Desde el siglo XVI, la palabra Reforma viene resonando por todas partes: la Iglesia consideró necesaria la Reforma y comenzó á hacerla, pero sus enemigos tomaron la bandera y por ellos se hizo la falsa Reforma.

Y desde entonces todo se ha querido reformar en el mundo: las ciencias y las artes, el derecho y las leyes, las costumbres y la sociedad, y todo se ha trastornado, como lo fué la religión en las naciones en que triunfó el protestantismo: los hombres no pueden tocar los principios sagrados de la religión, de la sociedad y de la familia, sin profanarlos y destruírlos.

España, la nación más libre del universo con la libertad de los hijos de Dios, quiso también, mal aconsejada, tener su libertad liberal y sus reformas políticas, y desde esa fecha su decadencia se precipitó, como la bola puesta en un plano inclinado.

La catástrofe que nos aflije, ha hecho olvidar á muchos las palabras reforma y libertad, para recordar á todos la palabra REGENERACIÓN.

Ésta es la que se oye por todas partes, la que escriben los periodistas, la que proclaman las asambleas del comercio, la que invocan los políticos fracasados y la que sirve de bandera á los que ambicionan el poder.

Quiera Dios que ya que tan cara nos ha costado la libertad, y tan mal nos han salido todas las reformas, que no caigamos en más hondo abismo al emprender el camino de la regeneración de la patria.


Pocas veces se manifiestan en una nación unánimes los pareceres, como ahora entre nosotros.

Todos los españoles, ya inocentes, ya culpables, ora blancos, ora rojos, estamos conformes en dos cosas: en que nuestra patria se halla necesitada de una urgente y completa regeneración, y en que todos los políticos son culpables de su actual abatimiento: lo primero es verdad de sentido común, y lo segundo lo han declarado los mismos interesados, desde Montero Ríos con su cuento de Meco, hasta Canalejas que sigue siendo político por expiación.