Aunque en los centros civilizados no se cree ya en augures y oráculos, subsiste en las gentes cierto fondo supersticioso que las hace entregarse a otros simuladores del mismo género: las adivinas y los curanderos. Hemos conocido a uno de estos últimos que recibía a sus víctimas envuelto en una larga túnica negra, sentaba al enfermo, le tocaba el occipucio y trazaba en el aire misteriosos signos con una espada; al terminar simulaba un ataque de nervios, durante el cual, según decía, penetraban a su cuerpo, ignorábase por dónde, varios espíritus que le comunicaban el diagnóstico del paciente y las indicaciones terapéuticas. En amable coloquio nos refirió su ficción, que le resultaba un medio fácil de ganarse la vida.

Sin que por ello creamos que del comercio a la delincuencia hay breve trecho, recordaremos que en el mundo de los negocios y en la alta banca la simulación con fines delictuosos y usurarios es frecuente; el "Sylock" de Shakespeare, el "Robert Macaire" de Lemaître, el "Mercadet" de Balzac, el "Saccard" de Zola, son arquetipos del fraude, vivientes en todas las grandes urbes. Laschi los estudió según la antropología criminal. Disimulan sus delitos en la complicación financiera y eluden hábilmente las débiles redes del código penal, que parecen tejidas para atrapar tan sólo a los pequeños delincuentes; alguno conocemos que simula ser contratista de obras públicas cuando realiza sus fraudes gigantescos, escudado por la complicidad de algún alto funcionario que simula firmar contratos para beneficiar al pueblo y embolsa silenciosamente su coima.

Entre los ladrones que hemos estudiado en la clínica criminológica establecida en la Policía de Buenos Aires por el profesor Francisco De Veyga, muchísimos son los que simulan haberse dedicado al robo porque son partidarios de las ideas filosóficas de Proudhon, que dijo: "la propiedad es un robo"; en realidad su único objetivo es justificar con esas ideas los actos antisociales que constituyen su método de lucha por la vida.

En otras formas de delincuencia profesional la simulación es llevada a sus extremos. Los parásitos sociales, cuyas formas típicas estudiaron Massart y Vandervelde, suelen simular el desempeño de alguna función útil, que en realidad no efectúan. Típico es el caften, repugnante entre todos los parásitos, especialista en la trata de blancas; sabido es que simula ser un protector de sus víctimas, haciendo creer a las más incautas que gracias a él se ven libres de presuntas persecuciones de la autoridad.

Creemos suficientemente demostrado nuestro principio general: a cada modalidad de lucha por la vida la astucia humana adapta una forma especial de simulación. Sería interminable la lista si quisiéramos presentar un ejemplo de cada una de esas formas; siendo numerosísimas las condiciones individuales de la lucha, también deben serlo las estrategias que el hombre utiliza para ofender y defenderse.

IV.—UTILIDAD DE LA SIMULACIÓN EN LA LUCHA POR LA VIDA

Fácil sería volver la oración por pasiva, reuniendo en un solo golpe de vista todos los fenómenos inversos a los que hemos observado. Llegaríamos a formular esta regla: el hombre menos apto para simular está más expuesto a sucumbir en la lucha por la vida.

En verdad, escapan a ella algunos tipos especiales; pero las reglas no se formulan para las excepciones. El hombre superior, el que puede imponerse a su ambiente sin necesidad de adaptarse a él, constituye en efecto, una excepción; acaso no sea la única. Pero esa excepción, y otras que hubiera, no invalidan la regla general, que está de acuerdo con otras nociones similares. La lucha por la vida entre los hombres evoluciona de las formas violentas a las formas fraudulentas; esto determina el desarrollo de medios de lucha fundados en el fraude. El hombre primitivo vence a golpes de maza o de hacha; el civilizado domina con la fuerza de la astucia. El ambiente impone la fraudulencia; vivir, para el común de los mortales, es someterse a esa imposición, adaptarse a ella.

Quien lo dude, imagínese por un momento que el astuto especulador no simule honestidad financiera; que el funcionario no simule defender los intereses del pueblo; que el literato adocenado no simule las cualidades de los que triunfan; que el comerciante no simule interesarse por sus clientes; que el examinado no simule conocimientos de que carece y el profesor una profundidad inconmensurable; que el parásito no simule ser útil a su huésped y la barragana ser madre; el bruto inteligente y el inteligente bruto, según las circunstancias; que la adivina y el curandero no aparenten facultades sobrenaturales, para sugestionar a su clientela; que el pícaro no simule la tontería y el superior la inferioridad, según los casos; el niño una enfermedad, el maricón el afeminamiento, el propagandista la pasión, la esposa astuta el histerismo y el marido desgraciado el amor; que el patrón no finja ser católico y el ladrón ser anarquista; que el periodista no simule pensar lo mismo que su director o su público: se tendrá una falange de probables vencidos, casi seguramente vencidos, en la lucha por la vida. Ésa es la regla, sin que desconozcamos la excepción.