Pero en Emerson, como en los más de los románticos, y especialmente en los sansimonianos y los fourieristas, la rebelión contra el dogmatismo social transformóse muy pronto en un verdadero y propio mesianismo, en un anhelo de reforma social, de reconstrucción conforme a planos ideales que siempre se pretenden fundamentados en la observación de la realidad social. Si no queremos estudiar esa evolución en Leroux o Fourier, en quienes aparece evidente, bástenos comparar el Echeverría quejumbroso y descorazonado, el poeta romántico del año treinta, con el Echeverría profético y optimista de la "Asociación de Mayo". En todo el mundo la segunda generación romántica engendró una corriente política y de acción, el romanticismo social, que en Emerson fué predominante en la época del "Club de los Trascendentales". Fué entonces cuando vió que la renovación moral del hombre, su perfeccionamiento, sólo era posible por la renovación global de la sociedad; desde esa época, como complemento de la educación individual por la confianza en sí mismo, señala la educación social para la solidaridad y la justicia. Y así como antes viera el más alto fin de la ética en la reintegración del hombre a la armonía de la naturaleza, comprendió que la sociedad humana podía volver también a esas fuentes, poniéndose el individuo y la sociedad juntos en un mismo camino de perfección, adaptándose a la verdad, tal como la naturaleza la presenta a nuestra experiencia.
Afirmando la intensa profundidad de toda vida humana, Emerson ha enseñado a amar la vida, mostrando que la personalidad más humilde es susceptible de embellecerse y dignificarse, si sabe buscar en sí misma las fuerzas morales de su propio encumbramiento. No es el rango, no es la fortuna, no es el poder, lo que hace la grandeza de un hombre, sino su capacidad de ser intensamente tal como es por su naturaleza, expandiéndose espontáneamente, por la fuerza de su savia interior, sin torcerse bajo el peso de las coacciones sociales que espolonean la mentira y fomentan la vanidad. En esta orientación sus palabras alcanzan un tono místico, mezcla de poesía íntima y de exaltación egotista, que, sin embargo, no le impide reiterar su obsecuencia a la verdad y predicar todas las virtudes útiles a la vida social, al trabajo, a la fraternidad, a la paz, a todo lo que se estima provechoso para mejorar la existencia de la humanidad. Fuerza es reconocer que, juzgado en conjunto, difícilmente podría nombrarse un místico más realista, ni un individualista más social. Su temperamento fué sin cesar integrado por su experiencia.
9.—La Bella Necesidad
Si hubiéramos de analizar, uno por uno, todos los ensayos de Emerson, prolongaríase nuestra tarea sin mayor provecho. Casi todos los problemas sociales, de actualidad en su medio y en su época, merecieron un comentario suyo, siempre perspicaz.
Su imaginación vagó en torno de la naturaleza, de lo divino y de lo moral, con la singularidad de oponerse tenazmente a toda noción de lo sobrenatural y de confiar en los buenos métodos de investigación; sólo vemos fe en esta confianza, desde que nunca los había aprendido ni practicado. Su misticismo tradújose por una rebeldía a preceptos, cánones, dogmas, a todo lo que representa un intermediario entre el espíritu humano y la divinidad misma, incesantemente confundidos en sus escritos. Cuando execra la decadencia moral de su tiempo y augura "la vuelta a lo divino", su estilo se eleva por momentos hasta el de Ruysbroek o Teresa de Ávila, pero su pensamiento sigue estando cerca de Marco Aurelio o de Spinoza. Y del estoicismo, y del panteísmo, parecería haber heredado Emerson el sentimiento poderoso de la fatalidad, más próximo del determinismo moderno que del fatalismo alejandrino, musulmán o quietista, a pesar de su lenguaje.
En el ensayo titulado Fatalidad dice que ella se encuentra en la materia, en el espíritu, en la moral, en las razas y en los acontecimientos, lo mismo que en el pensamiento y en el carácter. Pero, a su vez, arguye: "la fatalidad tiene un amo, el límite está limitado, aunque la fatalidad es inmensa, la potencia o voluntad de querer, ese otro hecho de un mundo de dos caras, también es inmenso. Si la fatalidad sigue y limita a la potencia, la potencia acompaña y combate a la fatalidad... El espíritu no puede negar su libre voluntad; atreviéndonos a afirmar esa contradicción, diremos que "la libertad es una cosa necesaria en sí". Si queréis tomar partido por la fatalidad y decir que la fatalidad es todo, entonces diremos que "la libertad del hombre es una parte de la fatalidad". La facultad de elegir y de obrar brota eternamente del espíritu. La inteligencia anula la fatalidad. En cuanto un hombre piensa, es libre". Este párrafo, con más triquiñuelas verbales que razones, pertenece al número de los que suelen emplearse para no molestar las preocupaciones ancestrales del público inculto: ése es el insensato palabrismo razonante que las ignorantes confunden con la filosofía y con la metafísica, poniéndola en ridículo ante las personas capacitadas para descubrir la absoluta vaciedad de las palabras y el carácter delirante de tales razonamientos faltos de sentido. Creo por eso, como Emerson lo reconoce al elogiar la soledad, que el filósofo debe ser la antítesis del retórico, para no convertirse en involuntario eco de las supersticiones de la multitud que le aplaude. El arquetipo del filósofo es Spinoza; Cousin es el arquetipo del exitista.
Toda vez que un pensador desciende a seducir el público, disfrazando de equívocas palabras su pensamiento, corre, como Emerson, el peligro de caer en disquisiciones intrínsecamente "conformistas" aunque ellas sean juegos malabares para hacer menos violenta la exposición de ideas "no-conformistas". Emerson no encuentra en el terreno de la ética práctica ciertos principios que la lógica pura demuestra absurdos, como hace Kant. No es eso; Emerson, por el contrario, después de hacer sonar su hojalatería sobre la libertad espiritual, termina su ensayo con cuatro invocaciones poéticas a la fatalidad, tan propias de su panteísmo como incompatibles con su librearbitrismo.
Antes de leerlos recordemos que entre los puritanos tuvo siempre poco arraigo la creencia en la libertad moral; su dogma básico, de la gracia o de la predestinación, conducía lógicamente al sentimiento de la fatalidad. Emerson no hizo sino transferir a las leyes de la Naturaleza la confianza que ellos tenían puesta en el Destino. Contra lo que a primera vista parecería, esa idea de la fatalidad es un verdadero instrumento de acción para los que se han trazado un camino en la vida: vivir es ser fiel a su propio itinerario, recorrerlo sin descanso, como quien cumple realmente un destino irrevocable, sin tropezar en esas deliberaciones sucesivas que exponen a vivir fragmentariamente. Recuerdo esta observación psicológica y moral, de que sin duda se reirían los viejos metafísicos que sólo veían en la libertad un tema para ejercitar su razón razonante: "los más grandes profesores de energía tienen poco interés por el libre albedrío".
¿Os sorprende? Escuchad a Emerson, al maestro de la confianza en sí mismo.
"Elevamos altares a esa bella unidad que mantiene a la naturaleza y a las almas en una perfecta continuidad, y que obliga a cada átomo a servir a un fin universal. No es la extensión de nieve, el capullo, el paisaje estival, el esplendor de las estrellas, lo que me maravilla, sino la belleza necesaria, o, si queréis, la necesidad de belleza que gravita sobre el universo; que todo deba ser pintoresco y lo sea; que el arco iris, la curva del horizonte y la comba del cielo deban ser resultados del mecanismo del ojo. No necesito que ningún aficionado tonto venga a guiarme para admirar jardines, una nube dorada o una cascada, desde que no puedo abrir los ojos sin ver algo impregnado de esplendor y de gracia. Cuán vana es esa elección de tal o cual chispa dispersa al azar, cuando la necesidad inherente a las cosas enciende la llama de la belleza en la frente del caos y denuncia que la intención central de la naturaleza es ser armonía y dicha.