—La señorita desea hablarte: baja.

Y bajó al fondo del pozo. Allí levantó la cabeza, y enderezó lo más que pudo la mirada al ventanillo de la puerta; y tal efecto le produjo la expresión dulce y melancólica de la carita de Nieves, incrustada en el hueco, y el cariñoso interés con que le miraba a él, al ínfimo Cornias, que comenzó a inflar los carrillos y amagar sollozos; con lo cual Nieves se enterneció también algo, y ninguno de los dos articuló palabra.

Observado por Leto y queriendo dar fin a la escena que tan dificultosamente empezaba, con el pretexto de que andaba el yacht en las proximidades del muelle, pidió permiso a Nieves para enviar a Cornias a su sitio; y la dijo en conclusión:

—De eso ya hablarán ustedes otra vez.

Fuese Cornias y preguntó Nieves a Leto:

—¿Tan cerca estamos ya?

—En cinco minutos llegamos...

—¡Ay, Dios mío!—exclamó Nieves, palideciendo algo,—¡qué hormiguillo me entra ahora!... ¿Será miedo?

—Hay para tenerle,—contestó el otro tiritando en su interior.

—Pues ánimo—repuso ella con la voz algo insegura—, y pensemos en lo más para no temer lo menos. Antes se lo dije también. Y ahora me vuelvo a mi escondrijo, hasta que pueda salir de él vestida de persona mayor... ¡Ah!... se me olvidaba—añadió después de haber retirado un poco la carita del ventanillo—: he visto en el armario unas flores iguales a las que llevaba en el pecho esta mañana, si no son las mismas...