Es más cómodo, pensaréis, dejar a otros la función peligrosa de innovar, reservándoos el tranquilo aprovechamiento de los resultados. Cuestión es ésta que los epicúreos de todos los tiempos han resuelto según su temperamento; pero es indiscutible que los renovadores de las ciencias, de las artes, de la filosofía, de la política, de las costumbres, son los arquetipos selectos, las afortunadas variaciones de la especie humana, de que la naturaleza se ha valido para revelar a los demás hombres alguna de las formas innumerables en que deviene incesantemente el porvenir.
Emerson fué de estos elegidos, en su tiempo y para su medio. Emerson fué joven y fué viril, al revés de esos jóvenes de años que nacen viejos de inteligencia y de corazón, esclavos de los errores tradicionales e impermeables a las verdades nuevas. Emerson supo ver y supo anunciar, antes que otros, un aspecto del mundo moral que estaba ya maduro para renovaciones provechosas. Y no calló lo que entreveía y deseaba: renunció a la tranquilidad epicúrea de gozar en silencio, se expuso a las heridas de los rutinarios y de los pasadistas. Por eso su nombre es amado por toda una raza joven, que ha visto ya realizarse una parte de sus ilusiones y ha dado algunos pasos hacia la religión sin doctrinas y hacia la moral sin dogmas.
Siempre observando, siempre estudiando, siempre reflexionando, con esa inquietud sin sosiego que mantiene despierta nuestra curiosidad sobre la infinita Naturaleza que nos rodea, Emerson conservó hasta la edad viril la plasticidad mental de la juventud. Y supo renovarse, cuando fué menester; no volviendo atrás, sino mirando más lejos. Cuando su doctrina o su actitud juvenil le pareció insegura o incompleta, en vez de cerrar los ojos para volver a los errores tradicionales, buscó nuevas fórmulas que superasen el presente y se adaptasen al porvenir que devenía. Para decirlo con exactitud: cuando le pareció imperfecta su moral independiente e individualista, en vez de retrogradar a la moral sobrehumana y dogmática, fijó su pensamiento en la ética social. En eso se distingue el hombre mentalmente superior del inferior: el primero, cuando duda, rectifica su marcha y sigue adelante; el segundo, incapaz de sobreponerse a la dificultad, desiste y vuelve atrás. Esto, lo mismo que en la ética, ocurre en todos los dominios de la filosofía.
La vida de Emerson presenta dos etapas distintas, habitualmente refundidas por sus biógrafos, sólo preocupados de elaborar un arquetipo abstracto más conforme con el deseo simplista de la mentalidad social. Nosotros podemos distinguir dos Emerson, que se suceden por una transición progresiva: el individualista rebelde y el reconstructor social.
Ministro de una iglesia unitaria, como recordaréis, descendía, por varias generaciones, de pastores Congregacionistas. Cuando le llega la hora de ejercitar su ministerio, Emerson interroga su conciencia moral: no cree ya en los dogmas y prácticas rituales de su Iglesia. Duda, medita y se decide con dignidad: renuncia a predicar dogmas que no satisfacen su razón. En sus escritos de esa época vaga un intenso personalismo ético, una crítica sagaz del dogmatismo, un constante afán por afirmar la autonomía y la soberanía de la moralidad, poniendo la obligación y la sanción en los dominios individuales de la conciencia. A los ensayos de esa época se debe la simpatía con que Emerson es leído, hasta hoy, por los anarquistas individualistas.
Al mismo tiempo que exalta la personalidad humana, postulando una moral independiente, Emerson conserva el tono místico: su panteísmo, mezcla de religión natural a lo Goethe y de amor a la naturaleza a lo Rousseau, fué el cauce en que tuvieron libre desahogo su herencia pastoral y su educación teológica. Es difícil concebir una combinación más íntima de profundo misticismo y de absoluto antidogmatismo; cuando exalta la energía individual, hace derivar la confianza propia del carácter divino que tiene la personalidad humana; cuando afirma la soberanía de la moralidad, pone la fuente espontánea de toda vida moral en la naturaleza. Y todo es uno para él: naturaleza, moralidad, divinidad.
El interés social despertado en su tiempo por las conferencias de Emerson es fácil de comprender. Ellas satisfacían dos condiciones, rara vez coincidentes: su forma mística respetaba el viejo fondo religioso de sus oyentes y sus ideas individualistas satisfacían la inquietud renovadora, propia de la generación romántica. Esto podría hacernos pensar que los apóstoles más eficaces son los que dicen cosas nuevas en el tono que nos es familiar; si se cantaran estrofas anarquistas con música de viejos himnos religiosos, serían más fácilmente aprendidas por los que ya tuviesen el hábito de cantar los himnos.
Así podemos explicarnos que Emerson fuese requerido para sermonear en las iglesias unitarias: hablaba de la misma manera, aunque decía otra cosa. Por otra parte, en los países protestantes existe—en épocas normales—una tolerancia religiosa que difícilmente comprendemos los que recibimos una educación católica. Decir que un sacerdote, después de colgar los hábitos, puede ser invitado a predicar en su parroquia, es para nosotros inconcebible; y no lo es menos ver a un sacerdote católico o a un rabí judío ocupar una tribuna protestante, o viceversa, o bien hallar reunidos en un congreso de religiones a los teólogos más eminentes de todas ellas...
En su actitud individualista e independiente se mantiene Emerson hasta la fundación del Club de los Trascendentales y la aparición de The Dial. Conocemos ya la genealogía sansimoniana de ese movimiento. Con la revolución del año 30, los eclécticos habían pasado a actuar en el mundo oficioso y las simpatías de los románticos se pronunciaron por la filosofía social, hasta la revolución de 1848. El reflejo de esa evolución es fundamental en Emerson; desde entonces hasta su muerte, sin atenuar su culto por la intensificación de la personalidad individual, va acentuando progresivamente el sentido social de sus ideas éticas. Poco a poco ve en la sociedad la fuente de la obligación y el instrumento de la sanción moral; el deber no es mandamiento divino, sino producto de la convivencia, que impone la justicia como condición del libre desenvolvimiento personal; la sanción no está librada a la razón del individuo aislado, sino a la conciencia social en que se armoniza la razón de todos. Y el concepto de la perfectibilidad humana se consolida al poner como base de la escuela la educación moral, creando hábitos de veracidad, de justicia, de cooperación, de solidaridad.
No decimos que Emerson llegó a definir la ética social tal como en la actualidad la vemos formulada. Reconocemos, simplemente, que esa tendencia llegó a prevalecer en él, en una época en que prefería hacer a conferenciar.