A medida que el niño va formando su personalidad y conociendo las personas que le rodean, observa, si no es tonto, que la conducta de las más es puro fingimiento. Fingimiento es todo lo que le enseñan como discreción y fingimiento la cortesía; fingimiento las buenas maneras y fingimiento la galantería. Finge éste para ascender, y el otro para pedir, y todos para medrar; finge el necio, finge el sabio, finge el pícaro, el lacayo, el príncipe, el cortesano. Cada uno finge lo que no es y quisiera parecer en el momento de enmascararse para engañar a su semejante.
Habría que repetir el cuadro que en pocas líneas de "El Criticón" (Crisi VII) trazó Baltasar Gracián: "Cuando vieres un presumido de sabio, cree que es un necio. Ten al rico por pobre de los verdaderos bienes. El que a todos manda es esclavo común. El grande de cuerpo no es muy hombre; el grueso, tiene poca sustancia. El que hace el sordo oye más de lo que querría. El que mira lindamente es ciego o cegará. El que huele mucho huele mal a todos. El hablador no dice cosa. El que ríe regaña. El que murmura se condena. El que come más come menos. El que se burla tal vez se confiesa. El que dice mal de la mercadería la quiere. El que hace el simple sabe más. Al que nada le falta él se falta a sí mismo. El avaro, tanto le sirve lo que tiene como lo que no tiene. El que gasta más razones tiene menos. El más sabio suele ser menos entendido. Darse buena vida es acabar. El que la ama la aborrece. El que te unta los cascos, ése te los quiebra; el que te hace fiestas, te ayuda. La necedad la hallarás de ordinario en los buenos pareceres. El muy derecho es tuerto. El mucho bien hace mal. El que excusa pasos da más. Por no perder un bocado se pierden ciento. El que gasta poco gasta doblado. El que te hace llorar te quiere bien. Y al fin, lo que uno afecta y quiere parecer, eso es menos". Ése es el espectáculo que el hábito de simular ha difundido entre los hombres, poniendo en todo el fraude y el fingimiento hasta convertir la sociedad en una inmensa tertulia de enmascarados que procuran engañarse recíprocamente, como en la escena que describe el mismo Gracián: "No hubo hombre ni mujer que no saliese con su máscara y todas eran ajenas. Había de todos modos, no sólo de diablura, pero de santidad y de virtud, con que engañaban a muchos simples, que los sabios claramente les decían se las quitasen. Y es cosa notable que todos tomaban las ajenas y aun contrarias. Porque la vulpeja salía con máscara de cordero, la serpiente de paloma, el usurero de limosnero, la ramera de rezadora y siempre en romerías. El adúltero de amigo del marido, la tercera de saludadora, el lobo del que ayuna, el león de cordero, el gato con barba a lo romano, con hechos de tal. El asno de león, mientras calla; el perro rabioso de risa, por tener falda, y todos de burla y engaño".
Educados entre esa simulación general, impuesta a todos por la hipocresía organizada como base de la vida en sociedad, los niños aprenden precozmente a disimular sus intenciones y sus deseos; a ello contribuye el juego, que suele ser una disciplina de la ficción. La aptitud se perfecciona a medida que el niño reconoce la utilidad de la simulación, hasta que al fin la aplica a fines de provecho. El hecho es banal; todos, en la niñez, hemos simulado estar indispuestos o enfermos para eludir un deber o para satisfacer un capricho.
Fácilmente se explica la tendencia de los niños a la simulación. La debilidad resta eficacia al uso de los medios violentos y aparta de ellos; por compensación el débil refina los medios fraudulentos, únicos de que dispone. Fuera pedante recurrir a la inmensa bibliografía moderna para demostrar que todas sus formas campean soberanas en la psicología infantil; la inocente bondad de los niños es una leyenda caída en desuso. Hemos tenido ocasión de estudiar a un degenerado incorregible: cada vez que se le castigaba, o cuando deseaba realizar un capricho, simulaba un gran ataque epiléptico, acompañado de gritos ensordecedores; otro, con toda oportunidad, simulaba enfermarse para eludir el cumplimiento de deberes que le eran desagradables. Los que se sorprendan de que los niños simulen tan frecuentemente, podrían recordar que han simulado, muchísimas veces, las más extravagantes dolencias con el modesto objeto de faltar a la escuela.
En los exámenes la simulación es frecuentísima. Tuvimos un condiscípulo que sabía fingir admirablemente un estado febril cada vez que debía superar un examen difícil; gran expediente para quebrantar la severidad de los examinadores. Generalmente los alumnos simulan poseer conocimientos que en realidad no tienen. Otros fingen no oir las interrupciones de los examinadores, cuando ellas pudieran ser causa de fracaso. Algunos simulan una amnesia transitoria, aparentando escarbar en el fondo de su memoria conocimientos que jamás han adquirido.
El niño, llegado a la juventud, se encuentra rodeado por gentes que quieren imponerle opiniones, creencias, gustos, que no son los suyos. Si se aviene a simularlos, todos a una repetirán que es un joven de porvenir, que hará carrera, que será un hombre de mundo, es decir: un ser convencional cuyas apariencias están de acuerdo con la mentira organizada. En otra época ese joven hacía su carrera en las cortes; hoy se hace burócrata, generalmente.
En la burocracia hay un inmenso campo para el ejercicio de la simulación individual. Junto a los empleados verdaderamente útiles y productivos, hay legiones enteras de parásitos y serviles que viven simulando "trabajar", como si fuera creíble que consagran su actividad física e intelectual a producir algo útil para la sociedad; nadie ignora, a fe, que el parásito de oficina limítase a usufructuar los beneficios que ha sabido conquistar con la flexibilidad de su espinazo o con las recomendaciones que le empujan. Ésta es la "selección servil" descrita por Sergi; de ella hizo Turati un breve pero ingenioso análisis aplicado a la vida política y social.
Es una de las simulaciones más perjudiciales a la sociedad: la del que nunca ha hecho cosa útil alguna y vive simulando el trabajo para justificar la prebenda que percibe. Las simulaciones de estos parásitos sociales tienen los mismos efectos que las simulaciones del parasitismo animal. Sus actores, sin embargo, minan las bases de todo sentimiento de justicia; Novicow, mejor que otros, lo ha demostrado hasta la evidencia.
En el orden de las creencias la ficción es tan corriente como en el de la actividad. Es común que los hombres sin ideas propias se dejen llevar por la corriente de la moda; teósofos ayer, anarquistas hoy, modernistas mañana, adhieren siempre a las doctrinas de que se habla más, fingiendo así que son hombres ilustrados: eso, que suele llamarse "dilettantismo", es una simulación de la sabiduría y es frecuente en los individuos que por su misma ignorancia son más sugestionables.
Cuando se acentúa en una sociedad el gusto por las letras, las artes y las ciencias, los que carecen de él lo simulan: leen novelas de autores cuyos nombres suenan, frecuentan exposiciones de pintura o discuten la pluralidad de los mundos habitados, no porque ello les interese sino para simular los gustos que están de moda.