Convergiendo, pues, hacia la psicología individual por el camino de la psicopatología, y hacia la sociología por el estudio de los fenómenos de patología social, penetramos en los dominios de la locura y del delito. En la encrucijada de ambos fenómenos—conjunción sabiamente observada por Maudsley en un libro feliz,—donde la anomalía psíquica del individuo se convierte en causa determinante de su actividad antisocial, encontramos la dolorosa legión de fronterizos y alienados para quienes se entreabre la puerta sombría del delito, como si un destino inexorable los apresara entre las mallas funestas de la criminalidad; la locura y el delito, justamente emparentados por Morel en su visión sintética de las degeneraciones humanas, entrelazan sus tentáculos nefastos, engendrando ese personaje magistralmente burilado por Shakespeare en su Hamlet: el alienado criminal.
De particular manera—y por especiales razones de observación—nos preocupaban los casos de locura simulada por delincuentes, máxime al advertir su frecuencia desde que la justicia reconoció la importancia de la psicopatología criminal y el examen psíquico se consideró indispensable para determinar la responsabilidad de algunos delincuentes.
Tal era la estática de nuestra mente. De sobre el velador tomamos, una noche, el Malade Imaginaire, de Molière, para continuar su comenzada lectura, con el higiénico propósito, entre otros, de no adormecernos bajo la influencia poco grata de una monografía sobre "Nuevos tratamientos de los bolos fecales", cuya lectura acabáramos en el British Medical Journal. Teníamos para ello nuestras razones; estudiando la psicopatología de los sueños, habíamos visto que la naturaleza de las impresiones recibidas en el período prehípnico, influye de manera intensa sobre el carácter agradable o desagradable de los sueños[1].
Las peripecias de Argan—a quien hoy no consideraríamos un "enfermo imaginario", sino un caso de neurastenia gastro-intestinal, como demostró ha poco tiempo el profesor Debove en una hermosa conferencia a los estudiantes de la Sorbona—prolongaban nuestra vigilia más allá de sus límites habituales. Seguíamos ávidamente las operaciones "científicas" de Purgon y de Diaforius, que "saben bellas humanidades, hablan en buen latín y designan con nombres griegos todas las enfermedades; pero en cuanto a curarlas, carecen de toda noción". Y con deleite asistíamos a las inagotables lavativas de Mr. Fleurant, competidor, sin desventajas, de las purgas y sangrías del primero, mientras Diaforius daba a su hijo Tomás una lección clínica, en presencia del mismo Argan, felicitándole ardientemente por haber seguido sus huellas, permaneciendo "fiel a las opiniones de los antiguos", negándose a prestar la menor atención a las razones y experiencias de los "pretendidos" descubrimientos y teorías de la época...
Sonaba involuntariamente en nuestro oído la invectiva de Cicerón: "Neque imitare malos medicos, qui in alienis morbis profitentur tenere se medicinae scientiam, ipsi se curare non possunt." (Ad fam., IV, 5, 5). En ese momento Mr. Fleurant empuñaba de nuevo el instrumento que sintetizaba toda su profundidad científica. Tuvimos la percepción de algo dibujado en el campo periférico de nuestra retina, cuya mácula lútea estaba enfocada a las líneas del libro. Volvimos la mirada; a la altura de los ojos, adherido a la pared, vimos uno de esos copos de algodón y polvo que suelen formarse en los rincones de los aposentos.
Poco nos interesó esa observación. Volvimos nuevamente la vista al libro, para seguir asistiendo, con la voluptuosidad intelectual del caso, a las operaciones científicas de los médicos de Molière.
Excitada ya por la reciente percepción, nuestra retina encontrábase en condiciones favorables para descubrir, durante la lectura, que el copo algodonoso se movía, ascendiendo lentamente por la pared. Fijamos de nuevo la vista en el objeto: vímosle ya mucho más alto, después de pocos minutos.
Creímos fuese ilusión óptica, por el agotamiento de una retina fatigada en lecturas excesivas; mas no existiendo motivos para esa duda, ni razones satisfactoriamente explicativas, optamos por desprender el copo de la pared y observarlo detenidamente.
Tal es, por otra parte, la buena línea de conducta ante cualquier hecho difícil de explicar. Y en este caso la observación fué, como siempre, fecunda de provechosas enseñanzas.
Dentro del copo descubrimos un conducto, espeso y resistente, que difícilmente hubiérase adivinado no desprendiendo el copo de la pared; dentro del conducto se alojaba un gusano, el cual, mediante las dos extremidades de su cuerpo, se fijaba a la pared y la recorría, arrastrando consigo su curioso ropaje.