Junto a la lucha de razas encontramos la lucha entre las naciones. Lo mismo que en el caso anterior, puede aquí advertirse una evolución regresiva de la lucha entre los pueblos civilizados; las ciencias, la producción, los intercambios comerciales, la facilidad de las comunicaciones, tienden a establecer vínculos de solidaridad entre las diversas naciones; la utilidad recíproca tiende puentes por sobre las fronteras; la civilización acrece las relaciones internacionales; a expensas de los feudos se han unificado las naciones y por encima de las naciones se unificará la humanidad. En el grado presente de la evolución social, la lucha para constituir unidades nacionales determina numerosas formas de simulaciones correlativas, subordinadas al principio de la adaptación utilitaria. No hablaremos de un hecho común en las luchas entre las naciones: su causa aparente suele ser diversa de la causa verdadera; este fenómeno es inconsciente y débese a que esta última queda oculta tras intrincada red de causas secundarias, más fácilmente apreciables; las cruzadas o el descubrimiento de América, aparentemente debidas al enfermizo sentimiento religioso de la Edad Media y a la tenacidad exaltada de Colón, fueron determinadas por la necesidad de grandes expansiones económicas inherentes a la evolución de la economía feudal. En los pueblos pobres, y por tanto, rapaces, depredadores, la necesidad de ejercer sus rapiñas sobre los vecinos disimúlase tras un exagerado desarrollo del sentimiento de nacionalidad; en ellos el "honor nacional" suele ocultar simples empresas económicas, mientras que en los pueblos agredidos es una sugestión útil para la defensa. Otra forma de simulación, nacida del sentimiento patriótico, es la ejercida a menudo por las clases dirigentes sobre la masa popular, haciéndole creer que el propio país es el mejor del mundo, su historia la más gloriosa, sus sabios los más profundos, sus poetas los más inspirados, etc.; la sugestión entra aquí por partes iguales con la simulación, pues acaba por enseñarse de buena fe una mentira que tiene un simple fin utilitario. Otras veces, las naciones pretenden simular superioridad ante los demás pueblos con que están en más inmediata relación, proveyéndose de ejércitos y armadas muy superiores a su potencialidad económica real y encaminándose por la vía del militarismo hacia la bancarrota. Hay simulación en ostentar un poder desproporcionado a la riqueza nacional, gastando lo que no se tiene para aparentar una superioridad ficticia: porque la grandeza de un pueblo no se mide solamente por la capacidad militar, y menos cuando ella es desproporcionada a las otras fuerzas morales y sociales.
En la historia contemporánea es frecuente la conquista de un pueblo débil por otro, con fines exclusivos de engrandecimiento económico; estas conquistas, que a menudo degeneran en formas colectivas de delincuencia brutal, suelen disimularse como empresas civilizadoras en beneficio de las víctimas. Los latino-americanos, explotados por España en otro tiempo, y los boers, depredados hoy de sus minas de oro por Inglaterra, podrían decir al mundo entero que la pretendida misión civilizadora fué una simple disimulación de la avaricia nacional. El "nacionalismo", esa forma mórbida colectiva del patriotismo, es en muchos casos una simulación de politiqueros hábiles y ambiciosos, que saben encontrar los resortes de la popularidad en la excitación de las más atrasadas pasiones de las turbas. Doctores no menos audaces saben que, en política internacional, la astucia, una de cuyas formas es la simulación, suele ser la clave de éxitos lisonjeros; por algo es tan admirado Maquiavelo; Nordau, en sus "Paradojas psicológicas", demostró que las virtudes esenciales de la diplomacia son el engaño y la mentira, que suelen involucrar la simulación o la disimulación.
En las sociedades evolucionadas, la primitiva división del trabajo llega a revestir tales formas y caracteres que el agregado social se divide en clases, caracterizadas por intereses heterogéneos, cuando no netamente antagonistas. La lucha entre las clases, que Marx y su escuela miran como la causa íntima de las transformaciones sociales, determina numerosos fenómenos de adaptación para la lucha, entre los cuales es fácil encontrar diversas formas de simulación. Comenzando por las leyes fundamentales de los Estados, la simulación aparece dominando el vasto escenario de la lucha de clases. Constituciones, Códigos, Ordenanzas, etc., todo el engranaje jurídico de cada país, suele estar destinado a apuntalar y defender el privilegio de las clases gobernantes; sin embargo, simula propender al beneficio de todo el pueblo, cuya mayoría suele ser perjudicada por esas mismas instituciones. Como casos especiales podrían citarse las leyes contra los obreros que existen en muchos países, disfrazadas de leyes bienhechoras y dictadas simulando el propósito de favorecer a las mismas víctimas. Es también una simulación de clase todo el sistema tributario indirecto, que hace recaer sobre las masas menesterosas el peso de los servicios públicos aunque se simula haberlo establecido en bien de quien sufre sus efectos.
Mil veces en la historia las clases privilegiadas han simulado encontrarse en la pobreza para no ceder a las exigencias del pueblo hambriento; no podrían contarse las veces que el pueblo ha saqueado graneros disimulados por las autoridades. La institución del trabajo a destajo, inventada por la astucia capitalista para aprovecharse de la avaricia obrera, arruina a los obreros simulando serles ventajosa. Esa medalla tiene, naturalmente, su reverso, pues no hemos de creer que la simulación es un privilegio de los poderosos. El obrero que finge trabajar apresurado, sin terminar jamás la tarea confiada a su actividad, es un simulador vulgarísimo, parásito de todos los talleres. Y en muchos casos, las Ligas de Resistencia que los obreros organizan para la lucha de clases son simples simulaciones colectivas, destinadas a atemorizar a los patrones; conocimos una que mantuvo en jaque a los de un gremio importante, hasta descubrirse que, en realidad, sólo la constituían dos o tres sujetos, que actuaban como si representasen un poderoso sindicato.
La lucha entre los sexos presenta fecundísima cosecha de fenómenos de simulación. No hablamos aquí de la tendencia general de la mujer a la simulación, como una de tantas manifestaciones del fraude y de la astucia; nos ocupamos de las simulaciones relacionadas con la lucha entre los sexos. De su tendencia al fraude, sólo diremos que estando la mujer excluida por la naturaleza del uso de algunos medios violentos de lucha, encuéntrase obligada a perfeccionarse en los medios fraudulentos. El hombre dispone de la fuerza; la mujer de la astucia.
No falta quien afirme que el amor femenino, en todas sus manifestaciones, es una persistente simulación, fundándose en la teoría de la pretendida insensibilidad amorosa de la mujer, muy repetida, antes y después de Schopenhauer, por los galanes inexpertos; es seguramente inaceptable, no siendo común el hecho y debiéndose con frecuencia a ineptitud del hombre para despertar la sensibilidad femenina. Esto no importa desconocer que la sensibilidad amorosa es, en muchas mujeres, una condescendiente simulación. Su moralidad también lo es, en gran parte, y tiende a hacer deseables ciertas partes del cuerpo femenino, más directamente relacionadas con la satisfacción amorosa; el mismo pudor—como escribimos hace varios años, criticando un interesante libro de Viazzi,—ha sido, primitivamente, una simulación selectiva voluntaria que mediante la herencia psicológica se ha convertido en un reflejo instintivo. La simulación femenina aparece convertida en un verdadero arte para luchar contra el hombre, en la coquetería. Consiste, propiamente, en fingir todo lo que interesa o apasiona al hombre, estimulando sus deseos. Su eficacia depende de un uso discreto; las grandes coquetas no encienden nunca pasiones intensas, porque su juego es demasiado visible; solamente los tontos suelen enamorarse de ellas y lo son generalmente los maridos que al fin conquistan.
Igualmente difundida está otra simulación. No se trata ya de actitudes, como en el gato que se agazapa acechando la presa, sino de apariencias exteriores, como en el verdadero mimetismo. Existen caracteres de superioridad femenina consagrados por los cánones artísticos y que en su conjunto constituyen la belleza; las mujeres privadas de esos caracteres, suplen su natural inferioridad simulándolos. La estatura, el firme busto, la cadera torneada, el frescor juvenil, la mejilla rosada, la dentadura armoniosa, el labio vivo, la pupila brillante, son verdaderos índices de ingenuidad femenina y de aptitud para la maternidad. Cuando la naturaleza ha sido avara de esos atributos, o cuando la edad empieza a borrarlos, todos ellos son simulados por las mujeres, con el vestido, el calzado, las pelucas, los mil afeites y composiciones que disimulan la imperfección y la vejez; en las grandes ciudades prosperan establecimientos especiales para la simulación de la belleza fisionómica, verdaderos purgatorios donde las mujeres feas compran las indulgencias necesarias para ser amadas. No es menos frecuente la simulación de los sentimientos; cientos de mujeres están dispuestas a simular cariño intenso por cualquier desconocido que les haga vislumbrar la esperanza de un matrimonio ventajoso. Esta simulación, justo es decirlo, no es patrimonio exclusivo de la mujer; se la encuentra con frecuencia en muchos hombres que, careciendo de otras aptitudes en la lucha por la vida, explotan sus condiciones físicas para la lucha sexual. La vida común entre cónyuges que se engañan es una sucesión de astucias, que constituyen el estado habitual de las relaciones domésticas; baste leer la "fisiología del matrimonio" o "la mujer de treinta años", de Balzac. Lo mismo ocurre en los matrimonios de conveniencia, donde los cónyuges viven simulando sentimientos que no sienten. El hombre incurre en muchas otras simulaciones; son innumerables y cualquiera podría encontrar más de una en sus recuerdos. Un joven singularmente favorecido en el amor, veíase con frecuencia obligado a simular enfermedades diversas para eludir compromisos contraídos con sus amigas; otro solicitó con ese objeto un certificado médico y simuló haber contraído una enfermedad vergonzosa para privar de su amistad a una Dulcinea insaciable. En su pertinaz obsesión de conquista, el hombre y la mujer simulan sin cesar, a todo propósito, en todo momento. La mirada, la palabra, la voz, el gesto, son los instrumentos sutiles del dulce engaño recíproco; nadie los ignora y todos los creen. Es la forma de engaño a que todos recurren y de que nadie intenta defenderse. En que la víctima sea siempre Doña Inés debe verse un buen error para hilvanar novelas; ella es más artista, casi siempre, que Don Juan. Los engaños de amor no son pecados.
En la lucha por la vida dentro de la sociedad tienen funciones importantes los grupos profesionales; la solidaridad de intereses comunes manifiéstase generalmente por el espíritu de cuerpo: una de las formas del "espíritu gregario", señalado por Nietzsche y recientemente criticado por Palante. Esa lucha de cada grupo profesional contra el resto de la sociedad presenta caracteres bien definidos; los medios fraudulentos y la simulación, tienen allí lugar de preferencia. En cada profesión existen simulaciones específicas. Recuérdese el precioso cuadro, trazado por Quevedo, de las cosas que debe fingir un médico que aspire a la estimación pública y a la riqueza; y, por lógica asociación de ideas, recordemos a tal eximio profesor de clínica médica que terminaba sus lecciones dando consejos sobre lo que conviene simular cuando la vida del enfermo es independiente de la intervención del médico, debiendo la sanación esperarse de la simple vis medicatrix naturae. Otra simulación, general entre los médicos delicados, nace del espíritu de cuerpo; mil veces, ante un enfermo cuyo mal agravóse por la impericia del médico a quien confiara su salud, simúlase estar plenamente conformes con el tratamiento seguido, reemplazándolo, sin embargo, por otro, elogiando al mismo tiempo ante el enfermo al colega ignorante. En todos los oficios la lucha profesional involucra fenómenos de simulación. Los joyeros han inventado sucesivamente el enchapado, el dorado, y otros progresivos refinamientos de simulación, que en el impreciso lenguaje usual son llamados imitaciones; las esferitas de cristal simulando perlas son ya indistinguibles de la preciosa enfermedad de la concha. El carpintero, para aumentar sus utilidades, reviste de una tenue capa de maderas finas sus malos muebles de tabla ordinaria. El tejedor mezcla pocas hebras de seda a sus toscos tejidos de algodón, para simular que ellos son de la primera substancia. El abogado simula en vastos escritos apasionarse por los intereses de sus clientes, sea éste el ladrón o la víctima, mientras sólo preocúpale asegurarse más lautos honorarios. El pupilo simula estudiar sus lecciones, cuando en realidad lee libros de Boccacio o de Brantôme, que ha disfrazado previamente con tapas de aritmética o de geografía. Los tenores y las tiples simulan estar resfriados cuando se les invita a cantar, para aumentar el éxito o atenuar el fracaso de su ejecución. En cada actividad u oficio, como se ve, las condiciones especiales de lucha por la vida han engendrado formas apropiadas de simulación, confirmándose el paralelismo que venimos observando.
Si se encara la cuestión desde otro punto de vista, es fácil reconocer que todos los miembros de cada profesión, y más especialmente los funcionarios públicos que no gustan del mucho trabajar, viven en tácito acuerdo simulando la excesiva importancia y fatiga de sus tareas; algunos llegan, por autosugestión, a engañarse a sí mismos. A esto no escapan algunos hombres de ciencia que miran el universo a través del lente opaco de su especialidad; quizás sea ésta una forma de disimular su ignorancia crasa en materias ajenas a sus respectivas cartillas. En todas esas simulaciones debemos ver medios útiles de lucha por la vida; simulando una gran importancia de la profesión o especialidad que se practica, gánase en mérito individual.
Simuladores por excelencia son todos los políticos de profesión. Es fácil verlos, en todo momento, fingiendo preocuparse del bien de su patria y de sus conciudadanos, mientras en realidad su única preocupación es obtener ventajas personales en la lucha por la vida. Cualquier mandatario simula sacrificarse por su país al aceptar el nombramiento, pero guárdase de confesar que espera sacar de su sacrificio honra y provecho. En una escala subalterna encontramos al falso elector, que simula ser la encarnación de un difunto o de un ausente; al orador de club que finge entusiasmarse para adular pasiones que no siente; al esclavo de la popularidad, forzado a seguir las variaciones sentimentales de la multitud cuyo aplauso busca. Es en la política, por fin, donde florece el hombre-camaleón, el arquetipo de los simuladores, el cortesano adulador que sirve con igual celo a todos los que pueden colmarle de favores, lacayo de todos los amos, unidad de todas las mayorías, instrumento de todos los despotismos.