No se puede negar; y sería insensato negarlo. Pero la objeción—aunque parezca—no se refiere a lo que antes dije. Si habéis leído, como es seguro, el libro de William James sobre la experiencia religiosa, recordaréis este párrafo: "al juzgar de un modo crítico el valor de los fenómenos religiosos, es importantísimo insistir en la distinción entre la religiosidad como función individual personal y las religiones organizadas como iglesias colectivas. Ya recordaréis que hice indicaciones respecto a dicha distinción. La palabra "religión", tal como se usa ordinariamente, es equívoca. La historia nos demuestra que, por lo general, los genios religiosos atraen discípulos a su alrededor y producen grupos que simpatizan con ellos. Cuando estos grupos son suficientemente fuertes para "organizarse", se convierten en instituciones eclesiásticas con ambiciones corporativas particulares. El espíritu de la política y el gusto por las reglas dogmáticas pueden entonces invadir y contaminar las cosas más inocentes en su origen; de modo que cuando actualmente oímos la palabra "religión", pensamos por necesidad en alguna "iglesia" u organización semejante. En algunas personas la palabra "iglesia" sugiere de tal manera la idea de hipocresía, tiranía, bajeza y aferramiento a toda superstición, de un modo general e indeterminado, que se envanecen diciendo "que son absolutamente contrarias a toda religión"; y hasta los que pertenecen a una Iglesia determinada, no libran de una condena general a los que pertenecen a otras".

Si entendéis bien, eso quiere expresar que la religiosidad (como sentimiento personal) nada tiene que ver con los dogmas (como teología eclesiástica); la religiosidad es común a todos los creyentes, los dogmas son particulares de cada iglesia. De allí que la perfectibilidad sea un anhelo frecuente en los individuos de intensa religiosidad, al mismo tiempo que está cohibida por los sistemas morales establecidos en las teologías.

La noción de dogma en la historia de las religiones es inequívoca; podéis leer su examen metódico en el excelente libro La evolución de los dogmas, de Guignebert, profesor de historia del cristianismo en la Sorbona. Un dogma—dice—es, a la vez, una verdad infalible y un precepto inviolable, revelado directamente por la divinidad o por sus elegidos, o indirectamente inspirada a hombres que tenían calidad particular para recibirla. El dogma debe ser acatado tal como lo ha definido y formulado de conformidad con la inspiración divina, una autoridad cuya competencia es indiscutida; la palabra de la autoridad, el dogma, expresa la verdad absoluta y debe ser objeto de fe inmutable, puesto que la divinidad no se engaña nunca ni puede engañar. "Tal es por lo menos la teoría. Revelación, autoridad, inmutabilidad, son sus tres cualidades principales. La razón, fundamento necesario de los dogmas filosóficos entre los griegos, no tiene aquí otro rol que el de aceptar las proposiciones dogmáticas y justificarlas si puede". Sabido es que no tienen otra función las Teologías y las Apologéticas, destinadas a sistematizar y defender los dogmas de las diversas religiones.

Esa teoría, implícita en todos los sistemas teológicos, ha sido generalmente combatida por los filósofos independientes y auspiciada por los gobiernos feudales que cimentaban su autoridad en el derecho divino. Teoría absurda, de completa absurdidad según la historia de las religiones, cuyos estudios concuerdan unánimemente en aplicar a los dogmas el principio universal de evolución: "un dogma, históricamente considerado, no se presenta como un hecho revelado por la divinidad a la ignorancia del hombre, sino como una combinación laboriosa y sin cesar variable de una colectividad humana; es ante todo un fenómeno social y acumula durante su existencia el trabajo de la fe, a veces muy activo, de muchas generaciones" (pág. 339); "un dogma es un organismo viviente, que nace, se desarrolla, se transforma, envejece y muere; la vida lo arrastra, sin que pueda nunca detenerse: y cuando llega su hora, la vida se aparta de él, sin que él pueda retenerla". Eso os enseñarán, uniformemente, Guignebert en la obra citada y Harnack en su libro sobre la historia de los dogmas, para citar solamente los textos menos viejos y más accesibles.

Toda ética fundada en una teología es, por definición, dogmática. Quien dice dogma, pretende invariabilidad, imperfectibilidad, imposibilidad de crítica y de reflexión personal. Quien acepte que la moral está formulada en una revelación, en la de su iglesia, y no en la de las otras, reconoce que sus preceptos son mandamientos sobrenaturales o divinos, ajenos a la posibilidad de alterarlos o perfeccionarlos, desde que son acatados como la perfección misma. El dogma no deja al creyente la menor libertad, ninguna iniciativa; un verdadero creyente reconoce, por el simple hecho de serlo, la imposibilidad de cualquier esfuerzo eficaz para el perfeccionamiento moral del individuo o de la sociedad, fuera de los preceptos dogmáticos.

Esta breve y explícita consideración nos permite comprender la actitud herética de Emerson, al afirmar que los dogmas sobrenaturales son incompatibles con el perfeccionamiento moral. Su disconformismo es una rebeldía contra los dogmas propios de la secta protestante en que fué educado. Poniendo fuera de la Naturaleza el origen de los mandamientos que rigen la conducta moral del hombre, las morales teológicas excluyen de la vida humana actual, que segura y evidentemente vivimos, toda posibilidad de perfección; si alguna queda, es para después de la muerte, en otro mundo cuya existencia es creída por simple acto de fe, ya que las mayores iglesias cristianas se resisten violentamente a aceptar las pruebas que de ella ha intentado dar la moderna religión espiritista.

Los mandamientos divinos imponen la obediencia a los dogmas morales de las iglesias, cuyas normas del deber no nacen de la reflexión personal, ni pueden ser modificadas por la razón. El hombre no interviene en la fijación de sus propios deberes; los acata como decretos sobrenaturales. Por eso la obligación y la sanción tienen un valor completamente distintos que en las morales filosóficas independientes. La obligación consiste en ajustarse al mandato imperativo de la divinidad, que ha fijado el deber sin intervención del que lo cumple; la única sanción reservada al cumplimiento de ese deber, es el premio o el castigo después de la muerte, o sea lo que en lenguaje sencillo, y por cierto más pintoresco, podríamos llamar la sanción trascendental del cielo y del infierno. Sabéis muy bien, los que habéis leído a Homero y a Virgilio, que el mundo pagano había inventado ya estos lugares de sanción eterna, heredados por el cristianismo, y tan magníficamente desenvueltos por la imaginación de Dante, cuya Comedia bien merecería calificarse de divina si este adjetivo significara superlativa excelsitud.

5.—Valor Social de la Herejía

Todas las religiones, en cierto momento de su evolución, el más culminante, procuran fijar sus dogmas en una teología que interpreta inapelablemente los textos en que está enunciada la revelación primitiva; las teologías han pretendido ser, en su tiempo y en su medio, códigos de moral destinados a regir dogmáticamente la conducta humana.