3.—Idealismo y Perfectibilidad
He pronunciado las palabras "ideales" e "idealistas"; temería enmarañar vuestras ideas si las dejara sin explicación. Idealismo, en moral, significa perfectibilidad, y expresa cierto anhelo de remontarse hacia ideales que son concebidos como perfecciones posibles de la realidad. Todo dogmatismo, todo conformismo, todo tradicionalismo, implica inmovilización en fórmulas ya establecidas, que se acatan como invariables; y lo invariable es, por definición, imperfectible, como lo es todo lo que significa adhesión inamovible a las doctrinas, costumbres y rutinas del pasado.
Es frecuente, sin embargo, que los dogmatistas de todo género, los conformistas en filosofía, en ciencia, en política, en moral, se llamen a sí mismos "idealistas", y mucha parte de la humanidad cree serlo sinceramente, confundiendo su adhesión al tradicionalismo con un "ideal". Prescindiendo de cierta fácil charlatanería que suele haber en ello, confieso que no concibo el idealismo moral separado del concepto de perfección incesante y del esfuerzo activo hacia la perfección; creo que sólo merecen el nombre de idealistas los que trabajan por aumentar la verdad y disminuir el error, los que fomentan la virtud contra la hipocresía, la dignidad contra el servilismo, el estudio contra la ignorancia, todo lo que es mejor y futuro contra todo lo que es actual e imperfecto.
Sólo por eso doy a Emerson el calificativo de idealista, y pocos hombres lo han merecido mejor que él; sólo por eso un hombre estudioso puede enorgullecerse de usar tal nombre, que los ignorantes suelen prodigar a manos llenas a los que abusan de su inocencia para incitarlos a permanecer en el error y la domesticidad. Si las palabras que usamos no fueran precisas, nunca sería claro nuestro pensamiento; y nos temblaría el labio al hablar de idealismo, si con ello contribuyéramos a confundir los innovadores con los rutinarios, los estudiosos con los holgazanes, los pensadores con los palabristas y los virtuosos con los sinvergüenza. ¿Es un ideal obstruir el crecimiento progresivo de las verdades que permiten al hombre conocer la naturaleza y adaptarse a ella? ¿Es un ideal aconsejar la aquiescencia a las mentiras consuetudinarias y a los intereses creados, perpetuando entre los hombres los privilegios y las injusticias sustentadas en la tradición? ¿Es un ideal impedir que los hombres se instruyan y se eduquen en la medida máxima compatible con sus aptitudes individuales, convirtiéndose en unidades más intensas del guarismo social? ¿Es un ideal predicar acatamiento servil al despotismo de los autócratas, a los dogmas de los teólogos, a las mentiras de los políticos, a los intereses de los enriquecidos, a las argucias de los sofistas? Avergüenza el pensar que esas cosas puedan disfrazarse con el nombre de idealismo; y más avergüenza, todavía, que ciertas literaturas espiritualistas contribuyan a sugerir que las doctrinas o las realidades del pasado pueden ser preferibles a las que sin cesar van perfeccionándose hacia el porvenir, como si idealismo pudiera significar Regresión y no Perfeccionamiento.
Es necesario no equivocarse en tan delicado problema, incesantemente embrollado por los que halagan el misticismo ancestral de los hombres y su incapacidad de prolongar su entendimiento más allá del galimatías de las palabras.
El idealismo—fuera de su sentido metafísico, que significa ideísmo por oposición a realismo—no puede concebirse sino como doctrina de la perfectibilidad moral indefinida; y es, esencialmente, la antítesis de cualquier dogmatismo moral. Los ideales éticos son hipótesis acerca de posibles perfecciones morales futuras; se forman como todas las hipótesis y como ellas sirven a los hombres que creen en su posible advenimiento. Hemos definido ya la evolución humana como un esfuerzo continuo del hombre para adaptarse a la naturaleza, que evoluciona a su vez, necesitando para ello conocer la realidad ambiente y prever el sentido de sus propias adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas, entrevistas por la imaginación humana, constituyen los ideales. Un hombre, un grupo o una raza, son idealistas porque circunstancias propicias determinan su imaginación a concebir perfeccionamientos posibles. Los ideales—si puedo repetir mi propia opinión—son formaciones naturales; aparecen cuando la función de pensar alcanza tal desarrollo que la imaginación puede anticiparse a la experiencia. No son entidades misteriosamente infundadas en los hombres, ni nacen del azar; se forman como todos los fenómenos accesibles a nuestra observación, son efectos de causas, accidentes en el devenir universal metódicamente investigado por las ciencias e hipotéticamente sintetizado por la filosofía. Los ideales no son apriorísticos, sino inducidos de una vasta experiencia; sobre ésta se empina la imaginación para prever el sentido en que variará la Humanidad, y por ello todo ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el pasado y el porvenir.
Partiendo de ese concepto he procurado distinguir siempre el idealismo moral, que considero admirable en todas sus formas, desde el estoicismo de Epicteto y el cristianismo de Jesús, hasta el panteísmo de Spinoza y el anarquismo de Tolstoy, del idealismo metafísico que—bien analizado—está más próximo del panteísmo que de cualquiera teología religiosa.
Se engañan o mienten—¡la eterna hipocresía!—todos los que procuran reducir el idealismo moral a cualquier forma de dogmatismo, teológico o racionalista; ideal moral significa perfectibilidad, y ninguna perfectibilidad es compatible con el concepto mismo del dogma. Por eso he dicho tantas veces que subordinar el idealismo moral a una fórmula de escuela metafísica, equivale a castrarlo; por eso he insistido en que llamar idealismo a las fantasías y supersticiones de mentes enfermizas o ignorantes, es una de tantas ligerezas fomentadas por el palabrismo discursivo.
El idealismo moral no es patrimonio exclusivo de ningún credo. Hay tantos idealismos como ideales, y tantos ideales como idealistas, y tantos idealistas como hombres aptos para concebir perfecciones y capaces de vivir hacia ellas; por eso rehusamos el monopolio de llamarse idealistas a cuantos lo reclaman en nombre de escuelas filosóficas, sistemas de moral, credos de religión, fanatismos de secta o dogmas de estética. Conocéis, probablemente, una página mía cuya lectura me permitiréis, pues la creo oportuna. "El idealismo moral no es privilegio de las doctrinas espiritualistas que desearían oponerlo al "materialismo", llamando así, despectivamente, a todas las demás; ese equívoco, tan explotado por los enemigos de las Ciencias—temidas justamente como hontanares de Verdad y de Libertad—se duplica al sugerir que la materia es la antítesis de la idea, después de confundir al ideal con la idea y a ésta con el espíritu, como entidad trascendente y ajena al mundo real. Se trata, visiblemente, de un juego de palabras, secularmente repetido por sus beneficiarios, que transportan a las doctrinas filosóficas el sentido que tienen los vocablos idealismo y materialismo en el orden moral. El anhelo de perfección en el conocimiento de la Verdad puede animar con igual ímpetu al filósofo monista y al dualista, al teólogo y al ateo, al estoico y al pragmatista. El particular ideal de cada uno concurre al ritmo total de la perfección posible, antes que obstar al esfuerzo similar de los demás.
"Y es más estrecha, aún, la tendencia a confundir el idealismo, que se refiere a los ideales, con las tendencias metafísicas que así se denominan porque consideran a las "ideas" más reales que la realidad misma, o presuponen que ellas son la realidad única, forjada por nuestra mente, como en el sistema hegeliano. "Ideólogos" no puede ser sinónimo de "idealistas", aunque el mal uso induzca a creerlo.