A fines del siglo XVIII el problema cambió. Las iglesias americanas acentuaron su carácter nacional y antidogmático, dando mayor importancia a la conducta moral que a los principios teológicos. Pronto, en las mismas colonias del centro, el metodismo llegó a pesar sobre la iglesia presbiteriana, imponiendo el rigorismo moral sobre el rigorismo teológico, las orientaciones americanas sobre las supersticiones europeas. En 1783 el Sínodo presbiteriano se vió en el caso de declarar "solemne y públicamente, que siempre ha aborrecido y aborrece todavía los principios de intolerancia". Los metodistas, no teniendo dogmas propios y persiguiendo una intensificación moral de todos los cristianos, sin iglesia propiamente dicha, prosperaron rápidamente en las colonias del centro, sin romper con la iglesia anglicana. En las del norte, el congregacionalismo puritano, entendido siempre como una religión cívica, seguía tolerante en materias dogmáticas; los feligreses juzgaban a los ministros por su conducta y no por su teología; su vida diaria daba la medida de su capacidad para el ministerio, siendo frecuente que los pastores de una iglesia fuesen invitados a predicar ante los feligreses de otra, acostumbrándose todos a estimar las virtudes de los hombres, independientemente de sus discrepancias teóricas sobre el fundamento de sus credos.
Debemos ver el antecedente natural del emersonismo en la evolución, esencialmente práctica, del puritanismo en Nueva Inglaterra; la exaltación del celo religioso tuvo siempre un sentido cívico y conducía al cumplimiento del deber social, ya que la sociedad misma era concebida como una manifestación de la voluntad divina, actuante de una manera fatal e ineludible.
Las mismas crisis de fanatismo religioso, tenían ese sentido práctico; Edwards, en 1734, había estremecido a los puritanos con sus sermones, determinando una vuelta al rigor moral; simultáneamente, en 1740, la renovación metodista se acompañaba de una crisis análoga en las colonias del Sud. ¿Era una mayor obsecuencia a los dogmas lo que se perseguía? De ninguna manera. El objetivo de la exaltación fanática eran las costumbres, la conducta, la acción; Edwards, como sus predecesores los congregacionalistas Hoocker y Schepard, daba a la doctrina un sentido de exaltación de la energía personal para vivir una vida conforme a la moralidad estricta; así la expuso en su obra Libertad de la Voluntad, cuyo carácter más singular es el desdén por el libre albedrío metafísico y la concepción de la libertad como el poder para obrar de acuerdo con nuestras principios de acción. Esa determinación de la conducta humana constituía en su sentir la necesidad suprema, y fuera de ella no había virtud ni vicio, sino conducta absurda; la libertad por contingencia parecíale enemiga de toda energía actuante, en cuanto libraba al azar y al accidente la firme continuidad de la conducta. Señalemos, desde ya, que ese punto de vista es el mismo que reaparecerá en Henry James, en Emerson y más tarde en el pragmatismo: "Para todo el que tiene un fin, una misión o una fe, la libertad consiste en la posibilidad de consagrarse íntegramente al servicio de ese fin; la libertad es el poder, que tiene el móvil principal, de desprenderse de los otros móviles secundarios o subordinárseles; libertar la personalidad significa emancipar los deseos que le son intrínsecos de los deseos que contrarían su desenvolvimiento". Y eso mismo, en el fondo, expresaría más tarde Emerson en una proposición concisa: "La vida es libertad en razón directa de su intensidad".
Estas orientaciones prácticas permiten comprender que el presidente del colegio de Harvard llegara a declarar, en 1772, que "no debía imponerse ningún credo o profesión de fe, bajo pena de castigo eterno". Algún pastor se negó a predicar sobre la Trinidad; otros definían el cristianismo como "el arte de vivir virtuosa y piadosamente". Y mientras los anglicanos se indignaban por ese desprecio del dogma, poco a poco, a la sordina, sin que nadie advirtiera en su origen el movimiento, muchas iglesias fueron declarándose unitarias. Cuando se produjo, en 1815, la controversia sobre la Trinidad, resultó que los más de los pastores no creían en la divinidad de Cristo y hacían profesión de liberalismo, sin que hubiera decaído por ello su celo en la edificación moral. La herejía dominaba y se había desenvuelto sin ruído, durante cuarenta años, al amparo del sensato espíritu puritano que había hecho de la religión una moral antes que una teología.
Dentro del unitarismo aparece en escena Emerson. Querer comprender los escritos de éste sin conocer el espíritu de aquél, es como estudiar una planta por sus hojas disecadas en un herbario, sin verla en la naturaleza, bajo la luz del sol, entre la humedad de su atmósfera. Y esto que decimos de un moralista, podemos repetirlo de todos los pensadores y filósofos; la historia de la filosofía, en muchos de los tratados circulantes, es una abstracción falsa e ininteligible, por cuanto estudia las doctrinas de ciertos hombres olvidando que éstos vivieron en un ambiente social, político y religioso determinado. La historia de la filosofía es absolutamente incomprensible sin la historia política y religiosa; para comprender a un filósofo hay que saber cuándo, dónde y para quién escribía, cuál era su posición en la política de las ideas. Parece olvidarlo la especie híbrida de los eruditos sin inteligencia, que barajan nombres de doctrinas sin sospechar que ellos carecen de sentido, o lo tienen contradictorio,—palabras, palabras, palabras—si no se los estima en función del medio y como expresiones de una actitud personal, no teórica ni abstracta, sino militante y social. Y es el caso más típico de ello todo lo que la crítica europea escribió sobre el pragmatismo, cuando lo formuló Pierce y lo difundió James; a pocos se les ocurrió que ésa era la expresión doctrinaria de una ética sin dogmas constituída como resultado natural de la experiencia social.
3.—Channing y Emerson
De padres en hijos, durante muchas generaciones, los Emerson habían sido pastores de las iglesias puritanas. William, padre del moralista, figuró entre los hombres más liberales de su tiempo y fué pastor de la Primera Iglesia Unitaria de Boston; en esta ciudad, el 25 de mayo de 1803, nació Ralph Waldo, cuya infancia transcurrió en un ambiente doméstico de exquisita cultura y severa moralidad. Huérfano a la edad de ocho años, dos mujeres, su madre y su tía, dirigieron su educación y plasmaron su carácter, imprimiéndole un sello de estoico optimismo. Se cuenta que a los diez años componía poemas y que a los once escribía en griego y tradujo en verso una bucólica de Virgilio; es seguro que a los diez y nueve se graduó en el Colegio de Harvard, lo que le entreabrió el doble camino de la escuela y de la iglesia. ¿La iglesia? Evidentemente, la iglesia, como todos sus abuelos; y la iglesia unitaria, como su padre.
Pasaba ella por una crisis. Las reservas antidogmáticas de los pastores unitarios estaban a la orden del día; los de otras iglesias acusábanlos abiertamente de irreligiosidad, a veces de ateísmo. No se apartaban del cristianismo porque deseaban la unidad de las iglesias cristianas, su armonía independiente de todo dogma; para ello se resignaban a continuar en sus ministerios, sin provocar polémicas ni cismas, callando sus disidencias más radicales en homenaje a la paz religiosa. Aquello, en efecto, no era otra cosa que el liberalismo inspirado en los enciclopedistas; por más que siguieran llamándose iglesias unitarias, eran sociedades de libres pensadores cristianos. Los ortodoxos hablaron de la "hipocresía unitaria", escandalizándose de su "religión sin doctrinas". Era tarde. Cuando Emerson estuvo en condiciones de ser pastor, el unitarismo había triunfado; en 1823, dice Becker, "todos los hombres de letras de Massachussets eran unitarios; todos los administradores y profesores del Colegio de Harvard eran unitarios; todo lo que se distinguía por el rango, la fortuna y la elegancia, se apiñaba en las iglesias unitarias; los jueces del tribunal eran unitarios y producían sentencias que perturbaban la organización eclesiástica tan cuidadosamente establecida por los Padres Peregrinos". En ese momento vióse Emerson en el trance difícil de tener que decidir acerca de su propia vocación.
El personaje central del unitarismo era, entonces, William Ellery Channing, nacido en Newport, en 1780. Desde 1803 había ocupado un ministerio en la Federal Street Church, de Boston, llamando la atención por la elocuencia y profundidad de sus sermones; aunque en 1812 se produjo la separación entre las dos ramas de la iglesia congregacional, sólo en 1819, en un sermón pronunciado en Baltimore, expresó su disconformidad con los tradicionalistas y se plegó definitivamente al unitarismo, de que fué luego el más eminente propagandista y escritor. En la fecha de graduarse Emerson (1822), Channing visitaba el viejo mundo; al regresar, en sus Remarks on a National Literature (1823), proclamaba ya la necesidad de que América se emancipara intelectualmente de Europa. Channing es el representante de un misticismo pragmatista, en que la acción constituye el centro mismo de la moralidad y en que las virtudes se miden por sus resultados sociales. Su credo religioso contiene elementos de un neto panteísmo, y Dios aparece como un supremo Bien, en que están refundidas las cualidades que en los hombres llamamos virtudes; la divinidad es para él una abstracción ética de la humanidad y con razón se ha interpretado su pensamiento como un verdadero "antropomorfismo moral". La conciliación del sentido práctico y del misticismo idealista es una de sus preocupaciones; entendiendo que la independencia moral es más fácil y completa cuando se tiene la independencia económica, estimula todo esfuerzo individual y social para adquirirla. Boston se liberalizó al enriquecerse; la comunidad de intereses educó a los hombres a soportar las divergencias de opiniones. La actividad intensa fué la mejor escuela de tolerancia.
Hasta 1830 era Channing el eje de esa gran evolución ética; Emerson y los trascendentalistas son, si no sus discípulos, sus continuadores. Channing convirtió en doctrina lo que se venía desenvolviendo como una tendencia instintiva: hacer de la religión una moral social. Su escenario fué el Unitarismo, cuyo único dogma fué no tener ninguno. Cuando fundó, en 1813, el Discípulo Cristiano, comenzó declarando que los fundadores no estaban de acuerdo sobre la divinidad de Jesús, pero que lo estaban sobre la necesidad de asociar los esfuerzos de todos los cristianos movidos por una idéntica piedad natural. Su religión era lo contrario de una secta; no teniendo dogmas, poco le interesaba el proselitismo. Las ciencias morales y religiosas entraban en el campo de las ciencias sociales; el unitarismo no quería atraer a nadie mediante doctrinas metafísicas, sino ensanchando para todos el campo de la acción enérgica y fecunda. La iglesia unitaria, tal como Channing la concebía, era una mutualidad para el perfeccionamiento moral de los individuos, una comunidad solidarista para la acción social.