Las simulaciones en el ambiente intelectual son interesantes y difundidas. Tal escritor finge estar apasionado por un asunto que no le interesa, pero que apasiona a su público; tal otro simulará creer en una hipótesis, que sabe absurda, si ella le sirve para confirmar o consolidar las opiniones que sostiene. Las circunstancias infinitas de la lucha hacen innumerables las formas posibles de simulación. Recordamos dos casos originales, cuyos autores conocimos personalmente. Un joven anónimo consiguió publicar versos suyos en un diario muy importante, simulando que pertenecían a un autor muy estimado. Otro propúsose colaborar en una revista bien conceptuada, salvando el doble obstáculo de su juventud y sus ideas revolucionarias; envió su artículo al director con una carta simulando atravesar por circunstancias críticas que le inducían a ofrecer en venta su trabajo, que el director encontró aceptable, y creyó justo ayudar al autor. En ambos casos el éxito fué debido a la simulación; en el primero de persona, en el segundo de indigencia.
El literato que no tiene aptitudes originales para luchar en el ambiente intelectual, simula maneras de pensar y de sentir adaptadas al gusto dominante de los lectores; eso, combinado con la sugestión, caracteriza al "snobismo". Será clásico, romántico, parnasiano, modernista, esteta o decadente; pero en lugar de ser "él mismo" vivirá simulando lo que no es. Para adaptarse a la corriente seguirá el modelo favorito y cuando sea gustado el buen estilo se convertirá en sastre de trajes verbales que no visten idea alguna; de esa manera se forman ciertas "escuelas literarias" en que una cohorte de tontos simula poseer las cualidades que han determinado el triunfo de un maestro. Otros hay que en sus poesías simulan estar locos de amor, indignados, entusiasmados, ebrios, enfermos; no teniendo nada real que decir ni que pensar, procuran disimular tras vaporoso celaje de idealismo sus ficciones anodinas. En estos últimos años todos los poetas principiantes parecen incapaces de escribir versos si no simulan tener una amada, que debe ser princesa o duquesa, y revestida de cualidades suprasensibles. A Dante le bastó una Beatriz y a Petrarca una Laura, que eran, simplemente, bellas mujeres.
Hay simuladores de más bulto. Sin haber estudiado son tenidos por doctos y sin haberse quemado las cejas disfrutan de buena fama; nunca se ríen, hablan con solemnidad, juzgan con prudencia, midiéndose en todo para no descubrir su ignorancia. Uno de nuestros profesores simulaba mucha ciencia estudiando en revistas novedades raras para cuestionar sobre ellas a los alumnos, que se boquiabrían de sorpresa ante su originalidad siempre renovada.
Pocos individuos se ven tan obligados a simular como los periodistas de profesión; escriben simulando profesar las ideas del director del diario que los paga o la opinión del público que los lee. Su personalidad real desaparece en un mundo interior que están constreñidos a disimular. Su mimetismo mental excede al del camaleón; si cambian de diario, cambian de aspecto: ayer conservador, mañana liberal, después clerical o anarquista, según las circunstancias. Pero nos es fuerza abreviar; sobran los ejemplos enunciados para evidenciar la difusión de estos hechos en la lucha por la vida intelectual.
En otros campos de observación, aparecen ejemplos variados, siempre interesantes. Numerosos simuladores hay entre los individuos dedicados profesionalmente a la propaganda de ideas políticas, religiosas, sociales, etcétera. En ellos existe, modus vivendi, la obligación de simular a hora fija, y ante públicos variados, pasiones y entusiasmos que en algunos casos riñen con su estado del momento; si no fuesen oportunamente simuladores comprometerían, junto con su prestigio, el pan cotidiano que ganan mediante la simulación. Ellos constituyen la triste antítesis del apóstol lleno de fe y de convicción que se sacrifica en la propaganda de una idea, noble o absurda, pero que, sinceramente, considera buena o justa.
Un conocido industrial, ardiente volteriano y sindicado por sus ideas liberales, acabó por afiliarse, en calidad de socio protector, a un círculo católico de obreros. Preguntado por qué simulaba una religiosidad que no sentía, nos dijo que su objeto era inducir a los obreros a que ingresasen a dichos círculos, para sustraerlos a la influencia de otras sociedades que difunden ideas nocivas a los intereses de los capitalistas.
Fácilmente encuéntranse mujeres que simulan desmayos o enfermedades para obtener una ventaja cualquiera en ciertas circunstancias especiales. Conocimos una joven señora que simulaba ataques histéricos frecuentes, esperando, de esa manera, aumentar el cariño de su esposo; la simuladora ignoraba que éste se quejaba con el médico por su desgraciada elección conyugal, aunque, a su vez, simulaba a la falsa histérica un aumento de cariño por piadosa condescendencia. Sabemos de un hombre a quien su esposa martirizaba con sus celos e histerismos; de pronto creyó que algún milagro había devuelto la felicidad a su hogar, trocándose las precedentes reconvenciones en cariñosas amabilidades: simuladas por la infiel, desde que lo fué. Mujeres que temen ser abandonadas por sus amigos simulan frecuentemente estar encinta, y aun sus consecuencias; ello sirve admirablemente para evitar una separación o asegurarse subsidios especiales.
La situación económica de los individuos lleva con frecuencia a simulaciones que ayudan a luchar por la vida. El pobre suele simular una situación mejor de aquélla en que realmente se encuentra; su traje y sus palabras son a menudo un disfraz de su miseria.
También el rico puede verse en el caso de simular que es pobre; indudablemente lo hacen todos los Harpagones del mundo, para evitar que la caridad llame a sus puertas, obligándoles a aflojar el lazo ceñido al cuello de su bolsa por la mano de la avaricia. Ninguno de esos tipos aventaja en simulaciones a los sablistas, que por acá llamamos "pechadores"; el uno, sencillo y humilde, se bebe de inmediato lo que pidió para comer; otro teje novelas epistolares describiendo tragedias del hogar; los hay copetudos y aristocráticos, que pechan ofreciendo servir a la víctima con sus influencias mundanas o políticas; y hay, por fin, pechadores intrépidos que encuentran en todo hombre un candidato y en todo momento una oportunidad. Una de sus características es que creen que el uso crea verdaderos derechos, ofendiéndose el día que una víctima descubre sus patrañas y se resiste a pagar ese impuesto al parasitismo.
El comercio es complicado engranaje de simulaciones; preocúpase el comerciante de fingir tal interés por su cliente, que, si en realidad lo tuviera, sería causa de su propia ruina. La etiqueta suele ser una simulación aplicada a la calidad del artículo. Hay casa de comercio cuya fundación es simulada con el único propósito de estafar a los fabricantes o al público. La falsificación no es más que un refinamiento comercial de la simulación, teniendo en su desfavor la circunstancia de perjudicar directamente al falsificado. La ceremoniosidad con el cliente, desarrollada en los que atienden despachos comerciales de toda índole, importa una verdadera educación de las aptitudes para simular.