—Nada, papá,—respondió Nieves dominando su emoción—; sino que como nunca me ha ocurrido... venir sola tan tarde, y te habré tenido con cuidado... Me lo perdonas, ¿verdad?
—¡Si no he salido de mi gabinete en toda la mañana, alma de Dios, ni contaba con que estuvieras tú fuera de casa!... ¡qué cuidado ni qué?... Ahora lo sé porque tú me lo dices...
—Pues tanto mejor entonces—dijo Nieves esforzándose por echar el punto a broma—. De todas maneras, me perdonas el pecadillo, ¿no es cierto?
—Naturalmente—respondió Bermúdez sin acabar de salir de su extrañeza ni cesar de mirarla de arriba abajo—. Pero, mujer—añadió tras una breve pausa—: ¿dices que no has vuelto a casa desde que nos separamos en la Glorieta?
—Sí.
—Pues si yo juraría que te había dejado allí vestida de color de barquillo, y ahora lo estás de blanco con rayas azules.
Aquí tuvo Nieves que emplear toda la fuerza de su buen ingenio y de su voluntad, para fingir una carcajada con que salir del apuro en que la puso la observación de su padre.
—¡Estás en tu juicio?—exclamó después de reírse bastante bien.
—¡Yo lo creo que lo estoy!—respondió su padre empezando a dudar—. Y ¿por qué no he de estarlo?
—Porque lo del vestido que dices, fue ayer.