Los simuladores astutos encuéntranse en todos los medios sociales y adaptan su simulación a todas las formas de la actividad humana; los hay en los bajos fondos sociales lo mismo que en las altas clases; simulan la afectividad o la cultura intelectual[7]; escalan una posición política, huyen de la cárcel, conquistan una dote, estafan a un imbécil, consiguen honores, seducen a una joven o sugestionan a una turba de electores. Su fin es siempre el mismo: triunfar en la lucha por la vida; el medio no varía: fingir, siempre fingir.

Muchos de los caracteres que suelen atribuirse al simulador astuto, pertenecen, como veremos, al simulador servil; entre ambos debe evitarse confusión.

Para señalar algunos casos de simuladores astutos, a fin de ilustrar estas páginas con ejemplos concretos, no habría más dificultad que la elección.

¿Quién no recuerda, poco tiempo ha, el rapto de Gip, la escritora francesa, simulado con fines de reclamo? Su digno pendant debía ser, naturalmente, la simulación del otro sujeto que se presentó—con fines idénticos—a la policía de París, denunciándose raptor de la misma Gip... que no había sido raptada.

Frecuentísimas son, por otra parte, las simulaciones de originalidad en la vida intelectual, los plagios; y las disimulaciones del autor: los pseudónimos. No podemos detenernos en su análisis.

Un caso típico de simulador astuto, con fines de utilidad inmediata en la lucha por la vida, nos refirió el profesor Ramos Mejía. Siendo él estudiante, un enfermo ingresó en el viejo hospital de Buenos Aires, situado en la calle de Independencia, con úlcera varicosa en una pierna. La curación se prolongó y el individuo se fué adaptando muy bien a la vida holgazana del hospital. Cuando sanó de su úlcera comenzaron a notarse en él los síntomas de la ataxia, que fueron acentuándose hasta completar el cuadro clínico. Ese enfermo sirvió durante varios cursos para la enseñanza de dicha enfermedad a los alumnos. Sólo después de utilizarlo algunos años como caso clínico, se descubrió que el sujeto no era atáxico; había simulado serlo, imitando los síntomas de un vecino de cama, para no perder las comodidades gratuitas que el hospital le proporcionaba.

Otro caso, igualmente típico, observamos personalmente hace poco tiempo. Un sujeto de buen humor, ya entrado en años, pero que aún conservaba en vigorosa plenitud sus tendencias galantes, fué operado de un afección sin importancia. Dos días después, le oímos comunicar a un vecino su propia desesperación; decía que le habían inutilizado para siempre y amoldaba su fisonomía al estado de ánimo que es de imaginar. Supimos más tarde que el enfermo simulaba haber sido castrado para ganarse la confianza del incauto vecino y continuar impunemente sus amoríos con la sobrina del mismo.

Astutos simuladores profesionales eran aquellos augures clásicos, que no podían encontrarse sin reir. Y también lo fué aquel Pisístrato de quien dícenos Herodoto que, para satisfacer sus ambiciones políticas, hirióse en varias partes del cuerpo y se presentó al pueblo diciendo que le habían asaltado sus enemigos.