—Dos, Nieves...

—Tres, Leto: lo recuerdo bien.

—Conmigo, sí; pero llevándola a usted, no me atrevo.

—¿Teme usted dar la voltereta?

—Eso nunca; pero hay otros peligros...

—Pues las tres tablas quiero. Ya estoy acostumbrada a los balances, y esto me va pareciendo delicioso.

Leto, a reserva de engañarla con un artificio bien disimulado, la prometió complacerla, porque no tenía fuerza de voluntad para contrariarla.

—Pues a ello—dijo—, y agárrese usted bien que voy a preparar la arribada.

Apartó su atención de Nieves, y la puso toda en el yacht.

—La verdad es—pensaba—, que la ocasión es de oro para hacer eso y aun otro tanto más; pero ¡carape!... no señor, no señor: tiento, tiento, que no llevas a bordo sacos de paja... Y lo está deseando el maldito. ¡Qué luego sintió la caña! ¡Allá vas! Ya está sorbido el carel... ¡Hola, hola! garranchitos a mí por la proa, ¿eh? Toma ese hachazo por el medio... y ese par de rociones para duchas... ¡Carape con la recalcada!... Una tabla... Esto ya es andar... y embarcar agua también... Pues otro poquito más de caña ahora... para probar... ¡nada más que para probar!... Ya está la segunda. (Alto). Vaya usted contando, Nieves: dos tablas...