Existen dos grupos de simuladores: los congénitos y los adquiridos. En los primeros predomina el temperamento individual; en los segundos la influencia del medio social. En otros casos la tendencia a simular surge sobre fondo patológico.

Por la combinación de su carácter fundamental con otros secundarios, los simuladores pueden clasificarse en tres grupos y seis tipos principales. Los simuladores mesológicos ("astutos" y "serviles"); los simuladores por temperamento ("fisgones" y "refractarios"); los simuladores patológicos ("psicópatas" y "sugestionados").

Los simuladores mesológicos, determinados por el ambiente, exageran una forma normal de lucha por la vida; los astutos y los serviles son harto numerosos.—Los simuladores por temperamento y los patológicos constituyen una minoría; la simulación no es, para éstos, un medio de adaptación a las condiciones de la lucha por la vida, sino el exponente de una modalidad psíquica especial.

NOTAS:

[4] Carlos Alfredo Becú en su estudio sobre "La moral de la Lucha por la Vida", observa que imitar y simular son condiciones de éxito en la lucha por la mejor adaptación a la vida social.

"Si fuera necesario desarrollar aún más esos principios de ética social, llegaríamos a preconizar, no sólo la necesidad de evitar las divergencias, sino la obligación moral positiva de identificarnos, en absoluto, con el medio social. En otras palabras, abdicar de nuestra personalidad, pues su acción podría obstaculizar nuestro triunfo en la lucha. Es lo que se llama habilidad en la vida, englobando en esta palabra un grupo de procedimientos encaminados a templarnos al unísono de nuestros conciudadanos. Es, en resumen, erigir en principio de moral social la supresión de nuestras individualidades, ahogadas en la necesidad de imitar a los demás o simular sus caracteres. Es este un principio darwiniano, cuya excelencia, considerándolo como la mejor templada de las armas para la lucha por la vida, puede ser demostrada también con argumentos darwinianos. Es, en efecto, la reproducción dentro de las sociedades humanas, de una curiosa forma de adaptación al medio estudiada en ciertos insectos por Alfred Russell Wallace, el co-creador de la doctrina de Darwin, naufragado luego en un pantano espiritualista. Llamóle mimicry, que se traduce mimetismo, y consiste en una adaptación tan perfecta del animal al medio, que no sólo ha conseguido organizar su fisiología para la vida en cierto ambiente, sino que ha copiado con pasmosa fidelidad, su forma, tamaño, coloración, etc. De esta manera, el insecto, que vive entre hojas verdes o ramitas secas, consigue parecerse tanto a una hoja o a una ramita, que pasa desapercibido entre ellas, y se libra así de sus enemigos; es, como vemos, un excelente medio de luchar por la vida. Un ejemplo criollo de mimetismo es el mamboretá, lindo bichito vinculado a ciertas agradables reminiscencias infantiles. Es una verdadera hoja de gramilla tierna, y se necesita toda la perspicacia de un muchacho travieso para descubrirlo, cuando, estirando sus patas largas y delgadísimas, se desliza entre las matas de pasto."

Un hombre-mamboretá es el ejemplar más perfecto de la especie, en cuanto a sus aptitudes para la lucha por la vida; a esta conclusión nos lleva una ordenada lógica, partiendo de la doctrina darwiniana. Es, como vemos, un concepto radicalmente distinto del usual en los malos comentadores del pensador inglés, y especialmente, de quienes han intentado edificar sociologías rengas sobre sus principios biológicos.

Sería acaso inútil confirmar con ejemplos la teoría anterior. Basta recordar que la imitación es, según Tarde, la más enérgica de las fuerzas sociales; y esta simple mención del sociólogo francés, me evita la ingrata labor de diluir pensamientos ajenos para confirmar lo propio. Y si de la imitación pasamos al verdadero mimetismo, considerado como medio de lucha por la existencia, los ejemplos no serán menos frecuentes. Son repeticiones de ideas o doctrinas, declaraciones, frases e interjecciones, o bien, en una situación más evidente, copias de insignias, prendas de indumentaria. Recuérdese la importancia de sacar cruces y otros emblemas durante ciertas persecuciones religiosas, o chalecos colorados bajo el gobierno de don Juan Manuel de Rozas. Estos últimos casos de mimetismo, en nada se diferencian del estudiado por Wallace.

"Pero sin recurrir a ejemplos que pueden considerarse excepcionales, bastará un examen imparcial y sensato, aunque somero, para convencernos de que la organización social contemporánea impone ese mimetismo como norma de moral colectiva, y como condición para vivir en sociedad. Recuérdese lo dicho anteriormente sobre la habilidad en la vida.