No podemos detenernos a analizar el proceso que ha determinado una evolución semejante en la religión judía, iniciada,—la fecha es esencial,—antes de 1850. Las primeras sinagogas reformadas funcionaron según el tipo autónomo del Congregacionalismo puritano; su precursor, Isaac Wise, "el papa judío de América", había extremado en 1846 su liberalismo, a punto de ser expulsado de la sinagoga de Albany, en Nueva York. Su propaganda eficacísima fué coronada por la declaración de los rabíes reformados (Pittsburgh, 1885), cuyo liberalismo y nacionalismo norteamericano, produce escalofríos a los nuevos inmigrantes que llegan saturados de ortodoxia y de sionismo. En una o dos generaciones—lo mismo que los católicos—curan de sus dogmas y acaban por converger hacia los ideales de esa "religión sin dogmas" difundida por el unitarismo.

La asimilación moral de los judíos por el ambiente norteamericano sugiere optimistas reflexiones respecto de la adaptabilidad de su raza en las naciones nuevas. Su fe en la redención por el trabajo y por la ilustración es, simplemente, admirable; acaban por descollar en todas las formas de la actividad social y por distinguirse en las más nobles emulaciones intelectuales. El esfuerzo prodigioso de esta raza, fortalecida en las persecuciones, se nota en ciertas Universidades, y de las mejores, como la Columbia University, de Nueva York; en la cátedra y en el aula se siente ya el hervor de estos nuevos americanos, que han encontrado en la patria de Lincoln su Tierra Prometida.

10.—Ciencias Morales Sin Dogmatismo

El antiguo conflicto entre las morales teológicas sobrenaturales y las morales individualistas racionales, perturba poco a los contemporáneos; es una cuestión histórica. El tema actual es otro: en qué forma la experiencia moral coordina los derechos individuales y los deberes sociales. Es el problema de las relaciones entre el individuo y la sociedad.

Consérvense o no los dogmas religiosos, interprétense de tal o cual manera los fundamentos racionales de la moral, prefiérase cualquiera de los métodos indicados para estudiar sus problemas, los moralistas contemporáneos convergen a afirmar el carácter social de la ética. Es un hecho que escapa a toda discusión; basta leer cualquier manual de ética escrito en los últimos veinte años para advertir que la obligación social y la sanción social ocupan un rango preeminente.

Eso ha pasado ya al dominio de las nociones no controvertidas. En cuanto al método para estudiar la experiencia moral, si exceptuamos a los escritores religiosos, los demás parecen contestes en que ella, siendo una ciencia social, es accesible a la investigación histórica y a los métodos científicos. Cada sociedad, y en cada momento de su evolución, ha tenido valores morales diversos, que han variado conjuntamente con la experiencia social; partiendo de ello se trata de plantear el estudio de la experiencia moral como una pura y simple historia de las costumbres.

De esa experiencia, sin cesar renovada e infinitamente perfectible, han surgido, y seguirán surgiendo, los juicios de valor con que se ha calificado la conducta; y por un proceso espontáneo, más acentuado en el último siglo, la experiencia moral se ha desprendido de la experiencia religiosa, adquiriendo autonomía propia fuera de los dominios de lo sobrenatural. Independientemente del juicio que ello pueda merecernos, existen ya, fuera de toda metafísica teológica o racional, una ciencia de las costumbres y una ciencia de las religiones, con dominios bien deslindados.

Personas inocentes—e inocencia en este caso resulta sinónimo de ignorancia—suponen que esas ciencias se proponen establecer dogmáticamente los principios definidos, ne varietur, de la moral que debemos practicar o de la religión que debemos creer. Los que desean o temen ese "dogmatismo científico" son personas incultas, que no habiendo estudiado jamás ciencia alguna creen que la Ciencia—con mayúscula y en abstracto—es una entidad metafísica susceptible de fijar dogmas nuevos que sustituyan a los dogmas viejos. Los que hemos estudiado algunas ciencias pensamos exactamente lo contrario; sabemos que ellas se proponen una integración progresiva e incesante de la experiencia en cada dominio de la realidad, valiéndose para ello de métodos cada vez menos inexactos; esos métodos, cuya aplicación distingue al método científico del método palabrista, permiten disminuir la cantidad de error contenido en las hipótesis con que la inteligencia humana se aventura a explicar los diversos problemas que escapan a la experiencia. Esto equivale a afirmar la relatividad de los conocimientos científicos, la perfectibilidad de los métodos y de los resultados, la absurdidad de toda creencia dogmática: absoluta, indiscutible e irrevocable.

Sabéis muy bien que este modo de ver no difiere en lo más mínimo del adoptado por todos los hombres de ciencia dignos de ese nombre; leed "La Ciencia y la Realidad" de Pierre Delbet, uno de los libros filosóficos más claros y profundos publicados en los últimos años; escuchad, por el momento, las palabras con que William James respondía a los que le acusaban de contemporizar con el escepticismo, en su obra ya mencionada: "Quien reconoce la imperfección del propio instrumento de investigación y la tiene en cuenta al discutir sus propias observaciones, está en posición mucho mejor para llegar a la conquista de la verdad, que el que proclama la infalibilidad de su propio método. ¿Es acaso menos dudosa de hecho la teología dogmática y escolástica porque se proclama infalible? Y, por lo contrario, ¿qué dominio sobre la verdad perdería realmente dicha teología si en vez de la certeza absoluta proclamase, en favor de sus conclusiones, una razonable probabilidad? Proclamarla equivale a afirmar que los hombres que aman la verdad pueden, siempre y en cualquier momento determinado, esperar alcanzarla, e indudablemente estaremos más prontos a ser dueños de ella los que nos damos cuenta de que estamos sujetos al error.

"Sin embargo, el dogmatismo seguirá condenándonos por una confesión semejante. La pura forma exterior de la certeza inalterable es tan apreciada para algunas mentes, que no pueden renunciar explícitamente a ella. Dichas mentes la reclamarían hasta cuando los hechos pronunciasen de un modo patente su locura. Pero el camino más seguro es el de admitir que todos los modos de ver de efímeras criaturas, como los hombres, deben ser por necesidad provisionales. El más sabio de los críticos es un ser siempre variable, expuesto continuamente a ver mejor el mañana, y consciente de estar solo en la verdad cuando se trata de una verdad provisional, relativamente al momento o a la época, y aproximada. Cuando frente a nosotros se abren horizontes de verdad, es ciertamente mejor para nosotros que estemos en condiciones de contemplarlos sin que nos cieguen nuestras convicciones anteriores".