En la revolución entran como partes principales, la herejía, la injusticia, la ambición y el egoismo humano.
Antes del protestantismo, las herejías tuvieron carácter particular, negando unas un dogma, otras otro; pero el libre examen de la reforma se opuso en primer término á la autoridad de la Iglesia, fundamento de todos los dogmas; y por esta razón, cuando el libre examen se aplicó á la sociedad, nacieron esas luchas de los pueblos contra los soberanos, y de éstos contra sus pueblos; luchas inspiradas por las nuevas doctrinas y sostenidas por el derecho que cada parte se atribuía para que prevalecieran sus ideas y el sistema de gobierno que se proponían; y esto es lo que forma el espíritu de la revolución y sus obras perturbadoras.
En Alemania, donde primero se separaron los pueblos de la Iglesia, no tuvo la Revolución un carácter general por los distintos principados en que estaba dividida; mas en Inglaterra, el movimiento revolucionario se generaliza, y se encuentra con un rey y lo decapita; lo mismo hace después en Francia, donde halla un trono trece veces secular y lo hecha por tierra, llevando á la guillotina al infortunado Luis XVI; como en España destierra á Isabel II, rompe la unidad católica y concede la libertad de blasfemar de Dios.
En presencia del espíritu revolucionario, los reyes sintieron vacilar sus tronos, y no teniendo base firme en que apoyarse, transigen con la Revolución, aceptando algunos de sus principios y pactando con sus súbditos la clase de libertades que habían de gozar; y entonces se formaron las constituciones más ó menos liberales y revolucionarias; pero como ni los reyes separados de la fuente de la justicia podían ser justos, ni los pueblos leales, continúa la lucha de los reyes contra la exigencia y rebeldía de los pueblos, y la de éstos contra las injusticias y el despotismo de los reyes; entonces todos los gobiernos, para defenderse, empezaron á aumentar sus ejércitos.
Con la paz armada, no se pueden contentar los hombres; porque por un lado es insostenible á causa de los gastos que origina, y por el otro, no sirve para acabar con las ambiciones de los hombres, ni tampoco hace más justos y benéficos á los gobiernos.
Los gritos de la revolución, se han venido acallando con la fuerza y las concesiones por algún tiempo, pero ya los verdaderos amigos de la revolución se han cansado de esperar su triunfo completo en todos los órdenes y para todos los ciudadanos, y no quieren libertades á medias, ni que unos se sienten á la mesa opípara del presupuesto y otros no tengan ni migajas que comer; ni tampoco quieren que unos trabajen hasta ser víctimas de su desgraciada suerte, y otros no tengan más que pensar en nuevas comodidades y en placeres nuevos; y como no ven en lo humano razón alguna para esta espantosa desigualdad, y no han aprendido la resignación cristiana, en el paroxismo de su despecho y amargura han declarado la guerra á los ricos y á los burgueses, á los gobiernos y á la sociedad, y levantan, llenos de envidia y de furor, la negra bandera de la Anarquía.
Siendo el anarquismo un desarrollo procaz de la Revolución, no se puede combatir con éxito, sino acabando con ella, es decir, dejando de ser revolucionarios los gobiernos, para que en los pueblos desaparezca la Revolución.
Los representantes de los gobiernos europeos se reunieron en Roma para tomar acuerdos radicales contra los anarquistas.