Todos los fenómenos de homocromía pueden tener su origen en una de las dos causas enunciadas. O en la selección natural sobrevivieron solamente los animales mejor adaptados al color de un ambiente determinado, o los animales emigraron voluntariamente a un medio donde estuvieran mejor disimulados para luchar por la vida en condiciones favorables. Lo primero no implica que no intervengan otras causas en la conservación de la especie; lo segundo no excluye que, en ciertos casos, la homocromía sea el producto de una reacción adaptativa del animal a su medio.
Entrando a considerar la significación psicológica de estos hechos, es evidente que en la hipótesis migratoria la disimulación es un acto voluntario, que con el tiempo puede fijarse en la especie bajo forma de instinto, pasando de consciente a automático. En la hipótesis selectiva la disimulación es involuntaria, actuando la selección natural sobre variaciones favorables adquiridas al azar, sin que esto excluya necesariamente la adquisición de esas variaciones por la influencia del medio.
En los hechos hasta aquí examinados, la homocromía es un carácter estable, permanente. En otros la adaptación es transitoria; ciertos animales, como el zorro y la liebre árticos, sólo viven entre las nieves durante una parte del año y sólo entonces tienen el color blanco que los protege. Es difícil establecer la participación que tienen la temperatura, la alimentación, la acción del color ambiente, etc., en esos cambios actuales; pero cabe suponer que esas influencias, lamarckianas por decir así, han sido en su origen más importantes que las selectivas, que diríamos darwinistas.
La acción del color ambiente sobre el color de los animales cuenta en su favor con numerosas observaciones, confirmadas por experimentos de resultado indiscutido. Wood mostró ciertas crisálidas de una misma especie que tenían diversos colores, análogos a los de las superficies en que habían sido depositadas. Las experiencias célebres de Poulton demostraron la posibilidad de modificar el color de ciertas crisálidas, haciendo evolucionar sus larvas en cilindros de vidrio cubiertos de papeles de diversos colores. Por excepcionales que sean estos hechos, coincidentes con otras observaciones y experimentos de Shaw y de Pouchet, ellos demuestran que existen organismos capaces de reaccionar a una excitación luminosa exterior y de adaptársele en alguna medida, imitando directamente el color del medio.
Conocemos otros hechos que, para ciertos casos, harían pensar que esa imitación del color ambiente ha podido en su origen ser voluntaria, fijándose luego por el hábito y convirtiéndose hereditariamente en instinto de la especie. Existen, en efecto, animales que modifican voluntariamente su propio color para adaptarse al medio, en cuyos casos es visible el valor psicológico que tiene esa disimulación activa como medio de lucha por la vida. No se trata, como en los anteriores, de una acción directa del medio que el animal recibe pasivamente, sino de una reacción activa y brusca del animal mismo.
El ejemplo clásico del género es el del camaleón, cuyo color, amarillo verdoso en la juventud y gris térreo en la vejez, se armoniza más o menos rápidamente con el medio que lo rodea, sin que ello importe atribuirle la propiedad de recorrer toda la gama del iris; más terroso si está entre las ramas del árbol, y más verdoso si entre el follaje, puede en momentos de excitación mostrar manchas rosadas o violáceas sobre el tono claro de los flancos y del vientre. No es un caso único en la historia natural. Hay un pececillo que posee propiedades semejantes; si nada en aguas claras su color es amarillo, pero se cubre de manchas o rayas negruzcas cuando quiere ocultarse entre plantas acuáticas de color obscuro, lo que también se observa cuando se le irrita. Muchos peces chatos, algunos crustáceos, las ranas en cierto grado, poseen la aptitud de modificar con rapidez la intensidad o el tono de su color habitual, adaptándolo a su medio.
La explicación más admitida de estas variaciones de coloración lleva a considerarlas como fenómenos reflejos, en que las excitaciones visuales determinan cambios de posición de una o más capas de células pigmentadas, los "cromatoblastos", que se encuentran en el tegumento y contienen sustancias colorantes. La expansión o contracción de esas células estaría, según Pouchet, bajo la dependencia del sistema nervioso, y su resultado general sería armonizar el tono del color del animal con el del fondo. Para probar que no se trata de una acción del medio, Pouchet repitió sus experiencias en animales privados de sus ojos, no produciéndose el cambio de color; la sección del trigémino suprimió la reacción en la zona de inervación propia de ese nervio.
Todos estos hechos han llevado a considerar que la homocromía movible es una reacción individual, una función activa de los animales en que se la observa. Es posible que sea refleja y no voluntaria, es decir, instintiva; pero todos los instintos se consideran actualmente como antiguos actos voluntarios, que por el uso en el curso de muchas generaciones se han convertido en automatismos reflejos útiles a la especie.