Creo necesario expresaros una impresión personal sobre el optimismo de Emerson. Cuando por vez primera visité la Universidad de Harvard, en compañía del naturalista argentino Cristóbal Hicken, accedió éste gentilmente a mi deseo de comenzar por el Departamento de Filosofía, cuyo nombre, Emerson Hall, duplicaba mi interés. Dos metros de nieve habían caído aquella mañana de Enero y continuaba la nevisca encapotando el cielo; en la penumbra del amplio vestíbulo divisamos la estatua del eticista y fuimos instintivamente hacia ella. Hubo un minuto de contemplación muda.—¡Era un roble! exclamó el botánico;—Por eso fué optimista, comenté con mi experiencia de psicólogo.
En mi libreta de viaje consigné la anécdota; es una explicación psicológica del optimismo, tal vez la más importante. Los hombres sanos de cuerpo y de mente son, generalmente, optimistas y afirmativos; los enfermos y los desequilibrados suelen ser pesimistas y escépticos. La salud es bondad, tolerancia, firmeza, simpatía, solidaridad, admiración; los temperamentos equilibrados ignoran la maldad, la persecución, la inconstancia, el odio, el egoísmo, la envidia. Emerson tuvo la moral que correspondía a su salud y a su equilibrio: sus ideales fueron la resonancia harmónica de una hermosa Naturaleza en un Organismo ejemplar.
8.—La Confianza en Sí Mismo
Muy característico entre los ensayos de Emerson es, sin duda, el titulado Confianza en sí mismo. Su tono individualista llega, por momentos, a parecer antisocial; es el más citado por los místicos anarquistas y recuerdo que en mi adolescencia fué el primero que leí, inducido a ello por un condiscípulo ácrata.
El ensayo es, rigurosamente, un sermón por su estilo declamatorio, obsecrativo en ciertos pasajes; su verdadero tema es la expansión de la personalidad humana. Habitualmente sólo la mostramos a medias, condescendiendo a la hipocresía social: "se diría que tenemos vergüenza de ese pensamiento divino que cada uno de nosotros representa. Es necesario, sin embargo, confiar en ella con seguridad, considerándola proporcionada a nuestras fuerzas y segura de no fracasar, con tal que la interpretemos fielmente. Dios no quiere que su obra sea realizada por cobardes. Un hombre se siente aliviado y contento cuando ha puesto todo su corazón en su obra, cuando ha hecho lo mejor que podía. Lo que ha dicho y hecho de otro modo, no lo satisface". Es el grito del romanticismo individualista, la palabra de rebelión que reivindica los derechos de la personalidad contra toda coacción social: "Cree en tí mismo: vibre todo corazón a este llamado inflexible. Acepta el sitio que el destino te ha dado, la sociedad de tus contemporáneos, el encadenamiento de los sucesos. Los grandes hombres lo han hecho siempre, confiándose como niños al genio de su época, reflejándolo en sus obras; esa confianza absoluta penetraba en sus corazones y la misión de trabajar por sus manos dominaba todo su ser. Nosotros también somos hombres y debemos aceptar, en su sentido más elevado, ese mismo destino sublime; no somos menores ni inválidos refugiados en un rincón de asilo, ni cobardes fugitivos ante una revolución, sino guías, salvadores, benefactores, obedeciendo a un esfuerzo omnipotente y avanzando sobre el caos de las tinieblas". El egotismo no fué mayor en Stendhal o en Vigny; es digno, por su tono, de compararse con el de Stirner o Nietzsche.
Su paralelo entre la libertad del niño y la esclavitud del hombre es interesante. El niño hace lo que quiere con espontaneidad y dice naturalmente lo que piensa. "Un niño en un salón es como un banquero en una casa de juego: independiente, irresponsable, mira desde su rincón a las gentes que pasan, juzgándolas, pronunciando su sentencia según sus méritos, y calificándolas con la sumaria viveza de los niños, en buenos, malos, interesantes, tontos, aburridos. No estorbándole su interés ni las consecuencias de sus palabras, da su veredicto independiente y sincero. Hacedle la corte, si queréis; él no os la hará nunca. El hombre, en cambio, está, por decir así, aprisionado por su experiencia. En cuanto habla o hace cosas significativas, está perdido; queda vigilado por el odio o la simpatía de muchos centenares de hombres, cuyos juicios y sentimientos gravitan sobre él para siempre". Si continuara observando y juzgando, desde lo alto de su inocencia natural, ese hombre podría ser una personalidad formidable y su palabra llegaría al oído de todos como un dardo; pero la sociedad conspira, en todas partes, contra la virilidad de cada uno de sus miembros. La sociedad es como una compañía de accionistas que se entienden para el progreso del conjunto, sacrificando la libertad y la expansión de cada uno: "la virtud más deseada es la conformidad con los demás; se llega a odiar a los que confían en sí mismos. No son las cualidades reales y los espíritus creadores, los que allí se ama, sino las reputaciones y los intereses creados. El que quiere ser un hombre debe ser un no-conformista. El que quiera adquirir palmas de inmortalidad no debe dejarse detener por lo que se llama convencionalmente el bien; debe averiguar por sí mismo si lo es realmente. Nada es sagrado fuera de la integridad de vuestra propia conciencia moral. Si os podéis absolver vos mismo, tendréis el sufragio del mundo".
Meditad las tres últimas frases: son la sinopsis de su moral sin dogmas. La obligación y la sanción no emanan ya de lo sobrenatural, sino del hombre. La clásica confianza en Dios de las morales teológicas se ha convertido en la confianza en sí mismo; y es el hombre ahora la única divinidad que dirige la experiencia moral.
Observa que, en la apreciación popular, las virtudes son más bien la excepción que la regla: existe el hombre y existen las virtudes, por separado. Los hombres hacen lo que llaman buenas acciones, como si pagaran un impuesto para ser bien juzgados. "Sus virtudes son penitencias. Yo no quiero expiar, sino vivir. Mi vida existe por sí misma y no para darla en espectáculo. Prefiero dejarle un curso modesto pero igual y natural, a hacerla brillante y contradictoria. La quiero sana y dulce, y no irregular, precisada de dietas y sangrías". El juez de la propia virtud debe ser uno mismo, sin esperar el juicio de los demás sobre las propias acciones. "No consiento en pagar como un privilegio, lo que considero mi derecho intrínseco". "Lo que debo hacer es cosa que concierne a mi personalidad y no lo que las gentes creen que debo hacer". "En la sociedad es fácil vivir ajustándose a la opinión de los demás; vivir de acuerdo con la nuestra, sólo es posible en la soledad. El gran hombre es aquél que conserva en el mundo, con perfecta dulzura, la independencia de la soledad". Renunciemos a seguir leyendo; sobre este último tópico hay una página casi perfecta (en La Ética Literaria), la que empieza aconsejando al hombre de estudio que abrace la soledad como una esposa.
En el ensayo sobre la confianza en sí mismo, Emerson se nos presenta en la fase juvenil y negativa común a todos los románticos; su afirmación de la personalidad es francamente hostil a toda solidaridad social. Es un anarquista en el sentido más riguroso de la palabra, un stirneriano antes de Stirner, un nietzcheísta antes de Nietzche.