—Corriente—repuso Nieves después de meditar unos instantes, con el entrecejo fruncido.—Y dígame usted ahora, en conciencia de buen amigo y hombre honrado: ¿hago yo bien o mal en estas cosas?

—¿En qué cosas?—la preguntó Leto algo sorprendido.

—En venirme sola a correr aventuras de esta especie... Es pregunta que me he hecho a mí misma muchas veces, y una no más a papá.

—Y ¿qué le ha respondido a usted su papá?—volvió a preguntarla Leto, entrando en más hondas aprensiones.

—Ya ha visto usted cuántos paseos he dado sin él en el balandro, con muchísimo gusto suyo... Algo le inquietan los peligros del barco, por su poco juicio; pero como yo no los temo y usted es buen piloto, con tal de que yo me divierta... En lo demás, él es de opinión de que no se viene aquí a guardar etiquetas, ni a hacerse esclavo de miramientos vanos.

—Muy bien pensado.

—Eso creo yo también; pero ¿y ciertas gentes? ¿pensarán lo mismo?

—¿Se fía usted de mí, Nieves?

—Como de mi padre: se lo juro a usted.

—Pues entonces, ¿qué le importa a usted el juicio de esas ciertas gentes? Haga usted su gusto y ríase de ellas.