—Pues de pasear...

—¿Desde que yo te dejé?...

—Desde que tú me dejaste. Cabal.

—¡Canástoles con el paseo! Pues ¿hasta dónde has llegado?

—Hasta... hasta donde siempre... sólo que, verás, me estuve en el banco en que tú me dejaste en la Glorieta, lee que te lee hecha una tonta, y me bajé después muy despacio hasta el Miradorio... Viéndome allí ya, como estaba la mañana tan hermosa, alargué el paseo hasta cerca del muelle; pero cuando más descuidada estaba, oigo el reló de la Colegiata, me pongo a contar, ¡Dios mío! y cuento las doce. Entonces tomé la cuesta muy corriendo; y por esa me ves algo agitada. ¿Te he hecho esperar, papá?...

—No, hija; esperar, precisamente esperar... no.

Mientras Bermúdez respondía así, con aspecto y ademanes de extrañeza, Nieves, inquieta y nerviosa, le miraba... le miraba... como codiciando algo que no se atreviera a pedirle.

—¿Me dejas darte un beso?—le preguntó al fin.

Y sin aguardar la respuesta, con los ojos empañados y casi llorando, se colgó del cuello de su padre.

—Pero, hija mía—le dijo éste, costándole trabajo desprenderse de ella—, ¿a qué vienen esos extremos ahora? ¿qué te pasa?