Muchos espíritus hermosamente originales, rebosantes de jactanciosa independencia, caen al fin en la simulación servil, adaptándose a las imposiciones del ambiente social que ha neutralizado su personalidad hasta confundirlos con la masa de los amorfos; otros, más hábiles en su docilidad adaptativa, llegan hasta fingir el aplauso al enemigo de ayer, resignándose a servir al que no pueden vencer. Y del segundo tipo conocemos un colega, cuya evolución mental y social hemos seguido paso a paso; la naturaleza fué avara con él de dones intelectuales, pero pudo cursar su carrera constituyéndose en puntual discípulo y servil admirador de todos los profesores. Jamás aparentó dudar de sus palabras, ni atrevióse a faltar a sus lecciones, ni olvidó clasificarlas de insuperables; con ese entrenamiento salvó examen tras examen, sin perder un solo año. Y cada vez que aprobaba una materia, frotábase las manos satisfecho, aconsejando a los reprobados: "con fingir admiración a los profesores, no hay necesidad de leer un solo libro".
Si persistiésemos en esbozar las principales figuras de simuladores serviles encontrados en la vida, nos expondríamos a llenar infinitas carillas que evocarían siluetas harto conocidas. Podríamos recorrer la escala que va del cortesano—por temperamento o por hábito—hasta el esbirro, dispuesto a perseguir mañana a sus amos de hoy; y también encontraríamos a los "meneurs" y caudillos, siempre esclavos de las muchedumbres que creen dirigir.
Sólo citaremos un caso curioso que, por muy conocido, no deja de ser interesante. Dos españoles, pertenecientes a la Masonería, vivían de la propaganda anticlerical, publicando pasquines y panfletos virulentos contra el catolicismo. El negocio comenzó a declinar; entonces los sujetos se presentaron a la iglesia del Salvador de Buenos Aires, abjuraron de su fe masónica y entregaron sus invendibles ediciones de panfletos anticlericales, con los que se hizo público auto de la fe en la nave principal de dicha iglesia. En seguida hiciéronse propagandistas de los Círculos de Obreros Católicos, redactando su órgano oficial y dando a luz numerosos panfletos contra la Masonería. Por supuesto, la conversión era simulada, como todos sus nuevos escritos y discursos; ello no obstó para que durante mucho tiempo, explotaran la interesada credulidad de los católicos mediante esa grotesca simulación.
También podríamos citar muchos políticos, reputados por su elocuente retórica electoral, cuya característica es defender siempre los candidatos del partido que está en el gobierno; si llegan a turnarse diversos partidos, ellos simulan en los diversos casos la misma sinceridad y ardoroso entusiasmo, lo que les vale magníficos triunfos en la lucha por la existencia.
Abreviaremos esta página poco simpática; la pluma no encuentra en ella inspiraciones, ni el carácter ejemplos. Estos simuladores serviles producen nefastos efectos sociales; quien quiera medir la perniciosa acción de los que así sobreviven y triunfan en la concurrencia social, lea las páginas brillantes que Sergi les dedica en el capítulo "Siervos y Serviles" de sus estudios sobre las degeneraciones humanas.
VIII.—LOS SIMULADORES POR TEMPERAMENTO
Hemos dicho que existen dos grupos de factores esenciales. Los mesológicos, propios del ambiente, producen el simulador adquirido; los orgánicos, propios del temperamento individual, caracterizan al simulador congénito. Así como hay mentirosos, valientes, avaros, ambiciosos, que lo son por temperamento y a pesar de todos los obstáculos que el medio puede oponer a su peculiaridad psicológica, así hay también simuladores-natos, en quienes predomina el factor orgánico en la determinación de la tendencia a simular.
En los de este grupo puede no existir un propósito socialmente utilitario; así como el mentiroso-nato miente para satisfacer un impulso de su cerebro, como el pródigo-nato derrocha su fortuna sin medir las desventajas que ello le reporta, como el delincuente-nato se ensaña en la víctima por carecer de sentido moral y no porque en ello tenga lucro, el simulador-nato simula desinteresadamente; la simulación es el fin de su conducta y no un medio para obtener ventajas de otra índole. En este sentido puede considerarse como un juego; y es sabido que el valor biológico de este último consiste en que tiende siempre a adoptar formas de actividad específicamente útiles para la mente y para el cuerpo.
Todo lo dicho puede generalizarse a los disimuladores de esta misma categoría. Estudiaremos aquí los tipos mejor caracterizados del grupo: el simulador fisgón y el simulador refractario.