¿Hacer? Hacer. Sonaba para su patria la hora de consolidar la nacionalidad y de prepararse a la asimilación de otros millones de europeos que vendrían a enriquecerla con el trabajo de sus brazos y con la sangre de sus hijos.

Fué entonces que nació espontáneamente una nueva ética social, en función del medio, cuya expresión doctrinaria hemos conocido cincuenta años después: el pragmatismo.

2.—La Autonomía de la Experiencia Moral

La evolución mental de un pensador—muy distinta de su variación ajustada a la moda, que sólo demuestra ausencia de ideas propias,—sigue siempre un curso lógico, es una integración permanente, enriquecida sin cesar por una experiencia que crece y por un sentido crítico que se perfecciona. Cambiar de ideas en esa forma es un proceso normal y una prueba de juventud; revela posibilidad de educarse más y más, de crecer mentalmente, de expandir la personalidad propia. Y es, precisamente, la incapacidad de perfeccionar las propias ideas, lo que permite diagnosticar el envejecimiento de un pensador: la declinación de esas aptitudes asimiladoras e imaginativas que enriquecen la cultura personal o ensanchan el horizonte de las síntesis, elevando los puntos de vista.

El examen de las ideas dominantes en la obra de Emerson nos ha permitido establecer que si ellas carecen de contenido metafísico y, por ende, propiamente filosófico, tienen, en cambio, un alto valor ético; su obra es un continuo esfuerzo por acrecentar la intensidad intrínseca de los valores morales, separando la experiencia moral de la experiencia religiosa y tendiendo a constituir una moral sin dogmas.

Este aspecto del problema, hoy definitivamente resuelto para todos los filósofos, sin distinción de escuelas o de creencias, no lo estaba hace un siglo. Las instituciones básicas del mundo feudal, la Reyecía y la Iglesia, no habían desaparecido por la crisis revolucionaria de fines del siglo XVIII; la soberanía popular, afirmada como fundamento de la vida civil democrática, no lograba aún sobreponerse a los regímenes de privilegio asentados en el derecho divino. Más todavía: las naciones reaccionarias en política y en religión—Rusia, Austria y Prusia,—en complicidad con la iglesia Romana, habíanse coaligado en la famosa Santa Alianza para restaurar el antiguo régimen y borrar las constituciones que preludiaban el advenimiento de una etapa nueva en la historia de la civilización; la iglesia Anglicana desempeñaba en los ambientes anglo-americanos una equivalente función conservadora o reaccionaria.

La lucha por el progreso de las ciencias morales planteábase entre los sistemas fundados en el dogmatismo, en que se inspiraban las morales afirmativas de los teólogos escolásticos, y las morales críticas de los filósofos independientes.

Conviene tener presente que, en todo tiempo, los filósofos independientes—llamando así a los que no tenían por objeto de sus especulaciones consolidar las bases de las religiones oficiales en sus medios respectivos—han sido, más o menos desembozadamente, enemigos de la teología y contradictores de la apologética. Ellos han determinado los progresos de la metafísica y de la ética contra el espíritu tradicionalista de las cartas sacerdotales, muchas veces pagando con sus vidas ese noble privilegio de pensar libremente contra la religión y contra el estado: así murieron Sócrates, y Jesús, y Bruno, y Servet, víctimas de las religiones de su tiempo, intolerantes todas cuando fueron oficiales, llamáranse paganismo, judaísmo, catolicismo, calvinismo.

En nuestro siglo XX esa lucha entre los teólogos dogmáticos y los filósofos independientes parece terminada. La constitución civil de las nacionalidades modernas ha quitado a las iglesias su antigua preeminencia dentro de los estados; la autoridad las protege con benevolencia, pero está muy lejos de considerarse como simple brazo secular de los representantes de la divinidad.

Este paréntesis me ha parecido necesario para comprender la posición de Emerson en la evolución de la moral. Juzgada con nuestro criterio de hoy, nos parecería atrasada e inexplicable; lo que en su tiempo era un ideal, hoy tiende a ser una realidad en las naciones civilizadas; otros ideales nuevos han venido a polarizar la actividad apasionada de los temperamentos idealistas.