Debería definirse la "educación" como el arte de formar en los hombres una personalidad; vemos, en cambio, que el uso corriente da a esa palabra el sentido contrario, diciendo que son mejor "educados" los individuos que por su refinada aptitud para fingir consiguen disimular completamente su personalidad propia, no haciéndola gravitar nunca sobre los demás. Esta pretendida educación tiende a establecer una verdadera "homocromía social" entre el individuo y las ideas de la sociedad, y un riguroso "mimetismo personal" con las costumbres corrientes en ella. En el traje, en la mímica, en las opiniones, en las maneras, se va hacia la uniformidad; para ello cada hombre está obligado a disimular todo lo que le es individual y a simular todo lo que es común a la sociedad y no posee él mismo. No importa que esa costumbre de parecer destruya en el hombre toda capacidad para ser; la sociedad no vacila en sacrificar los individuos al interés de la especie, lo mismo que las demás colonias animales. Todo lo que exige del niño que entra a la vida es que se esfuerce por imitar lo que hacen los demás; y el niño, cada vez que no puede hacerlo, se decide a simularlo. Así, simulando, se aventaja en la lucha por la vida, y para conservar las ventajas adquiridas sigue simulando, después, hasta la muerte.
II.—FORMAS COLECTIVAS DE LUCHA Y DE SIMULACIÓN
Hay condiciones de lucha por la vida comunes a todos los hombres que viven en sociedad; a ellas se han adaptado medios de lucha y formas de simulación igualmente generales, comprendidas en el arsenal de las hipocresías y mentiras corrientes en todo agregado social. Muchas de ellas, que conocían tan bien Montaigne y La Bruyère, han sido recientemente señaladas por Stirner, Lombroso, Tarde y otros, estudiándolas Nordau en sus "Mentiras Convencionales"; éstas, en muchos casos, son verdaderas simulaciones convencionales, consentidas y toleradas por la frecuencia con que se producen. Mediante ellas los hombres civilizados consiguen vivir bajo un disfraz permanente, ocultando las íntimas modulaciones de su sentimiento o las originales concepciones de su inteligencia.
El fraude tiene la sanción del uso en las costumbres sociales, y tanto más cuanto mayor es la decadencia moral de una sociedad. La mentira, el engaño, la hipocresía, la ficción, se han desarrollado naturalmente por la imposibilidad de armonizar todos los intereses individuales con el interés colectivo. El fraude es empleado para captar la simpatía ajena o para abusar de la ajena confianza; aumentando la intensidad de la lucha por la vida, se acrecienta entre los hombres la necesidad de engañarse recíprocamente, en la justa medida en que cada uno advierte su propia debilidad para desenvolverse en medio de la hostilidad general. Cada sociedad establece una tabla convencional de valores morales que llama "virtudes" y "vicios", sin otro objeto que fijar límites a la lucha entre los hombres; esas tablas suelen convertirse en verdaderas ficciones, pues casi todos los hombres tratan de violarlas, simulando las virtudes y disimulando los vicios. El fraude llega a ser un instrumento de provecho para cuantos lo usan, mientras la sinceridad obra en desmedro y ruina de quienes la practican. Razones tendría Homero para llamar al más grande y afortunado de los simuladores el "divino" Ulises.
Conviene no confundir las creencias sociales, que pueden ser erróneas aunque se crea en ellas de buena fe, con las mentiras convencionales, que no son creídas sino simuladas con fines utilitarios. Tal es el caso de los demagogos que declaman loas al pueblo soberano con el propósito de dirigirlo, sustituyéndose de hecho a la soberanía que le mienten; a diario lo hacen los políticos. Encuéntranse en igual caso los políticos que no tienen creencias religiosas, pero las simulan, considerando que ellas son necesarias para que el pueblo se conserve manso y obediente. Y son perpetuos simuladores todos los que exageran la urbanidad y los buenos modales hasta la tolerancia del vicio, de la indignidad, de la tontería ajenas, poniendo cara de pascuas a todo lo que en su interior reputan repulsivo. Los hipócritas viven simulando; no hay un solo gesto de Tartufo que lleve impreso el sello de la verdad.
Esas formas de simulación son tan universales como la misma lucha por la vida. Pero esta última suele tomar especiales caracteres colectivos por la existencia de grupos que luchan contra el resto de la humanidad en defensa de intereses que les son particulares: luchas de razas, de naciones, de clases, de sexos, de partidos, de profesiones, etc. A cada forma de lucha encontramos adaptadas formas especiales de simulación.
Para el sociólogo que observa la evolución de las razas a través de los siglos, analizando la sobreposición sucesiva de civilizaciones diferentes, estudiando las leyes del engrandecimiento y decadencia de los pueblos,—colosal cinematógrafo en que desfilan la India y Babilonia, Egipto y Cartago, Grecia y Roma, España y las Repúblicas Italianas, Francia e Inglaterra, y tal vez, mañana, Estados Unidos y el Japón, probables cunas de la grandeza futura en las civilizaciones oriental y occidental,—para el sociólogo las luchas entre las razas son un fenómeno que se atenúa progresivamente en las zonas templadas del planeta. Las razas de color desaparecen; sus elementos más vitales procuran adaptarse a la vida civilizada de las superiores, o siguen vegetando en las zonas tropicales inaccesibles a la civilización de las razas blancas. De estas últimas sobreviven los grupos más selectos, entrecruzándose de manera lenta pero inevitable; no hay uno solo, entre los pueblos civilizados, que pueda ostentar títulos de pureza étnica.
Por eso muchas cuestiones de raza, cuando no son sinceramente falsas, son fingidas; involucran una simulación de sentimientos. El sentido en que se puede hablar de razas, refiriéndose a naciones civilizadas, es el sociológico, fundado en la homogeneidad de intereses y de sentimientos que surge de la adaptación común a un medio determinado.
Podría considerarse como simulaciones—conscientes o inconscientes—muchas propagandas que tienden a presentar como luchas de razas entre los pueblos civilizados a ciertos conflictos entre naciones que luchan por notorios intereses económicos. En los últimos años se ha visto, con frecuencia, políticos que declamaron sobre la pretendida pureza de las razas, para apuntalar tambaleantes organismos políticos. Típico es el caso de España durante la guerra con los Estados Unidos; los partidarios de España mentaron la solidaridad entre los pueblos de raza latina, amenazados todos por la preponderancia de la raza sajona, no ignorando que la pureza étnica de los llamados pueblos latinos es una fantasía, pues en cada uno de ellos se han operado innumerables cruzas e injertos extraños: semejante solidaridad de raza fué una simple simulación para captar simpatías. El antisemitismo es otro fenómeno curioso de simulación en la lucha de razas; como el tiempo demostró, el pretendido antisemitismo francés fué una máscara de la reacción clérico-militar, que en Francia se disfrazaba con la indumentaria de una guerra al judaísmo para arrastrar en ese engaño a las masas populares, explotando el sentimiento de odio al rico. Bien se dijo, de esa simulación adaptada a la lucha de razas, que era "el socialismo de los imbéciles".