—Lo son,—respondió Leto hecho una grana, como si le hubieran achacado el robo de un panecillo.
—Pues ¿cómo están allí?—preguntó Nieves gozándose en el bochorno de Leto.
—Porque se le estaban cayendo a usted del pecho cuando la tendimos desmayada sobre el banco... y le dije yo a Cornias, después de recogerlas con mucho cuidado, que las guardara..., por si preguntaba usted por ellas.
—Muchas gracias, Leto, aunque ya no me sirven. Puede usted tirarlas, si le parece.
—¡Eso no!—contestó Leto sin pararse en barras, acordándose del lance del Miradorio—. Bien están donde están, puesto que usted no las quiere.
—Y ¿no estarían mejor—preguntole Nieves, con una sonrisilla que hablaba sola—, en otra parte... por ejemplo, con cierto clavel rojo, en el mismo libro, como apunte de dos fechas importantes?... En fin, al gusto de usted... y hasta luego... y corrió la tablilla de cuarterón.
—¡Lo propio que yo estaba pensando!—exclamó Leto para sí—. Dos fechas: el principio y el fin; porque esto es ya el acabose... ¡Cornias!—gritó de pronto—. ¡Arría!
Arrió Cornias el aparejo que le sobraba al balandro; y así continuó éste deslizándose hasta atracarse a los maderos del muelle, con la misma precisión que si llevara medidas a compás las fuerzas y la distancia.