Cornias, con la agilidad y presteza de un mono, empezó a cumplir la orden desanudando la estacha de proa para largarla.

—¡Espera!—le dijo de pronto Leto, con una inflexión de voz que revelaba algo de extraño para Cornias.

Suspendió éste la tarea y miró a Leto, que estaba a popa y sobre las puntas de los pies, como fascinado, con los ojos fijos en la blanca silueta de Nieves que acababa de aparecer en lo alto del Miradorio.

—¡Ay, carape!—se dijo:—con esto no contaba yo ahora. ¿Habrá visto el yacht aparejado desde allá arriba? ¿Vendrá acá?... Por las trazas, sí... ¡Pues buenas están las mías para recibirla, carape!... Pero, bien mirado, no estoy sucio ni roto... ¿Y si no nos ha visto, ni viene a lo que yo presumo? ¿Espero?... ¿Me largo?... ¡Largarme! ¡Tendría que ver! ¿Podría, aunque quisiera? ¡Pues no están vibrándome las fibras todas como si de pronto me hubiera henchido de la salud que me faltaba?... ¡Carape, carape, hombre, qué cosas éstas tan extrañas!... Ya no la veo... ¿Por qué no serán transparentes los breñales que me la tapan ahora? ¿Por dónde echará? ¡Por dónde, por dónde! ¿Tienes más que ir a verlo, simplón, cuanto más que estás deseándolo?... Eso sí; pero ¿cómo lo tomará? ¿A bien? ¿A mal? ¡Ay, qué arrastradas desconfianzas estas mías, que no acaban de curárseme! A la una... a las dos... ¡Cornias!—dijo en voz alta—, atraca otra vez... y aguárdate así, que vuelvo enseguida.

Saltó a la escalera, la subió en dos zancadas, atravesó el muelle y el andén en muy pocas más, tomó el camino del Miradorio; y al dominar el primer recuesto se halló cara a cara con Nieves que venía por el entrellano a todo andar también, algo sofocadita y un poco anhelante; pero muy mona, ¡muy mona!

La pobrecilla temía llegar tarde: había visto desde allá arriba el grimpolón azul, y por él había presumido que estaba el Flash atracado al muelle; y estando atracado al muelle, sería para salir a navegar por alguna parte... «Pues buena ocasión», se había dicho entonces. «Puede que Leto quiera llevarme»; y hala, hala, hala... ¡qué ira le daba aquel pedazo de camino tan escondido del muelle, donde era inútil hacer una seña o dar una voz! ¡Y si entre tanto se largaba el yacht? ¡Y ella que tenía tantas ganas de darse otro paseo en él! Desde el último, once días lo menos... y dos sin subir Leto a Peleches, ni dejarse ver por ninguna parte. ¿Había estado enfermo? ¿estaba enfadado, resentido de alguna cosa? ¡Qué injusto sería en ello! En Peleches, todos, todos le estimaban mucho y le estaban muy agradecidos.

Bien poco le quedaba que hacer a Leto en aquella escena que tanto le imponía desde lejos. Todo se lo daba hecho Nieves; todos los caminos le abría ella; y ¡con qué dulzura de mirar, con qué timbre de voz tan melodioso, con qué volubilidad tan espontánea y hechicera! Había que ser un leño para no atreverse, con aquel estímulo que le parecía sobre humano, a ser un poco sincero y expresivo también; y se atrevió a serlo. Dijo el por qué de no haber subido a Peleches en dos días. ¡Él enfadado, él ofendido! ¡Eso si que era no conocerle!.. ¡cuando precisamente las horas de esos días se le habían hecho siglos! Para entretener el tiempo mejor hasta la noche, en que pensaba volver a la tertulia de Peleches, había resuelto pasar la mañana en la mar; y estando ya desatracando el yacht para franquearse, la había visto a ella bajar por el Miradorio, y había salido a su encuentro para ponerse a sus órdenes, por si no había visto el balandro aparejado, o no venía con ánimos de embarcarse en él. ¡Carape, si recalcó lo de las horas largas, y estuvo valeroso y ocurrente en otras finezas semejantes el hijo del boticario! Y Nieves, tan ufana con ellas y tan agradecida. ¡Que le preguntaran entonces si la cruz de su nueva vida le pesaba, y si, para descargarse de ella, quería volver al limbo por que suspiraba poco antes!

Pero ¿por qué andaba Nieves por allí a aquellas horas? También se atrevió Leto a preguntárselo, caminando ya los dos hacia el muelle; y resultó que Nieves y su padre, después de dar un largo paseo en dirección a la mina, se habían sentado a leer en la Glorieta: don Alejandro un periódico, y ella aquel libro que traía debajo del brazo; don Alejandro se cansó muy pronto de leer, y se volvió a casa con propósito de destinar toda la mañana a despachar su correspondencia atrasada; ella se quedó leyendo, y advirtió a su padre que pensaba darse después una vuelta por el Miradorio, como hacía muchas veces. Desde el Miradorio había columbrado el palo del balandro con su grimpolón azul, y las pícaras tentaciones habían hecho lo demás.

—De manera, Leto—dijo en conclusión y deteniéndose para decirlo—, que ese paseo va a ser de contrabando, porque papá no sabe nada de él. Téngalo usted muy en cuenta y dígame qué tiempo se necesita para darle por la mar... porque ha de ser por la mar el paseo de hoy, o no me embarco.

—Pues por la mar será si usted quiere—respondió Leto, hechizado ante el aire resuelto de la animosa sevillana—, y podemos estar de vuelta antes del mediodía.