—¿Lo cree usted, Leto?
—De todo corazón.
—Pues no se hable más de esto..—Y dígame usted. ¿está el día a propósito para salir a la mar?
—¿Lo intentaría yo si no lo estuviera, Nieves? Y dígame usted a mí: ¿no se incomodará don Alejandro conmigo cuando sepa que sin su permiso he consentido en hacer eso que tan poco le gusta a él?
—No, señor, con tal de que estemos de vuelta antes de que él pueda alarmarse con mi tardanza.
—Eso corre de mi cuenta. Son las nueve menos cuarto... a poco más de las once puede usted estar en Peleches... porque no hemos de llegar a la Isla de Cuba... digo, cuento con que no se te antojará a usted.
—¡Me hace gracia la ocurrencia!... ¿Y si se me antojara, Leto?
—¡Si se le antojara a usted?... También eso me hace gracia a mí. Pues tenga usted la bondad de que no se le antoje, por de pronto... ¿Se cansa usted con el paso que llevamos?
—¡Bah!
—Es que no hay tiempo que perder si hemos de salir con la vaciante y antes de que salte la brisa. Por eso me he permitido...