De allí que el disconformismo de Emerson, mucho más amplio que la primitiva disidencia en el seno de la iglesia Anglicana, se nos presente como un episodio en la eterna lucha de la razón humana contra los dogmas, como una renovación del derecho de libre examen. Eso es lo que, en todo tiempo, ha constituído la herejía. Hereje es todo el que discute y niega los dogmas, todo el que somete a su propia razón las conclusiones de una teología. La intensa religiosidad individual, propia de los temperamentos místicos, es la causa más frecuente de herejías; por lo mismo que ella permite concebir perfeccionamientos nuevos, aparta a los individuos de los dogmas teológicos que los obstaculizan. "Un experimento religioso genuino y de primera mano—dice James—debe parecer una heterodoxia a los que lo contemplan, y tal profeta debe producir el efecto de un loco solitario. Si su doctrina se muestra bastante contagiosa para difundirse a otros, entonces se convierte en herejía definida y catalogada. Pero si resulta tan contagiosa que llega a triunfar de las persecuciones, entonces se convierte a su vez en ortodoxa, y cuando una religión llega a este punto, es que ha terminado el tiempo en que se mantenía interior: el manantial se ha secado; los fieles viven sólo de una fe exclusivamente de segunda mano, y entonces, a su vez, lapidan a los nuevos profetas. No obstante la bondad humana que la nueva Iglesia está pronta a favorecer, se puede contar siempre con ella, como fiel aliado, cada vez que se trate de sofocar el espíritu religioso espontáneo y de reducir al silencio todo ulterior murmullo del manantial, de donde ella misma sacaba en días más puros su propia inspiración, a menos que adopte los nuevos movimientos y los aproveche para sus propios intereses corporativos egoístas. Nos ofrecen ejemplos muy instructivos de una acción política de este género, pronto o tardíamente asumida, los procedimientos de la Iglesia católica respecto a muchos santos y profetas individuales".
Mientras no se produce esta asimilación práctica, todo proyecto de innovación es una herejía y la conducta del reformador es considerada inmoral; el hábito de ver la moralidad conformada al dogmatismo induce a juzgar inmorales a todos los que sienten esa honda "emoción cósmica" que sugiere la naturaleza y hace amar con optimismo una vida intensa y sin restricciones artificiales. "Los heréticos anteriores a la Reforma veíanse casi siempre acusados por la Iglesia de ejercer prácticas inmorales, del mismo modo que a los primeros cristianos acusábanles los romanos de entregarse a la orgía. Probablemente no ha existido período alguno en la vida de la humanidad, en que un número crecido de individuos no haya idealizado su resistencia a pensar mal de la vida, formando sectas libres o secretas, proclamando que todas las cosas naturales son permitidas. La máxima de San Agustín: Dilige et quod vis fac—si amas (a Dios) haz lo que te plazca—es moralmente una observación muy profunda; pero las personas de que hablábamos, la toman en el sentido de que es lícito salirse de los confines de la moral dogmática convencional. Según sus caracteres, podrán ser espíritus refinados o groseros, pero en todo tiempo sus creencias fueron lo suficientemente sistemáticas para constituir una actitud religiosa determinada. Para ellos, Dios es un dispensador de libertades; de este modo vencen el remordimiento del mal. San Francisco y sus discípulos pertenecían a esta categoría de almas, de la cual existen infinitas variedades. Rousseau, durante los primeros años de su vida literaria, Diderot, B. de Saint-Pierre y muchos otros, entre las mentes directoras del movimiento anticristiano del siglo XVIII, pertenecían a ese tipo de optimismo. Pensaban que la Naturaleza, siempre que sepamos entenderla, es absolutamente buena".
No sorprende, pues, que los grandes místicos hayan sido melioristas lo mismo que los filósofos independientes; por eso han merecido, unos y otros, las persecuciones de la autoridad dogmática: teólogos, jueces, políticos, confundidos en un mismo interés común de preservar a la sociedad de toda herejía. ¡Y cómo se equivocan! Hereje es Sócrates cuando enseña a dudar de "la religión de sus padres", y le dan la cicuta. Hereje es Cristo para los judíos, y le dan la cruz, Hereje es Lutero para la iglesia romana, y le cubren de anatemas. Hereje es Spinoza, y le expulsan de la sinagoga. Hereje es Teresa de Ávila, y la persigue la inquisición. Hereje es Emerson, y le acusan de ateísmo. Hereje es Mæterlinck, cuyas obras están inscriptas en el Index, como las de Anatole France y las de Enrique Bergson, de igual manera que en nuestro país está prohibida la lectura de Ameghino y de Agustín Álvarez..... y aun la de Almafuerte y de Lugones.
Quiero, con ésto, sugeriros que al hablar de dogmas y de herejías no se trata de cosas trascendentes y remotas, sino de fenómenos sencillos y actuales, que durarán tantos siglos cuantos persista en los hombres la tendencia a organizar su misticismo individual en iglesias colectivas. Los miles de religiones que han existido, todas verdaderas según sus adeptos, serán seguidas por otras en el porvenir, igualmente verdaderas para quienes las profesarán. Para que aparezcan—como producto natural de la experiencia religiosa, sin cesar renovada por los hombres—serán indispensables nuevas e incesantes herejías, es decir, variaciones personales para mejorar la herencia social, inventores o renovadores de dogmas, inventores o renovadores de moral. Sabéis muy bien que, en los últimos cincuenta años, por disgregación de las iglesias cristianas han aparecido numerosas religiones nuevas. Se cuentan por docenas y algunas elevan a millones el número de sus creyentes.
No se equivoca James al decir que a través de los siglos se han transformado sin cesar los sentimientos y necesidades místicas de los hombres, infiriendo que sería absurdo suponer que la edad presente está destinada a no sufrir correcciones por parte de las edades venideras. Habrá, pues, nuevas e incesantes herejías, y gracias a ellas evolucionará la experiencia religiosa y moral de la humanidad: "Los dioses que defendemos son los dioses que necesitamos y de los cuales podemos servirnos, los dioses cuyas preguntas respecto a nosotros son elementos para fundamentar las preguntas que nosotros mismos nos hacemos, unos a otros. En una palabra, lo que yo me propongo hacer es estudiar la santidad a la luz del sentido común, empleando criterios humanos para resolver la cuestión de si la vida religiosa se recomienda como forma ideal de actividad humana. Si es así, cualquier creencia teológica que pueda inspirarla es fundamentada, por lo menos en tal aspecto. En el caso contrario, aquellas creencias perderán todo crédito, sin más que referirlas a principios humanos activos. Sólo se trata de la eliminación de los humanamente ineptos y de la supervivencia de los más aptos, aplicada a las creencias religiosas; y si examinamos la historia, ingenuamente y sin prejuicios, debemos admitir que jamás ninguna religión ha podido establecerse o confirmarse a sí misma de un modo diverso. Las religiones se han aprobado a sí mismas, han subvenido a las necesidades vitales que reinaban a su aparición; y han sido sustituídas por otras cuando violaron en exceso ciertas necesidades o al presentarse otras creencias que las proveían mejor".
Volvamos atrás, el tiempo de Emerson. En la Nueva Inglaterra, y con relación a la iglesia protestante, ocurría un movimiento análogo al que en las naciones católicas se llamó catolicismo liberal, hace setenta años; la iglesia unitaria, en que Emerson se educara, representaba lo que hoy el modernismo dentro de la iglesia romana, acaso con un espíritu más acentuadamente liberal. Los teólogos protestantes, aunque sus escuelas e investigadores son, desde la Reforma, mucho más notables que los católicos, gracias al libre examen y a la alta crítica, no pudieron mirar con indiferencia las negaciones dogmáticas a que se entregaron los unitarios radicales y los trascendentalistas; Emerson, y podríamos decir que el mismo Channing, fueron sindicados como herejes, temiéndose que su liberalismo fuera el primer paso hacia la irreligiosidad.
¿Quienes tenían razón? Desde su punto de vista, digámoslo sin vacilar: los teólogos dogmáticos. No existe, para una iglesia, la posibilidad de la fe a medias. Se cree o no se cree en sus dogmas; pretender que cada hombre se considere parte de la divinidad, es conceder a cada uno la posibilidad de revelarse a sí mismo la verdad en que debe creer y la moral a que debe conformarse. Desde ese punto de vista la lógica estaría en favor de los dogmáticos y contra todos los liberalismos; una iglesia que consiente algo, acaba por ceder todo. Proclamar que el cristianismo es un asunto de moral antes que de dogmas, es rebelarse, abiertamente, a las iglesias cristianas tradicionales; y ésa era, como lo dijimos, la posición religiosa de Emerson y de los trascendentales, lo mismo que la de Echeverría y la Asociación de Mayo entre nosotros: herejía frente a sus iglesias respectivas.
6.—Las Morales Independientes
Implicada la moral en los dogmas teológicos, toda disconformidad religiosa es una disconformidad con el dogmatismo moral. Recordemos, como la mejor prueba de ello, que durante diez siglos, desde el edicto imperial que proscribió de Roma a los filósofos hasta el grito cismático proferido por Lutero, una sola teología y una sola moral floreció en la cristiandad. La patrología y la escolástica se mueven dentro de un dogmatismo único; bastaría comparar a Clemente y Orígenes con Tertuliano y Lactancio, a Agustín con Tomás, cuyos discípulos disputan hasta nuestros días, para comprender que si bien los dogmas evolucionaban, todos pretendían explícitamente ser fieles a ellos, sin lo cual hubiérase roto la unidad política de la iglesia romana. He dicho unidad política y debo explicarme; la fuerza de esa iglesia, desde que reyes y emperadores, por razones políticas y no teológicas, resolvieron declararla oficial en sus estados, no residió en sus doctrinas, sino en el poder político adquirido por ella en el mundo feudal europeo. No podríamos detenernos ahora a examinar en qué medida la difusión del protestantismo fué, a su vez, un movimiento político, nacionalista en cada país, contra el poder internacional del estado pontificio; ello se percibiría también analizando en los estados católicos la lucha por constituir iglesias nacionales, emancipadas de Roma, de que dió memorable ejemplo el nunca apagado movimiento galicano. Y veríamos, también, que en nuestros días la fuerza de esa iglesia no está en sus doctrinas sino en la admirable organización como partido internacional, actuante en la política de cada país con unidad de miras temporales y con sorprendente disciplina para la acción práctica. Nunca, en la historia de la humanidad, ha existido un partido internacional que pueda comparársele en organización y eficacia.