Fácil sería complementar el examen de las simulaciones con el de las disimulaciones astutas[8]; según hemos demostrado, ambos fenómenos son el anverso y el reverso de una sola medalla, teniendo una finalidad y un mecanismo idénticos: todas las cualidades morales se simulan si son útiles y se disimulan si son nocivas.
Simulando la bondad y la virtud medran en la sociedad innumerables pícaros y viciosos; de esa manera parecen menos temibles y burlan la confianza de los que creen en sus falsas cualidades. Hay quien simula la lealtad, para traicionar más eficazmente; hay quien simula la modestia, para que se le confunda con los grandes hombres que generalmente procuran no estorbar a los torpes con su excesivo ingenio; hay quien simula la generosidad, y todos conocemos esos falsos protectores que maniatan a sus protegidos; hay quien simula la ecuanimidad, para herir mejor a las víctimas de su envidia; hay quien simula la caballerosidad, ocultando el abajamiento de sus costumbres. Toda virtud puede ser simulada, desde la caridad por el usurero hasta la ilustración por el charlatán. En el "cuento del tío"—cuyas formas son muchas más de las que persiguen las policías—todo el éxito depende de la habilidad con que un "compadre" simula la candidez, haciéndose, como aquí suele decirse, el "otario".
La simulación de la estupidez es una de las más generalizadas y provechosas. Dado el enorme porcentaje de personas que odian cordialmente todo lo que difiere de ellas mismas, "hacerse el zonzo" es un recurso incomparable en la lucha por la vida y factor seguro de éxito en el trato con personas que son tontas de verdad. Quien necesitando empleo demostrara a su futuro jefe aventajarle en inteligencia o ilustración, sería substituido en la elección por otro que no pudiera constituir con el tiempo un temible rival en la lucha por la vida, sostenida también por el superior. Las mujeres de poco talento suelen temer a los hombres "demasiado corridos". Los profesores mediocres tiemblan de que ingrese al cuerpo docente un profesor brillante; prefieren a los que no pueden echarles sombra, similia similibus. Y en todas partes, poco más o menos, la banal tontería es preferida a la agudeza de ingenio.
Por eso es frecuente que los hombres de mucho talento y de virtudes severas disimulen esas cualidades en su trato diario con personas de mente obtusa o de moralidad equívoca. La sociedad quiere iguales, no tolera diferencias. Al que es evidentemente superior, sólo puede tolerarlo si presenta defectos o fallas que hagan soportables sus cualidades; el que no tiene los defectos, debe simularlos, para ser tolerado; la prudencia lo exige. Si naciera un hombre perfecto no se le permitiría vivir, nadie lo perdonaría; sería indispensable que simulara algunos vicios o tonterías para calmar la alarma o la envidia de los demás. Cuando Eneas descendió a los infiernos, para ablandar al monstruo que vigila sus puertas, llevó una torta y la arrojó al gaznate de Cerbero: "el mérito—comentó Helvecio—para calmar el rencor de sus contemporáneos, debe echar la torta de algún ridículo en la garganta de la envidia". Parecer tonto y tolerante de la tontería ajena, parecer condescendiente con la ajena picardía, es el tributo de simulación que la sociedad exige al ingenio y a la virtud.
Y, repetimos, a cada instante presenciamos estas simulaciones y disimulaciones astutas; en el hogar y en el club, en el comercio y en las artes, en la iglesia y en los parlamentos.
2.º. Para discurrir serenamente del simulador servil, fuera menester librarse de la antipatía que provoca en todo espíritu honesto. Servil es antítesis de hombre. Se es siervo por necesidad y servil por elección. El primero despierta lástima o simpatía; el segundo sólo engendra repugnancia. La vida del hombre servil es un eslabonamiento infinito de simulaciones. Se ha observado que las clases dominantes, de todas las épocas y en todos los pueblos, han cultivado el servilismo de las masas mediante la educación, para asegurar mejor la perennidad de su dominio; así adquiere el hombre servil una moral propia, según la cual sus más íntimas tendencias y deseos son disimulados y sustituidos por otros que son del amo o señor. "Serviles—dice Sergi—son todos los que sirven y están dispuestos a servir a los poderosos: los que se prestan voluntariamente, con la fuerza física o con otros medios, a vencer o castigar a las personas consideradas como rebeldes o contrarias a la voluntad de un dominador, aunque sea del momento; son los que se oponen a toda manifestación de sentimientos independientes o libres, ya sea por la palabra, ya por medio de escritos; también lo son quienes quisieran que todas las personas adorasen a los gobernantes, aprobaran siempre sus actos y se dejasen manejar como carneros, seres inferiores entregados al capricho del amo". (Le degenerazioni umane).
En la genealogía de los simuladores serviles encontramos dos ramas diferentes. Algunas veces trátase de individuos que, después de haber sido espontáneos y sinceros en extremo, sucumben en la lucha por la vida, viéndose obligados a amainar su penacho, a disimular su verdadero carácter y simular el requerido para recuperar posiciones perdidas en la lucha por la existencia; este simulador es, en realidad, un sincero derrotado, que se resigna a fingir. Otras veces se trata de sujetos débiles e inferiores, que tienen suficiente flexibilidad para seguir sistemáticamente en la vida el camino de las menores resistencias; viven sin personalidad propia, ocultando todo cuanto pudiera ser una traba en su carrera y fingiendo todo lo que puede captar favores, simpatías, benevolencias. Ese tipo psicológico es perjudicial a la sociedad; además de ser conservador es reaccionario y se opone a todas las iniciativas de los innovadores.
Psicológicamente, ambos tienen una textura compleja. En la del primero se fusionan el ambicioso, el cobarde y el prudente; en la del segundo el apático, el tímido y el impotente.