1.º. Eludir el servicio militar.—Los estudios sociológicos demuestran que la fuerza brutal, colectivamente organizada, fué en los siglos pasados el medio más común de lucha por la vida entre las tribus, las naciones o las razas. En este hecho encuentra su origen el sentimiento patriótico: es la representación psicológica colectiva del sentimiento de solidaridad entre los miembros de un estado.
La organización progresiva de las instituciones militares tiene por objeto hacerlas más eficaces para sus fines. En esas condiciones es lógico que todos los miembros de una sociedad cooperen a la tarea colectiva de la guerra, cuando los intereses comunes lo exigen. Consecuencia de ello es el derecho de la sociedad para imponer a los individuos la obligación del servicio militar; se considera como un verdadero delito el acto antisocial de simular una enfermedad para eludir ese deber.
Así han nacido las disposiciones legales que castigan a los simuladores de estados patológicos, siendo su consecuencia el refinamiento de los medios empleados para descubrirlos.
Pero todas las instituciones evolucionan. A medida que los pueblos se civilizan, las formas de lucha por la vida se mortifican y los medios empleados en ella se transforman. Las nuevas formas de organización económica han elevado la capacidad productiva de los pueblos; la guerra militar para la conquista de las fuentes naturales de riqueza tiende a ser substituida por otra guerra económica que conquiste mercados para los excesos de producción. Por eso entre pueblos civilizados la guerra tenderá, cada día más, a ser una contradicción con la civilización misma; si aún es posible,—lo es, pues se produce,—débese a que las instituciones políticas no han evolucionado en armonía con el desenvolvimiento de la capacidad económica de la humanidad. Pero ya, al concepto de patria, como forma límite del sentimiento de solidaridad, los espíritus que escrutan el porvenir tienden a substituir el concepto de la solidaridad entre todos los países homogéneamente civilizados, ampliando el sentimiento patriótico con el de humanitarismo.
La difusión de esas ideas impone modificar el criterio médico-legal con que hasta nuestros días se ha encarado el problema de la simulación de enfermedades para eludir el servicio militar. Es justo, ciertamente, castigar esos hechos si se los considera como la transgresión de un deber social; pero no lo es menos que ese deber deja de serlo en algunos individuos, convencidos del carácter pernicioso de la guerra entre naciones civilizadas. No es sorprendente, pues, que viendo en el militarismo una causa de guerra y de despotismo, algunos hombres traten de eludir el servicio de las armas que riñe con sus más íntimos sentimientos. Hay factores altamente morales que justifican esa repulsión; el militarismo ha sido señalado como causa de injusticia y de opresión, contrario a toda justicia y derecho. Se ha dicho que es una escuela de asesinato colectivo e irresponsable; las investigaciones de A. Hamon sobre la "psicología del militar profesional" tienden a probar que en el ambiente del cuartel domina una moralidad baja y antisocial. Frente a la sociedad, que obliga legalmente al ciudadano a ser soldado, el hombre bueno y humanitario puede tener horror al cumplimiento de lo que no considera un deber, sino una coacción.
Esas razones morales inducen a pensar que la simulación de enfermedades en los conscriptos no cederá a los pobres recursos de los médicos militares, ni será eficazmente combatida por la coerción de leyes especiales. Los artificios inventados para descubrir a los simuladores son recursos explicables por la necesidad de servir a la ley; pero revelan desconocimiento de otros factores que mueven los sentimientos humanos y transforman las instituciones sociales.
No haremos inventario del arsenal de los médicos militares contra las enfermedades simuladas; ellos están expuestos a errores inhumanos y no evitan la injusticia de imponer el servicio militar, a quien lo considera inmoral. Por referencia de alguien que lo presenció, conocemos el caso siguiente: en una Sanidad Militar se aplicaron a un sordo-mudo verdadero ciento ochenta puntas de fuego, en varias sesiones, por sospecharse que fuera simulador.
Nosotros vemos la cuestión de otra manera. El militarismo, cumplida su evolución histórica, debe tender a atenuarse entre los pueblos civilizados, cuestión de años o de siglos. Esa atenuación será progresiva, restringiéndose el tiempo del servicio militar; de sus actuales formas permanentes pasará al fin a ser un agradable deporte cívico, como es ya en Suiza. De esa manera desaparecería la necesidad de simular enfermedades para eludirlo.
La verdadera profilaxia consistirá en el advenimiento de formas superiores de civilización, donde las luchas violentas sean reemplazadas por la competencia en el mercado de la producción y por nuevas normas jurídicas de las relaciones internacionales. Ésa es la única profilaxia; obra de lustros, de siglos, poco importa: los siglos son ínfimos espacios de tiempo en la evolución de la humanidad.
2.º. Explotación de la beneficencia.—Diversas monografías, curiosas algunas, novelescas otras, han ilustrado este grupo de simulaciones, cuyo fin es la explotación de la caridad pública y privada. Víctor Hugo le dedica párrafos hermosos en su imperecedera "Notre-Dame de París".