye nuestra más elevada felicidad. Es maravilloso el poder que tiene de encantarnos y de imponérsenos como el aire que se respira en las montañas. Es lo que da perfume a todo el mundo, sublimidad al cielo y a los montes; es el canto silencioso de las estrellas en la noche, la beatitud del hombre, que le hace partícipe del infinito... Todas las expresiones de este sentimiento son sagradas y permanentes en proporción a su pureza. Nos conmueven más profundamente que todas las demás. Los hechos pasados que destilan esa piedad, están aún frescos y fragantes. La impresión única e incomparable producida por Jesús sobre la humanidad, por lo cual su nombre no está escrito, sino grabado en la historia humana, es una prueba de la sutil virtud de esta penetración".
Romántico sin dejar de ser puritano, Emerson siguió siendo un místico cuando se puso en la corriente de adoración a la Naturaleza en que ya navegaban todos los continuadores de Rousseau y de Goethe. Aunque volvió mil veces sobre el tema, paréceme que es en las primeras páginas de Natura donde traduce mejor su misticismo panteísta, muy complicado de literatura.