—Una y media—respondió Nieves al punto—. Hasta tres...

—¡No sea usted tentadora! Dejémoslo en las dos, y crea usted que es bastante.

—¿Hay miedo, Leto?

—¡Tendría que ver!

—Pues lo parece.

—Vea usted los delfines otra vez... Los puede usted alcanzar con la mano. ¿Serán capaces de pretenderlo, los muy sinvergüenzas? Pues al ver lo que se arriman y se presumen... Las gaviotas... Mire usted esa nube de ellas escarbando con las alas en el mar: allí hay un banco de sardinas...

—Lo que usted quiere—dijo Nieves pasando su mirada firme de los delfines y de las gaviotas a Leto—, es distraerme a mí del punto que estábamos tratando; pero no le vale... ¡Las tres tablas, Leto!

Leto empezó a creer que no había modo de resistirla ni de engañarla...

—Pues las tres tablas—dijo—; pero ¡muchísimo cuidado, Nieves!

Y se dispuso a complacerla, comenzando por olvidarla para no ser más que barco inteligente.