1.º. Hemos conocido algunos simuladores fisgones. Sujetos mentalmente superiores, hiperestésicos e hiperactivos a la vez, exuberantes de vida y de alegría, su ocupación característica es deleitarse en "tomar el pelo" a los tontivanos, haciendo un verdadero deporte de la fisga: "burla que se hace de una persona, con arte, usando de palabras irónicas o de acciones disimuladas", según la define el Diccionario de la Academia. Esa forma de juego, a puro ingenio, suele llevarlos a simulaciones extraordinarias, elevándolos de muchos codos sobre los demás simuladores.
El fisgón, "que tiene por costumbre fisgar o hacer burla", según la Academia, (la palabra francesa equivalente es fumiste) no simula para adaptarse a las condiciones de lucha por la vida, sino por tendencia natural, expresión, acaso, de simulaciones utilitarias de sus antepasados, transmitidas hereditariamente como tendencia psicológica. El objetivo del simulador fisgón está en la simulación misma y en el placer intelectual que le reporta realizar su propósito. Es, a menudo, un artista de la simulación: trabaja, apasionadamente, por amor a su arte.
La base fisiológica de este tipo suele ser una exuberante salud física, moral e intelectual; sin ella el organismo no tiene el exceso de energías que el fisgón derrocha sin propósito útil, por simple satisfacción de su temperamento. La risa, como fenómeno psicológico—no como expresión mímica, que puede ser inconsciente y muequear sobre el rostro de los idiotas—es un privilegio de la salud y de la superioridad intelectual; entra abundantemente en la psicología de este tipo. Diríanse escritas por un superhombre fisgón las palabras de Nietzsche: "¡De esta corona de risa, de esta corona de rosas rientes me he coronado; he proclamado sagrada mi risa!... Esta corona de risa, esta corona de rosas rientes, a vosotros, hermanos, os la arrojo! ¡He proclamado sagrada la risa. Hombres superiores: aprended, pues, a reir!". (Zarathustra).
Su derroche de actividad prueba que el fisgón posee energías sobrantes en la lucha por la vida. El hombre inferior limítase a economizar, aprovechando útilmente lo que posee para no ser vencido; el juego desinteresado es un derroche y revela superioridad.
Esta última condición le permite fisgarse de los individuos que, no encontrándose en igual caso, luchan ineptamente por la vida. No le guía el propósito malsano de perjudicar a las víctimas de la simulación: sólo busca el deleite de precipitar a otros espíritus en los despeñaderos de sus ficciones. Los candidatos para la práctica de la fisga no son siempre el tonto y el ignorante; el éxito sobre ellos no reportaría al fisgón grandes satisfacciones intelectuales. Cuanto más ilustradas e inteligentes sean las víctimas, tanto mayor es el éxito; el fisgón tiene, casi siempre, cierto orgullo de la propia superioridad; eso, en ciertos casos, le hace cruel para con los vanidosos y solemnes, que prefiere como víctimas de su fisga.
La psicología del simulador-fisgón es compleja; entran en su composición el ironista, el pícaro y el impertinente. Pero todos esos rasgos están convergiendo hacia el objetivo principal: la simulación.
Como casos clásicos de simuladores-fisgones son dignos de recordarse los de "Lemice Terrieux" y "Leo Taxil", ambos franceses, que alcanzaron renombre universal.
"Lemice Terrieux"—nombre que suena Le Mystérieux: el misterioso—es un distinguido escritor francés, colaborador de revistas literarias ultramodernas. Este fisgón simuló, durante muchos años, una serie de inventos y sucesos que descansaban sobre un absurdo, disimulado siempre tras apariencias lógicas; la prensa, las sociedades científicas y el mismo gobierno les prestaron su atención, estudiándolos detenidamente. Llegó, según refieren las crónicas, a engañar a la misma Academia de Ciencias. Con motivo de un accidente ferroviario presentó una memoria a la Academia exponiendo la manera de evitar los accidentes; esa corporación científica la tomó en consideración, apercibiéndose después que se trataba de una colosal simulación científica, la más absurda que imaginarse pueda.
"Leo Taxil"—de pila: Gabriel Jogand Pagés—ha realizado el record de la fisga. Durante doce años simuló ser ardiente católico, dedicándose a combatir la Masonería. Inventó un Rito Paládico o culto de Satanás, para combatirla; una querida suya, también fisgona, simuló ser gran sacerdotisa del Paladismo, convertida por Taxil. La cosa llegó hasta engañar al mismo papa León XIII, quien recibió en audiencia particular al gran fisgón Taxil y mandó su apostólica bendición a la sacerdotisa convertida. Por fin, el formidable fisgón, ante el público más selecto de París, reunido en los salones de la Sociedad Geográfica, describió personalmente todos los detalles de su memorable farsa, declarando que la había organizado por puro placer y porque era "fumista" nato...
En Francia, parecen abundar los grandes simuladores fisgones. Entre sus literatos contemporáneos son numerosísimos los que, aparte de sus méritos literarios, poseen el talento de esta simulación. Mallarmé tiene en sus libros páginas llenas de puntos suspensivos, que el lector debe interpretar subjetivamente. Peladan simula ser gran sacerdote de ritos que no existen y dice profesar el culto del androginismo. D'Annunzio (italiano que ha sufrido contagios franceses) ha simulado, en sus primeros libros, ser partidario del amor sororal y pueden considerarse como simples ficciones los más de sus "refinamientos" amorosos. Se comprende que el primero no ha creído que significaran algo sus puntos suspensivos, ni el segundo aspiró a convertirse en andrógino, ni el tercero amó a sus hermanas: son, simplemente, estetas de la fisga. En verdad, Nordau ha incurrido en error interpretando como signos degenerativos algunos hechos simulados, simple producto de una fisga complicada de estetismo.