Las causas varían al infinito. Una joven señora, a la que nada faltaba en su hogar, sentía necesidad de ser infiel a su marido; celoso éste, no la dejaba satisfacer sus inclinaciones. Ella, entonces, simuló estar afectada de histeria; el esposo, en presencia de sus ataques, cada vez más intensos, le permitió recorrer varios consultorios médicos, donde ella obtenía de los facultativos el único remedio compatible con su enfermedad. Otro falso enfermo ofreció el reverso de la medalla; era un joven ligado por vínculos de convivencia a una mujer que no amaba; faltándole valor para abandonarla sin justificación, fingióse enfermo, consultó al médico y le refirió ciertos datos que imponían el diagnóstico de una enfermedad vergonzosa. Provisto de las correspondientes recetas, inició un tratamiento de fricciones mercuriales y yoduro; la víctima del engaño se apresuró a averiguar para qué servía ese tratamiento y cuando lo supo le abandonó indignada. El simulador obtuvo así el éxito más completo.

En la forma parcial de agravación de los síntomas, la simulación de enfermedades es frecuentísima en los hospitales, donde los huéspedes quieren evitar que se les despida para no perder la pensión de la beneficencia pública. Enfermos curados, al despedírseles, simulan ser nuevamente atacados por la enfermedad o acusan la simple exageración de alguno de los síntomas. Quien haya asistido a una sala de hospital conoce la frecuencia de esos casos.

Otro falso enfermo recorría consultorios particulares exponiendo sus lamentaciones por imaginarias dolencias; cuando el médico había formulado la receta, el presunto enfermo se echaba a llorar y confesaba, con voz entrecortada por sollozos, que faltábale dinero para adquirir los medicamentos. El médico, por verdadera generosidad o por librarse del importuno, dábale la suma necesaria para la adquisición de los remedios. El dinero no terminaba en la farmacia, sino en la taberna, donde el simulador bebía a la salud de la credulidad médica.

En las prácticas de la justicia menuda es harto conocido y explotado el expediente de las enfermedades simuladas, ya para eludir citaciones del juez, ya para evitar un desalojo forzoso del domicilio. En algunos casos hay simple pretextación o alegación de enfermedad; otras veces, cuando el juez puede ordenar se verifique la verdad del padecimiento alegado, el supuesto enfermo se mete en cama, simulando ante el físico los síntomas de la enfermedad certificada por un médico amigo.

Una menor de edad presentóse ante la justicia de Buenos Aires exhibiendo lesiones que decía le causara su padre, para disuadirla de un noviazgo sentimental e inducirla a un matrimonio de conveniencia; el juez quitó al padre su patria potestad y autorizó el casamiento de la menor. Por vía extrajudicial se supo que las lesiones no se las había inferido el padre sino la misma menor, por consejo del novio. Pero ya estaban casados.

En la clínica de criminología del profesor De Veyga es frecuente ver individuos que se presentan a los médicos simulando enfermedades diversas; su propósito es ser enviados a un hospital para sanar allí en seguida y recuperar inmediatamente la libertad. Otros, afectados por enfermedades crónicas, reumatismos, gota militar, tuberculosis, se limitan a simular una exacerbación de los síntomas o una crisis aguda de su mal.

Los casos enunciados dan una idea de la innumerable diversidad de causas que pueden motivar la simulación de estados patológicos y del variado aspecto clínico que ella puede revestir. Pero tres son las formas notables, abarcando por sí solas la mayor parte de las cuestiones médico-legales.

La primera encuentra su origen en la aversión al servicio militar y es usual en los conscriptos que pretenden eludirlo; cuenta una bibliografía muy vasta y ofrece buen número de casos en la observación diaria. La segunda es la explotación de la beneficencia por falsos mendigos; aunque su aparición es antigua como la caridad misma, su bibliografía es corta y no sistemática. La tercera consiste en la simulación de enfermedades mentales con el propósito de eludir la acción de la justicia penal, siendo privilegio de los delincuentes que se encuentran procesados.

Analizaremos brevemente las dos primeras, limitándonos a dar su interpretación general mediante un criterio sociológico; lo único original que cabe a su respecto. De la tercera nos ocuparemos en la parte especial.