Su espíritu liberal y tolerante, encaminado a reducir el cristianismo a una moral evangélica, reapareció en Emerson y en los trascendentalistas; nuevos elementos se le agregaron, sin embargo: fuertes influjos sansimonianos y fourieristas, con una vehemente inquietud de reformas sociales.
Bajo estas ideas, dominantes en su medio, Emerson había estudiado en la Divinity School, ordenándose como colega de Henry Ware en la Segunda Iglesia Unitaria de Boston (1829).
Aunque predicador elocuente, Emerson no fué seducido por la tentación del éxito; no tenía verdadera vocación para la cátedra sagrada, a la que había llegado profesionalmente o por necesidad. Las rutinas del culto le parecían incompatibles con el espíritu liberal del unitarismo; no llegó a decir abiertamente que era una "hipocresía" conservar fórmulas y preceptos a las que ya no se atribuía ningún valor ideológico, pero su conciencia moral le mostró como un delito, como el más grave de los delitos contra la propia dignidad, seguir fomentando en los demás las supersticiones y errores en que uno mismo ha dejado de creer. Emerson tuvo la mayor de las virtudes intelectuales: la lealtad para consigo mismo; pensó, sin duda, como todos los hombres verdaderamente dignos, que es una vileza disfrazar su pensamiento para acomodarlo a las dos formas sociales del error que conspiran contra la verdad: el tradicionalismo, que es el sistema ideológico de las clases privilegiadas, y la moda, que es el sistema de los que carecen de ideas propias.
Emerson no era animal doméstico, ni servidor de los poderosos, ni arrullador de las rutinas ajenas, ni rutinario él mismo; no tenía la docilidad necesaria para acatar dogmas y repetir prácticas tradicionales, que el estudio le demostraba falaces o absurdas. El credo que sus antepasados recibieran de Calvino le pareció insostenible frente al espíritu científico que había animado al enciclopedismo y a la ideología, y también frente al idealismo romántico que comenzaba a agitarse contra la restauración católica promovida por la Santa Alianza. En esa hora dió el primer paso hacia su emancipación intelectual. La herencia le daba un temperamento místico, pero su educación le condujo a contemplar la religiosidad como un sentimiento interior y subjetivo; al mismo tiempo el cristianismo fué pareciéndole, cada día más, un sistema de educación moral que era necesario desligar de todas las superfetaciones con que las Iglesias lo habían apartado de su primitiva y sencilla significación.
Pastor de una Iglesia que ya no aceptaba el dogma de la divinidad de Cristo, Emerson creyó que su conciencia le impedía mantener la ceremonia de la comunión, cuya absurdidad parecíale evidente dentro del unitarismo; y como pensó, así obró. En 1832 devolvió a sus feligreses el ministerio que le habían confiado, serenamente, con espíritu bondadoso y fraterno, conservando con las iglesias unitarias una sólida amistad y actuando con ellas en todas sus iniciativas de educación social.
Educados en una tradición religiosa distinta, os parecerá singular sin duda, que puedan llamarse iglesias cristianas las que niegan la divinidad de Cristo; nada más natural, sin embargo. Sabéis muy bien, por vuestros estudios de filosofía e historia de las religiones, que los dogmas son el resultado de una lenta elaboración en el seno de las iglesias. Las revelaciones o inspiraciones primitivas son transmitidas oralmente, hasta que alguien las escribe a su manera; convertidas en libros, circulan y se modifican arbitrariamente; al fin las iglesias, comprometidas por sus contradicciones, eligen como verdaderas las más adaptadas a las creencias e intereses del momento. Este proceso, bien demostrado ya en la formación de los dogmas judíos, cristianos, árabes, etc., se repitió con el Dogma de la Trinidad, que los unitarios no aceptan.
La primitiva tradición apostólica, la de los Doce, no contiene suposición alguna acerca de la divinidad de Jesús; los que habían escuchado a Pedro, a Juan y a los otros humildes galileos elegidos para anunciar la inminente venida del mesías esperado por el pueblo de Israel, debieron sorprenderse cuando un griego fariseo, Pablo, comenzó a traducir de muy personal manera las nociones sencillas que aprendiera en Damasco. De Pablo pasó a la tradición la costumbre de decir indistintamente Padre, Hijo o Espíritu, al referirse a Dios; el redactor del cuarto evangelio coadyuvó involuntariamente a la obra, formándose poco a poco el dogma de la trinidad, que fué definitivamente impuesto, siglos después, por Agustín. Bajo la fe del "Símbolo de Atanasio", cuya redacción es evidentemente apócrifa, se introdujo entre los artículos de fe de la iglesia romana, sin ser aceptado por los griegos ortodoxos, que tampoco aceptan el "Símbolo de los Apóstoles", igualmente apócrifo, limitándose a confesar el "Símbolo de Nicea", que no es del concilio de Nicea sino del concilio de Constantinopla.
La singular interpretación de tres personas distintas constituyendo un sólo Dios verdadero, en que nunca pensó Jesús ni los primeros cristianos, fué repetidas veces negada en la Edad Media, por teólogos y obispos, recrudeciendo esa herejía en la época de la Reforma; ella costó la vida a Miguel Servet, que escapando de la persecución católica fué a morir en los quemaderos calvinistas. El antitrinitarismo prosperó en Inglaterra y tuvo adeptos en todos los países, entre las clases ilustradas, aunque llegó a ser crimen de herejía y castigado con la pena de muerte. El progreso general de la cultura en el siglo del enciclopedismo trajo mayor tolerancia; en 1778, un pastor anglicano, se atrevió a inaugurar una capilla unitaria, desenvolviéndose el vasto movimiento cristiano antitrinitario en que aparecen actuando Channing y Emerson. Como veis, no carecían de razones históricas para creer que su doctrina era la más cristiana, la más conforme con la predicación de Cristo.