Ribot no dice que "sentir y obrar" sean dos funciones, sino el doble aspecto de la sensibilidad, que es impresionabilidad, susceptibilidad y excitabilidad del sistema nervioso, a la vez que impulso, tendencia, deseo. La sensibilidad es al mismo tiempo aptitud para el placer y el dolor, y aptitud para desear. Todo ello es movido por la sensibilidad, que en su fase más evolucionada es sentimiento y constituye toda la vida afectiva.

La inteligencia, por su parte, queda relegada a un rol secundario, como fenómeno intermediario entre los sentimientos y la voluntad; "sólo los estados afectivos son primordiales en la constitución del carácter. Forman la capa profunda, de primera aparición; las disposiciones intelectuales forman una segunda capa superpuesta. Lo fundamental en el carácter son los instintos, las tendencias, los impulsos, deseos, sentimientos: todo eso y nada más que eso. Es un hecho de observación tan simple y tan evidente, que no sería menester insistir sobre él si la mayor parte de los psicólogos no hubieran embrollado esta cuestión por sus inveterados prejuicios intelectualistas, es decir, esforzándose por referir todo a la inteligencia, explicar todo por ella, y plantearla como el tipo irreductible de la vida mental".

Esta opinión de Ribot, de cepa genuinamente spenceriana, es excesiva. Indudablemente, los sentimientos son el mayor de los móviles, pero no son todo; si los estados representativos no tuviesen en la vida función alguna, no formarían parte de la vida psíquica. A lo sumo, la cuestión podría reducirse a determinar si la inteligencia es función primitiva, o si es secundaria al sentimiento; pero no a discutir su participación en la actividad psíquica sintética.

Fouillée ha combatido la teoría de Ribot, procurando devolver su prestigio a la tripartición funcional de la actividad psíquica. ¿La inteligencia es, como pretende Ribot, una facultad adventicia y sobreagregada? Contesta Fouillée con pruebas de dos clases: fisiológicas las unas, psicológicas las otras.

Si se tratara simplemente de señalar las condiciones básicas del "temperamento", Fouillée iría hasta admitir la suficiencia de las dos funciones fundamentales, correspondientes a la sensación y el movimiento; pero el "carácter" es algo más que el temperamento, por la intervención misma de la inteligencia, que le agrega modalidades que le son peculiares. Y volviendo sobre la vieja imagen de Platón, concluye su capítulo sobre clasificación de los caracteres: "Puesto que hemos restablecido la presencia de la inteligencia entre los elementos primordiales de la evolución mental, llegamos lógicamente a distinguir tres grandes tipos y géneros de caracteres: el sensitivo, el intelectual, el volitivo."

Sin negar la participación de los tres elementos en la formación del carácter, Morselli asigna papel preponderante al sentimiento, y Sergi, aunque admitiendo la preponderancia de la vida afectiva, reconoce esenciales la inteligencia y la voluntad para la determinación del carácter.

En suma, aun admitiendo el primado del sentimiento, se reconoce generalmente que los tres factores intervienen. El mismo Ribot no hace sino cuestión de primordialidad; en rigor él no niega a la inteligencia toda acción sobre la exteriorización de la conducta, sino que la declara consecutiva al sentimiento, lo mismo que la voluntad. Pero esto no hace al caso; la conclusión es que los tres modos de funcionamiento juegan un papel, sea cual fuere el factor primordial o los secundarios.

Esta concepción, fundada en la tripartición funcional, es compartida por la mayoría de los autores modernos, comenzando por Bain. Este autor ("On the Study of Character"), guiándose por un criterio estrictamente psicológico, fundó su teoría sobre la distinción de los fenómenos psíquicos en emoción, volición e inteligencia, lo que le lleva a constituir tres tipos fundamentales de carácter: los intelectuales, los emocionales y los volitivos. El mismo punto de vista encontramos en Hoffding; las diferencias individuales serían producidas por la diferente proporción en que se combinan los elementos psíquicos: una primera diferencia característica resultará del predominio que tengan en el individuo los elementos intelectuales, afectivos o volitivos ("Esquisse d'une Psychologie").

Otras clasificaciones recientes pueden referirse al mismo tipo de las de Fouillée, Bain y Hoffding: la de Queyrat, la de Levy, etc.

Malapert, en su reciente monografía, trata de agregar un nuevo elemento a los tres clásicos, estableciendo una diferencia entre la actividad y la voluntad. "En resumen, dice, creemos que entre los elementos constitutivos del carácter, entre las funciones psíquicas esenciales, cuya particular naturaleza y modo de combinación constituyen la fisonomía moral de cada individuo, debe contarse, además de la sensibilidad y de la inteligencia, la actividad propiamente dicha por una parte, y por otra parte la voluntad. A la trilogía clásica nos parece más exacto sustituir esta tetralogía".