Cortemos la digresión. Durante la edad media no hay en la cristiandad un nombre de moralista independiente que merezca citarse, con la excepción, acaso única, de Eckhart, que a principios del siglo XIV puso en circulación un misticismo panteísta, declarado herético por la iglesia romana. Llega el Renacimiento y se rompen los moldes de la teología escolástica; los filósofos contemplan la naturaleza o el espíritu, independientemente de los dogmas religiosos. Averroes insinúa la doctrina de la religión natural y de la moral natural, que más tarde reaparece en Spinoza. El neoaristotelismo encuentra su hombre representativo en Bacon y se continúa en toda la escuela de los moralistas ingleses, que culmina en Hobbes, Locke, Shaftesbury, y en los escoceses, Hutcheson, Hume, Smith; la corriente neoplatónica se transmuta en el racionalismo, con Descartes y Malebranche en Francia, al mismo tiempo que aparecen con caracteres propios Leibnitz y Wolff, en Alemania. Y así, luchando los filósofos independiente contra la teología dogmática, el siglo XVIII ve surgir el racionalismo inglés, el enciclopedismo francés y la filosofía de las luces en Alemania. Cauteloso el primero, revolucionario el segundo, abstracta la tercera, predomina en todos el afán inquieto de poner en la razón los fundamentos de la moral, que hasta entonces residieran en el dogma. Sabéis que Kant elaboró, en su Crítica de la Razón Práctica, el monumento más grandioso concebido por hombre alguno hasta su tiempo; estoy muy lejos de significar, con ésto, que en nuestros días puedan considerarse aceptables los fundamentos racionales y apriorísticos de su sistema.

Si Kant quiso decir que la moralidad es una exigencia de la razón para el bien de la sociedad, y no que la existencia social exige la formulación racional de una ética,—pareceres encontrados sobre los que no han logrado entenderse los que se creen sus continuadores—es seguro que el siglo XIX se pronunció por la segunda interpretación, que es la menos kantiana de las dos. Creemos más bien que el patriotismo filosófico alemán, empeñado en poner a Kant en el centro de la historia filosófica universal, ha estado y seguirá dispuesto a ver en Kant todos los gérmenes de las más contradictorias filosofías del porvenir; sabéis que el culto de Kant tiene vestales en irreconciliables escuelas filosóficas de su patria.

Así como Tomás puede representar el momento culminante de la teología escolástica, Kant simboliza el más alto esfuerzo de la filosofía racionalista. La moral, antes dictada a los hombres por la misma divinidad, aparece ahora impuesta al hombre por su propia razón.

Llamadle Hume, llamadle Helvecio o llamadle Kant, subrayad todas sus inconciliables divergencias, y os quedará siempre en sus concepciones de la moral un denominador común: su emancipación de la teología.

Cualquiera de ellos constituye un tipo de moralista independiente; la moral de los tres es, ante todo, individual y pretende ser demostrable por la razón. La crítica y el libre examen las engendran, en oposición al dogmatismo religioso; para el mismo Kant, la religión es una necesidad racional y no un antecedente de la moralidad.

En casi todos los moralistas independientes, cuyos ejemplares máximos acabamos de citar, aparece postulada la perfectibilidad humana y aumentado el valor del hombre mismo; aunque unos partan de la razón y otros de la naturaleza, convergen a reemplazar los mandamientos divinos por mandamientos humanos, y a sustituir sus fuentes sobrenaturales por fuentes naturales.

A la afirmación intensiva de la personalidad, recogida por todas las literaturas románticas, se unió el concepto nuevo del deber; ya no se vió en él un simple acatamiento a una voluntad extraña, sino la obediencia del hombre a sí mismo. Y este tipo de ética individualista fué consonante con la más alta profesada por escuela alguna,—la de los estoicos,—poniendo el culto de la dignidad personal como norma directriz de la conducta.

Así como es personal la obligación, es personal la sanción; no queda ya relegada a lo sobrenatural, no se traduce necesariamente en penas y castigos después de la muerte, sino que hace del hombre el juez de sí mismo, juzgado constantemente por su propia conciencia moral. En estas morales emancipadas de las teologías, la razón del hombre ha suplantado al mandamiento de la divinidad.

7.—Insuficiencia de los Dogmas Racionales

Los sistemas éticos racionales que se han apartado del dogmatismo religioso, afirmando la posibilidad de una moral independiente, no han conseguido la menor difusión social, reclutándose sus partidarios entre una minoría ilustrada, restringida muchas veces al círculo exiguo de los aficionados a las lecturas filosóficas.