Como veis, no puede concebirse un antidogmatismo más radical; afirmando que no es posible alcanzar jamás ninguna verdad "inmodificable", sobre todo en lo que respecta a cuestiones éticas y religiosas, los métodos científicos han eludido el peligro—históricamente comprobado—de perder un poco de verdad posible, por la pretensión de poseerla ya completa.
La verdad se va haciendo, incesante e ilimitadamente, en todos los dominios de nuestra experiencia. Los que suponen que existe alguna ciencia terminada, revelan ignorarla; es tan candorosa la tontería de los que creen que las ciencias han resuelto todos los enigmas de la naturaleza, como la de los que esperan adivinar alguno sin estudiar previamente los resultados de las ciencias que con él se relacionan.
Los buenos métodos, que permiten evitar algunos de los errores en que incurrieron nuestros predecesores, son un camino y no un fin. Por ese camino, y por ningún otro, podrá llegar la humanidad a la desaparición del dogmatismo. Dijimos que el dogma es una verdad infalible y un precepto fijo, sustentado en el principio de autoridad, y tenido por inmutable; las ciencias morales del porvenir no formularán verdades ni preceptos que tengan esos caracteres. El hombre que pretendiera poner sus opiniones fuera del contralor de la experiencia futura, revelaría carecer de las nociones más elementales del método científico.
Desde hace muchos años, insisto sobre la incompatibilidad del dogmatismo con la filosofía científica del porvenir. "Las ciencias—he dicho—son impersonales. El principio de autoridad no puede ya imponer errores; la aplicación de los métodos científicos impedirá que el pensamiento futuro incurra en nuevos dogmatismos, que obstruyan el aumento de nuestra experiencia y la formación natural de nuestros ideales". Por eso no definimos las filosofías científicas como sistemas de verdades demostradas, sino como "sistemas de hipótesis para explicar los problemas que exceden a la experiencia actual y posible, fundados en las leyes demostradas por las ciencias particulares". Cualquier dogmatismo es enemigo de la verdad; concebir una filosofía científica definitiva, sería absurdo, ya que la experiencia y las hipótesis se integran y se rectifican incesantemente: "es un sistema en formación continua. Tiene métodos, pero no tiene dogmas: Se corrige incesantemente, conforme varía el ritmo de la experiencia". Por todo eso he creído legítimo interpretarla como "una metafísica de la experiencia". Y acaso pueda establecer su programa y su método dentro de algunos años, si vivo; sus resultados definitivos nunca, pues los concibo indefinidamente perfectibles.
Aplicad estas ideas a la experiencia moral y comprenderéis exactamente lo que significará la moral sin dogmas del porvenir: no solamente sin dogmas religiosos, sino también sin dogmas racionales. Suponed que esa experiencia es distinta en cada sociedad humana y en cada momento de su evolución, y comprenderéis la inevitable variación de los ideales de perfección moral que los hombres construirán hipotéticamente sobre su experiencia incesantemente renovada.
11.—El Solidarismo
Volvamos a Emerson y a la ética social, para terminar.
En las sociedades contemporáneas que suelen considerarse más civilizadas, los ideales éticos predominantes son esencialmente sociales. El individualismo radical—estilo Stirner—y el humanitarismo absoluto—estilo Tolstoy—se consideran ya como posiciones reñidas con la experiencia moral. No se conocen individuos que no vivan en sociedad, ni sociedades que no estén constituídas por individuos; concebir los derechos individuales como antítesis de los deberes sociales, implica ignorar que la condición básica de aquellos derechos es la existencia de estos deberes. El derecho de cada uno representa el deber de los demás; y el deber de cada uno constituye el derecho de los otros. El ideal de Justicia, en una sociedad dada, consiste en determinar la fórmula de equilibrio entre el individuo que dice: "ningún deber sin derechos", y la sociedad que replica: "ningún derecho sin deberes".
A ello tiende el solidarismo. Partiendo de principios heterogéneos muchos moralistas han llegado a esta misma conclusión: la perfección moral del individuo y el progreso moral de la sociedad son solidarios. El valor de la parte aumenta el valor del conjunto y el mayor valor de éste refluye sobre aquélla; como si dijéramos que un buen profesor aumenta la importancia de la Universidad a que pertenece, y que el formar parte de una buena Universidad aumenta la importancia de un profesor.