Por el ejemplo—nunca por imposición, desde que el Estado no tenía iglesia oficial,—los hombres y las iglesias de las otras comuniones fueron adaptándose al criterio que miraba las religiones como vehículos de moral sin dogmas o como instrumentos de acción cívica.

El proceso no fué sencillo. Convergieron a él los esfuerzos de los independientes, con Emerson en la cumbre; de las iglesias unitarias, con Channing; de las presbiterianas, con Henry James. Conocemos ya a los dos primeros; el último, educado en el seminario más ortodoxo de su comunidad, en sus andanzas por Europa fué contagiado por la secta de Sandeman y por la teología de Swedemborg, que atenuaron grandemente su eficacia para actuar en Norte América. Por sus ideas tuvo, sin embargo, muchos puntos de contacto con Emerson, poniendo, como éste, la acción como fin supremo de la moralidad, haciéndola derivar de la naturaleza y servir a la sociedad. En los dogmas religiosos veía el inconveniente de obstaculizar la espontaneidad natural, poniendo en lo sobrenatural y no en la sociedad los móviles y la sanción de la conducta humana. Su mejor obra, "La Sociedad redentora del hombre", tiende a reemplazar la conciencia de la raza a la conciencia del individuo, sosteniendo que el resultado natural de la evolución histórica es el crecimiento de la solidaridad humana. Su sistema "se cierra como un círculo, que abre la idea de la naturaleza y que cierra la idea de la sociedad. La una es el símbolo y la revelación de la otra. La naturaleza y la sociedad rodean al hombre, la una sirviéndole de asiento, cubriéndolo la otra; en aquélla está su principio y en ésta su fin. Ambas le son necesarias y suficientes". De allí que James, conservándose cristiano, haga en realidad del cristianismo una moral naturalista y humanitaria, ajena a todo dogmatismo teológico. Toda su exaltación mística sobre la sublimidad de Cristo como revelador, resulta una simple condescendencia con la sociedad cristiana en que vivió: su hijo, el psicólogo William James, pudo escribir sin temor de equivocarse: "Me es forzoso creer que si mi padre hubiese nacido fuera del mundo cristiano habría podido construir todo su sistema, tal cual es, casi sin mentar a Cristo". Es, en efecto, una verdadera religión de la humanidad, en que la sociedad aparece como el objetivo natural del perfeccionamiento infinito.

Acercad estas ideas a las dominantes en Channing y en el Emerson de la segunda época, y tendréis una noción acabada de la ética social en las iglesias liberales norteamericanas. La obligación es social, lo mismo que la sanción; toda la modalidad es concebida como un producto natural y espontáneo del hombre, por el hecho mismo de vivir en sociedad. Y el propio Channing, menos audaz que Emerson como pensador, llegó a decir—más o menos,—que si no concibiéramos a Dios como provisto en grado perfecto de las cualidades humanas que llamamos virtudes, los hombres no podríamos concebirlo ni tendríamos necesidad de pensar en él. Panteísmo moral, diréis; antropomorfismo ético, tal vez. No es, en efecto, otra cosa; y de otro modo, agregan sus creadores, no serviría a la humanidad, representada concretamente por las diversas sociedades que la constituyen.

No es todavía una ética fuera de la religión; pero es ya una ética como fundamento de la religión misma, invirtiendo su rango clásico. Todo el que ha conversado con pastores norteamericanos sobre este punto ha oído repetir un estribillo expresivo: preferimos festejar a la patrona (la ética social) y no a las sirvientas (las teologías dogmáticas). Gracias a ello, sobreponiéndose a la pluralidad de los dogmas, ha sido posible entrever—no digo realizar, entiéndase bien,—la futura unidad moral de los hombres, independientemente de sus creencias. Y ya que todas las religiones expresan el propósito de contribuir al enaltecimiento moral de la sociedad ¿no es legítimo entenderse sobre esa común finalidad, antes que seguir riñendo por dogmas envejecidos? Este pensamiento central del unitarismo ha influenciado a todas las comunidades, aun a las que fueron sus más apasionadas enemigas: si no se ha llegado a una religión sin doctrinas, se está ya en camino de una moral sin dogmas, cuya única fuente sea la experiencia social.

9.—Su Influencia Sobre las Iglesias Inmigradas

Adaptándose a esas direcciones ético-sociales se ha desenvuelto el catolicismo norteamericano. En sus comienzos fué una religión extranjera; su vida fué raquítica, aunque respetada, tal como el protestantismo entre nosotros en la época de Rivadavia. Adquirió caracteres propios, esencialmente nacionales, cuando se le incorporaron elementos nativos, que lo impregnaron del espíritu unitario y trascendentalista; desde entonces dejó de circular un risueño libro católico de oraciones, titulado: "Leche espiritual para los niños americanos extraída de los pechos de los dos Testamentos", que menciona William James. Con esas metáforas de culinaria infantil no se podía ir muy lejos en un país de cuáqueros y puritanos. Brownson y Hecker, cristianos liberales, amigos de Channing y lectores de Emerson, afectos al sansimonismo y al fourierismo, a punto de vivir en el falansterio de Brook Farm, acabaron por entrar a la iglesia católica. ¿Atraídos por sus dogmas? En manera alguna. Pequeños desencantos de la política indujeron a Brownson a apartarse del radicalismo, inclinando sus simpatías hacia la política conservadora. Estaba a un paso y lo dió: "del conservatismo en política—dice—pasé muy pronto al conservatismo en religión". Optó por la más autoritaria y dogmática, viendo en el catolicismo el mejor camino para sobreponer una ética social a los desvaríos individuales, así como un escenario favorable para sus precedentes anhelos filantrópicos y humanitaristas. Brownson arrastró a Hecker, que había sido su discípulo; ambos entraron a su nueva iglesia poco antes de que Sarmiento escribiera sus interesantes impresiones sobre la geografía moral de los Estados Unidos (1847).

Señalemos un hecho. En todos los países el liberalismo mira con simpatía a las iglesias contrarias de la oficial, tradicional o imperante; y el liberalismo, en los hombres de temperamento místico, suele resolverse en una adhesión a las primeras. En los países católicos el liberalismo puede conducir a las iglesias disidentes; en los protestantes, al catolicismo. En uno y otro caso la actitud es idéntica, ya que los dogmas nuevos sólo son aceptados como una disconformidad militante contra los tradicionales. Esto nos ayudará a comprender el siguiente párrafo de Bargy, en su libro sobre la evolución religiosa de los Estados Unidos: "No podrá insistirse bastante sobre este hecho, que fué el espíritu de Channing y de los Unitarios, de Emerson y los Trascendentalistas, el que condujo a Brownson y Hecker hasta las puertas de la Iglesia romana. En esa época, los protestantes más liberales se habían plegado al unitarismo; al mismo tiempo, las iglesias de que aquéllos desertaban, tendían por desconfianza a una reacción de intolerancia. El unitarismo, al constituirse, había monopolizado transitoriamente ese gusto por la tolerancia conciliadora que en el siglo anterior había favorecido su nacimiento; de manera que para las iglesias establecidas bajo otra inspiración fué un período de retroceso. Por eso Hecker las consideró como un elemento de discordia y el disgusto de la ortodoxia protestante le habría arrojado lejos del cristianismo, sin la acogida amplia y tranquila que encontró entre los discípulos de Channing y de Emerson". Brownson que declaraba "no creer sino en la humanidad" y entendía poderse comparar a Cristo en cuanto "reformador social", fué en busca de Hecker que estaba consagrado al "apostolado social" en el falansterio trascendentalista; de allí saltaron a la Iglesia católica, por un curioso proceso más práctico que espiritual, descrito en el libro mencionado. Hombres de acción, nacionalizaron el romanismo, siguiendo la política del primer obispo de Boston, Chévérus, un desterrado por la revolución francesa que comenzó por ciudadanizarse en su nueva sede y prestar servicios públicos de inmediata utilidad.

Ése era el salvoconducto único para establecerse en un pueblo que juzgaba a los hombres por su conducta social, sin preocuparse de sus dogmas teológicos. A medida que fué creciendo, la Iglesia católica comprendió que en ese medio los hombres no se asociaban para rezar, sino para hacer. E hizo. La prosperidad de los Estados Unidos comenzaba a atraer grandes masas de poblaciones católicas europeas: italianos, franceses, irlandeses, alemanes. La iglesia católica tuvo una función que cumplir: asimilarlas a la nacionalidad, infundirles su espíritu. "Su rol—dice Bargy—fué formar como una vanguardia para recibir el primer choque de la inmigración, acoger los millones de desterrados que venían de los países católicos, orientar desde el desembarque sus masas flotantes e ignorantes, gobernarlas por la fe hasta que aprendan a gobernarse por la ley; ser, en una palabra, en torno de los puertos de inmigración, como un tentáculo avanzado y como un gran órgano digestivo capaz de asimilar los elementos extranjeros antes de volcarlos en la nación. Es por su rol de civilizadora provisoria que la Iglesia católica se ha impuesto al respeto del gran público". Este aspecto práctico, lo más social y lo menos dogmático posible, presenta una acentuada concordancia con la evolución ética de las iglesias norteamericanas.

Americanizando la inmigración católica, esa Iglesia cumplió una función social; y en ello hubo su parte de sacrificio, pues los mejor americanizados se apartaron del catolicismo, cuyos dogmas y escenografías resultaban poco severos en parangón con los de las iglesias disidentes. Creo oportuno señalar el error en que incurrió recientemente un orador argentino al celebrar los grandes progresos de la iglesia romana en los Estados Unidos, error que es ya un lugar común en la oratoria de los países católicos. Carecería de interés entrar a un análisis estadístico; me limitaré a citaros un párrafo del mismo Bargy, de cuya exactitud global estoy seguro: "El patriotismo de la Iglesia americana ha sido puesto a prueba. Americanizando a sus fieles, ha perdido más de la mitad; familiarizándolos con el idioma, las leyes y las costumbres de su nueva patria ella ha apresurado su deserción hacia el protestantismo o el libre pensamiento. Según la estadística de inmigración, los católicos en los Estados Unidos deberían ser más de 25 millones: sólo son 10 millones. La pérdida ha causado alarma y se ha buscado el remedio en la formación de Iglesias de lenguas diversas, que fortificando en los Alemanes, los Irlandeses, los Italianos, los Franceses, el recuerdo de su país natal, los retuvieran así más fuertemente en su religión originaria. En 1890 comenzó, por la división de la iglesia católica norteamericana en Iglesias llamadas nacionales, un gran movimiento... Pero monseñor Ireland y todo el alto clero afirmaron resueltamente la unidad: donde sólo debe haber una nación, sólo puede existir una Iglesia nacional.... De cada católico debía hacerse un Americano, aun a riesgo de preparar en él un protestante. La lealtad hacia el país fué antepuesta a la obsecuencia a la fe".

Esta actitud antidogmática y social, es simplemente inconcebible en las naciones donde la iglesia católica es tradicionalmente amparada por el Estado. Y no vacilo en deciros, por haberlas visto, que las iglesias católicas de los Estados Unidos, desde los edificios hasta los sermones, se parecen mucho más a las iglesias protestantes de allí mismo, que a las católicas de los países latinos. El catolicismo se descatoliza, adaptándose al medio; descuida los dogmas y se eleva hacia la acción moral.