Vemos, pues, frente a la teoría biosociológica, al organicismo spenceriano, extremado por los antropo-sociólogos y los partidarios del "darwinismo social", esta nueva concepción, más científica: la económico-sociológica. Llamada, impropiamente, por algunos, "materialismo histórico" o "materialismo económico", "economismo histórico", "teoría económica de la historia", etc., esta doctrina es compartida actualmente por un núcleo selectísimo de sociólogos. Lo más importante es que ella es aceptada de hecho por casi todos los que se proponen contradecirla.
Aunque este es nuestro criterio, las conclusiones a que llegaremos pueden aceptarse por cuantos observan bajo distinto prisma la vida social, pues no se oponen a las demás teorías sociológicas.
II.—EVOLUCIÓN DE LA LUCHA POR LA VIDA ENTRE LOS HOMBRES
El principio de la lucha por la vida, y la consiguiente selección de los mejor adaptados, domina soberano en la evolución del mundo biológico; las justas atenuaciones que está sufriendo ese concepto por los estudios de la escuela neo-lamarckista, no conmueven, en lo fundamental, el sólido esqueleto de la doctrina de Darwin.
Pero en la evolución del mundo social, las condiciones de la lucha por la vida son modificadas por el incremento de un factor propio de la especie humana; la capacidad de producir medios de subsistencia determina la formación de un ambiente artificial (económico) dentro del ambiente natural (cósmico) y modifica sensiblemente las condiciones de lucha por la vida entre los hombres.
Esta idea, clara y definida, es, sin embargo, combatida por exagerados discípulos de Darwin; la culpa no es del genial naturalista de Schrewbury, sino de los que complican en esto su nombre. Pocas doctrinas han logrado imponerse tan rápidamente como las darwinistas; pero pocas han sido objeto de más torcidas interpretaciones por parte de sus enemigos, y aun de algunos de sus partidarios.
Las aplicaciones que de ellas pretende hacer la escuela sociológica llamada "darwinismo social", son exageradas; se olvida que el fenómeno biológico entra en la determinación del fenómeno social, pero no lo constituye por completo, pues éste es más complejo. Sus partidarios constituyen la extrema izquierda del organicismo. Algunos sociólogos—Novicow, Lilienfeld y otros—han llegado a convencerse de la identidad absoluta entre los agregados orgánicos y los agregados sociales, entre organismo y sociedad; han excedido a Spencer, no concediendo siquiera que las sociedades sean superorganismos.
Consecuentes con sus premisas, los sociólogos representantes de esa tendencia sostienen que la lucha por la vida es la ley superior de la evolución en los agregados sociales, en la misma forma que en la evolución de los agregados orgánicos. El progreso de la especie vendría a ser un resultado del conflicto permanente en que viven los individuos entre sí, los individuos y los agregados sociales, los agregados entre sí.
Ese criterio, tomado en su expresión absoluta, no es verdadero, no corresponde a la realidad, tal como la observamos. Estudiando la evolución de los grupos sociales, se ve que frente al principio de antagonismo, encarnado aisladamente en la conocida máxima de Hobbes, aparece y se desarrolla progresivamente otro principio compensador, el principio de la solidaridad social, fundado en la utilidad de la asociación para la lucha por la vida.
En ninguna mente que ha llegado a comprender el hecho natural de la evolución de las especies, cabe la idea de suponer que la asociación y la solidaridad aparecen inesperadamente en la evolución de la especie humana, como si un fiat misterioso interviniera para modificar su curso; ellas tienen sus manifestaciones rudimentarias en el reino vegetal, se definen claramente en las especies animales llegadas a cierta etapa evolutiva, y, por fin, asumen importancia mayor en la evolución humana, influyendo sobre las condiciones de desenvolvimiento de la lucha por la vida, su principio antagonista.